La economía española va bien gracias y a pesar de
Según el Banco Central Europeo, solo las economías de Lituania y Chipre crecieron más que España en 2025. El crecimiento del PIB cerró el año pasado en el 2,8%, rozando los 1,7 billones de euros. A este nivel se mueven otros dos países: Corea del Sur y Australia. La OCDE considera que España será el país europeo que más crecerá en 2026 por detrás solo de Estonia. Pronostica un crecimiento del 2,2% en su último informe de diciembre. Por comparar con países de nuestro entorno, espera que Italia crezca el 0,6%, y Francia y Alemania, el 1%. A nivel mundial, se espera un crecimiento global del 2,9%. Por orden, los países que tirarán de la demanda serán la India, Indonesia, China, Arabia Saudí, Turquía y Argentina.
[–>[–>[–>Estos pronósticos que, como siempre, quedan a merced de que nada ni nadie perturbe el actual escenario -cruce los dedos- sitúan a España en una posición privilegiada en el contexto europeo. A esto se le suman los récords de beneficios de las grandes empresas, que siguen ejerciendo de tractoras aun teniendo una gran exposición de su negocio en el extranjero, y la euforia bursátil. Quién lo habría dicho: el Ibex 35 se acerca cada vez más al nivel de los 20.000 puntos impulsado por bancos, energéticas, infraestructuras e Inditex. Esta euforia no se había visto desde 2005, 2006 y 2007. Gobernaba José Luis Rodríguez Zapatero. Por entonces, Pedro Sánchez era concejal del ayuntamiento de Madrid.
[–> [–>[–>Las cifras de este crecimiento vienen refrendadas por la caída del desempleo. La tasa de paro ha caído por debajo del 10%, una cifra que aún sigue siendo excesiva en comparación con otros países. En España trabajan 22,4 millones de personas. Los inmigrantes han sido fundamentales para mantener esta actividad económica en sectores muy diversos. Junto a la indiscutible fortaleza del turismo, que ejerce de tractor en muchas provincias, se le une el surgimiento de nuevos negocios que hace cinco años no existían. Esta semana me presentaron a un joven argentino que acaba de fichar por una empresa en Barcelona para desarrollar sistemas de arquitectura de datos. Y un empresario del sector de las nuevas tecnologías me hablaba del talento extraordinario que está viendo en veinteañeros que quieren dedicarse a emprender en todo lo que atañe al desarrollo de la Inteligencia Artificial.
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Precisamente, esta semana, Prensa Ibérica, con El Periódico de Aragón y ‘activos’, ha vuelto a reunir en Zaragoza a algunos de los principales inversores en centros de datos en España. La capital aragonesa quiere ser uno de los grandes hubs de Europa. Amazon Web Services, Microsoft, ACS, Blackstone a través de QTS, Samca, Forestalia… hasta 20 proyectos están ya en marcha. Sus apuestas siguen en lo más alto. La estabilidad política y la seguridad jurídica son claves para ellos. Al igual que la capacidad energética, el elemento más delicado de las inversiones, ya que la demanda multiplicará por más de dos la que existe actualmente.
[–>[–>[–>Si se escucha a los responsables políticos de las regiones españolas, todos defienden que su comunidad va bien. Así se ha podido observar en aquellas que acaban de tener elecciones, Extremadura además de Aragón. Y lo mismo ocurrirá en las próximas campañas electorales de Castilla y León y Andalucía. Cuatro comunidades gobernadas por el PP; pero, cuyos líderes no dudan a la hora de afirmar que España es la que va mal. Una tesis que también comparte el Gobierno ayusista de Madrid. Las partes van bien, afirman, pero el conjunto va mal cuando se trata de criticar al Gobierno central. ¿Cómo se entiende?
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Es una de las peculiaridades y paradojas de España. La descentralización permite equilibrios que son inexistentes en países más centralizados. Los virreyes locales se dedican a usar los instrumentos que tienen en sus manos -bajar el tramo autonómico de sus impuestos, atraer inversiones y buscar fórmulas para mejorar el acceso a la vivienda, entre otros- para poder competir. Para ellos, Moncloa es un «a pesar de» y, basta con ver cómo las comunidades no cejan de solicitar constantes inversiones en sus infraestructuras.
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[–>Cada uno barre para casa cuando tiene que vender lo mejor y extiende sus culpas al otro para lo peor. La guerra cultural, como la llaman, genera más anticuerpos que el aburrido debate económico, donde solo los aliados de extrema izquierda del Gobierno siguen asumiendo que los empresarios son diabólicos. La visceralidad ideológica y las inquinas personales no facilitan consensos básicos para realizar las grandes reformas donde las diferencias son mínimas. Con eso nos ha tocado vivir.
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