El cine, según Gonzalo Suárez
El Goya de Honor convirtió la noche del sábado al asturiano Gonzalo Suárez en un fabulador de lo imposible. Narró, a modo de relato breve, la historia de un vagabundo que caminaba bajo la lluvia y fue acogido por un automovilista anónimo. En un instante, Dios lo convirtió en princesa, pero al amanecer regresó a ser quien era, a la intemperie. En ese parpadeo entre lo imposible y lo real, Suárez nos susurró: “Dios nos premia con los sueños y nos castiga con la realidad”. Y esa frase quedó suspendida entre la ternura y la melancolía, entre la fragilidad y la belleza de lo efímero. Dibujó con certeras palabras el hálito de un mundo donde lo milagroso es un instante que se desvanece al alba.
[–>[–>[–>Para Suárez, el cine sigue siendo “el último reducto para soñar despiertos”. Un refugio donde la imaginación respira sin límites, donde los relatos nos arrastran y nos azuzan para dejar de ser meros espectadores. El veterano director lo comparó con los bisontes de las cavernas: esas primitivas sombras chinescas que no explicaban el mundo, sino que lo conjuraban.
[–> [–>[–>Gonzalo Suárez nos invitó a buscar la luz de nuevo en esa cueva oscura, a enfrentar las sombras y sentir el vértigo de lo impensable. Para el autor de tantos grandes títulos, el cine no es un lujo ni un juego, sino un santuario donde la fantasía se entrelaza con la realidad, donde la vida se prolonga en cada historia y los sueños se vuelven tangibles. Y donde, aunque sea por un instante, volvemos a creer en lo extraordinario.
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