¿Qué quiere Trump de Irán? Tres objetivos y una misma estrategia
donald activo regresó a su lugar Irán en el centro de su agenda exterior con una hoja de ruta máxima: neutralizar cualquier opción de acceso a armas nucleares, imponer un cambio político en Teherán y de paso, reorganizar el cuadro energético en beneficio de Estados Unidos.
En este contexto, el primer objetivo sería desmantelar el programa Energía nuclear iraní. En círculos estratégicos se argumenta que el Pentágono ha considerado un posible arsenal desmantelado, aunque esta afirmación convive con dudas sobre el estado real del avance iraní. Los expertos subrayan que es poco probable que Teherán esté a sólo unas semanas de completar la adquisición de armas nucleares.
El segundo movimiento, mucho más ambicioso, sería “acabar con el régimen”. La apuesta política que se está haciendo es la figura del hijo del último sha, Reza Pahlavyo que desde el exilio me presento como posible rcualquierastro de un período de transición. El horizonte temporal propuesto sería relativamente corto y no excedería unos añospero con un apartado especialmente sensible: los primeros 100 días. Aquí es donde se concentra el mayor riesgo de vacío de poder y fractura interna, pero también la principal incógnita sobre la viabilidad del proyecto.
Porque, más allá de la retórica, la estrategia toparía con un límite operativo evidente: la ausencia de una opción clara de despliegue terrestre. Sin tropas sobre el terreno, la presión militar se reduciría a bombardeos y acciones específicas, insuficientes por sí solas para plantear una nueva dirección. El cambio de gobierno dependería entonces de un factor interno: levantamientos populares capaces de superar la represión. Este escenario, sin embargo, está marcado por una experiencia acumulada de protestas reprimidas con violencia bajo el liderazgo del líder supremo.
A esta incertidumbre se suma la fotografía del poder en Teherán que circula a lo largo de la historia: un país sin un líder único y con liderazgo compartido, un “gobierno de tres” cuya composición no se detalla, pero que sugiere una transición turbulenta y una competencia abierta por el control.
Al mismo tiempo, la dimensión de inteligencia aparece como un elemento central de presión. Se supone una vigilancia prolongada y sofisticada, con operaciones que incluso habrían incluido intrusiones tecnológicas en herramientas cotidianas vinculadas a la religiosidad. La idea que se transmite es que el líder supremo sabía que era un objetivo y optó por permanecer aislado, un gesto interpretado en términos de martirio por sectores chiítas.
El tercer vértice del avión es económico: favorecer a la industria petrolera estadounidense. El argumento se basa en el peso estructural de Irán en el mercado energético –es el tercer país del mundo con mayores reservas de petróleo crudo– y en cómo una escalada o reconfiguración del poder en Teherán puede alterar los flujos, los precios y los alineamientos.
Con este triángulo, nuclear, régimen y petróleo, Trump está tratando de presentar un cierre del ciclo: la promesa de “poner fin” a la guerra mediante una mezcla de fuerza remota, presión interna y cálculo energético. La gran pregunta, sin embargo, sigue siendo la misma: ¿puede un plan sin ocupación de territorio sustentarse únicamente en bombardeos, inteligencia y una revuelta que nadie puede garantizar?
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