GISÈLE PELICOT | Gisèle Pelicot, despierta al amor
«Me he enamorado» no son las palabras que uno espera escuchar de una mujer de 73 años, que a los 67 descubrió en una comisaría que su esposo de toda la vida la había sedado para que la violaran más de 70 desconocidos, medio centenar de los cuales fueron condenados. ¿Cuál fue la reacción de Gisèle Pelicot al enterarse? Lavar la ropa de su marido Dominique, a quien después enviaría un jersey para combatir la intemperie de la cárcel.
[–>[–>[–>Estos detalles aparecen en el libro Et la joie de vivre / ’A hymn to life / Un himno a la vida, que Pelicot ha lanzado en toda Europa tras haber desencadenado una admiración también global. Solo hubo un país donde las condenas, veinte años para su esposo, fueron arrinconados en portada. En efecto, la Francia de Le Monde y Libération. Les costaba aplicar el subtítulo de las memorias ahora publicadas, «la vergüenza tiene que cambiar de bando».
[–> [–>[–>Todos los condenados vivían en un radio de cincuenta kilómetros de los Pelicot, porque Gisèle no ha cambiado su apellido de casada. En el libro aborda la respuesta al enigma que asaltaba incluso a quienes eran fervientes de su causa, cómo es posible que no se enterara. Describe «la humillación de no haber comprendido nada, de sentirme como una idiota a los ojos de otros, y de mí misma».
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Sin embargo, se equivocarían quienes atribuyeran una naturaleza melancólica o dolorida a Pelicot. Su heroicidad es un manifiesto contra la tiranía psy, una victoria contra los enamorados del trauma permanente. Según la doctrina oficial del shock, debería estar hundida, pero se muestra más exuberantemente racional que cualquier especialista que se atreviera a analizarla.
[–>[–>[–>Se necesitaría la aridez de un Georges Simenon para narrar sin excesos la historia de Pelicot en la Francia gris. Por el camino se ha convertido en un icono contra la violencia de género, que atribuye su fortaleza al apoyo masivo durante el proceso judicial. Al mismo tiempo, la mujer violada en miles de fotografías y vídeos ha dado lecciones a los expertos, al invertir, por ejemplo, la revictimización de colocarse ante un tribunal. En una entrevista con la BBC ha destacado que «el dolor autoinfligido ante el juicio por el anonimato significaba que las víctimas eran castigadas dos veces. Y pensé que si yo lograba superarlo, las demás también podrían hacerlo».
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No quedan personas como Pelicot, si las hubo alguna vez. En la introspección radical que caracteriza a todos los franceses desde Montaigne, se plantea incluso si hubiera podido evitar las violaciones aceptando el sexo anal, o las grabaciones de sus actos sexuales compartidos que le proponía quien fuera su marido durante medio siglo.
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[–>«El sentimiento persiste: el amor no ha muerto», se lee en Un himno a la vida, donde la autora atiende a la paradoja de que jamás había sufrido acoso durante una carrera laboral que la elevó de humilde empleada a ejecutiva empresarial. Tras décadas de sumisión química, Pelicot despierta al amor junto a un antiguo auxiliar de vuelo del Concorde. Residen hoy en la isla de Re, donde sufrieron cautiverio Dreyfus y Papillon.
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La víctima ha reactivado el cuerpo que su tirano particular quería adormecido. Pelicot da la cara, se mantiene en pie, lucha a brazo partido, no pone la otra mejilla. Esta hazaña no implica que cualquiera puede conseguirlo, pero también anula el mandato de que nadie puede restablecerse.
[–>[–>[–>Un rumano asesina a su esposa a cuchilladas en la terraza del apartamento que comparten en Mallorca y a la vista de los vecinos. Semanas más tarde, entrevisto a la hija destrozada del matrimonio, que emite un desesperado «sigue siendo mi padre». Pelicot no solo tuvo que rehacerse personalmente de las violaciones orquestadas por su esposo, y que fueron descubiertas por la policía tras una detención por fotografiar a mujeres bajo las faldas en un supermercado. Ha tenido que rescatar de paso a sus tres hijos.
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La familia Pelicot quedó hecha trizas. El padre tiene juicios pendientes por otros delitos sexuales, la hija del matrimonio se ha planteado en público si fue violada por su progenitor. La autora de Un himno a la vida reconoce que su primer pensamiento, cuando le mostraron los actos sexuales en que ni siquiera vestía su propia ropa interior, se dirigieron a la forma en que debería explicarlo a sus descendientes.
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Al constatar la destrucción de su identidad a manos de su marido, Gisèle Pelicot decidió vivir en primera persona, superponer el optimismo presente al suplicio pretérito. Su único riesgo es que a la voluble opinión pública le cuesta mantener durante largo tiempo su opinión favorable sobre un mismo ser humano.
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