Ignorar y perder, saber y ganar
Se mostraba rotundo en sus declaraciones futbolísticas Guillermo Almada, entrenador del Real Oviedo, antes del partido contra el Girona: «Tenemos que ganar bien, mal o deficiente». Erraba al explicarse el míster uruguayo. Entiendo que «ganar bien» significa hacerlo con buen juego y dominio de la cosa. Por el contrario, es ambiguo «ganar mal», lo que sea que sea o quiera ser para Almada. ¿Ganar con trampas, ganar invocando al bostezo…? Y ya se me escapa por completo lo que sea que sea o quiera ser «ganar deficiente»: el adjetivo «deficiente» nada pinta en compañía de esos dos adverbios («bien» y «mal») que modifican al verbo «ganar». Deficiente es lo mismo que incompleto, insuficiente, escaso… ¿Tendría sentido «ganamos incompletamente, insuficientemente, escasamente»? Pues no. (Aun así, venció el equipo carbayón).
[–>[–>[–>—
[–> [–>[–>Estos de la publicidad están que lo vierten. Hablo muy en general, mucho, perdónenme los buenos profesionales, que tanto gozo me dan: ellas y ellos saben quiénes son. Pero una no pequeña parte de los hoy sedicentes publicistas o publicitarios o como diga la RAE que se diga parecen haberse formado en la (inexistente) Escuela de Ocurrencias Tonteriles Holográficas. Te ponen un papel higiénico flotante con el adagio K488 de Mozart de fondo (el diablo los castigue); una hamburguesa rebosante de ascor amarillo sospechoso sobre la primera de las Variaciones Goldberg (el diablo los castigue a modo); un cochazo atravesando una reproducción gigante de «La joven de la perla» (el diablo los castigue a modo y a retorcer)… y los llaman genios. Así que aplaudo a rabiar ese anuncio que acabo de ver en mi tienda de barrio: «Lleve 3 y pague 4». No quise indagar… pero quién sabe si no se trataba de una errata.
[–>[–>[–>
—
[–>[–>[–>Y como hoy voy de números y letras, comparto con ustedes un recorte de prensa pasado que me sigue enterneciendo hasta el lagrimón. Es un monumento inmarcesible a la búsqueda de la exactitud, al dato, a la precisión periodística. Se trata de una crónica del encuentro futbolero celebrado en El Campón entre el Puerto de Vega y el Hispano. Tras el resultado y las alineaciones llega la hora de ofrecer al lector el número de asistentes. ¿Unos 300? ¿Unos 200? ¿Un número redondo así a ojo? No señor. Lean y aprendan: «Unos 269 espectadores». Ni más ni menos.
[–>[–>[–>
—
[–>[–>
[–>Paseo con un amigo, también empedernido curioso. Vamos viendo comercios cerrados y más comercios cerrados en una calle cercana a un extremo del Paseo Marítimo gijonés. Lo oigo sonreír y lo veo señalarme un cartel pegado sobre lo que fue una cafetería:
[–>[–>[–>
−¿Ves? Es normal que haya paro y se vayan los negocios al garete. Quién diablos va a querer trabajar en estas condiciones? Fíjate: «Se busca camarero para trabajar entre 18 y 30 años». Muchos años me parecen, demasiado tiempo de atender al público, ¿no?
[–>[–>[–>Un signo de puntuación adecuado, otro orden al distribuir los elementos de la frase, habría o hubiese o hubiera salvado la ambigüedad. Pero no parece que estén los tiempos para finezas, para atinar y decir lo justo.
[–>[–>[–>
−Me recuerda a aquello que leímos en un titular −respondo al compadre−: «Los usuarios esperan que los nuevos trenes lleguen al menos en 2027». Caray, esperar en el andén un año, a la intemperie, mucho me parece. Además, fíjate en ese «al menos»: no es fijo, a lo mejor no los vemos entrar en la estación hasta el 2028 o más.
[–>[–>[–>
—
[–>[–>[–>
Y finalizo con números y letras mezclados, en la confianza de dejarles una sonrisa y en la esperanza, acaso vana, de que nadie se me ofenda. Tomo, pues, prestada una frase de Dorothy Parker −la ácida miembro de la familia Rothschild− en la que resume qué es lo que le gustaba de los hombres, señores, señoros o como diga, otra vez, la RAE que se diga: «A un hombre sólo le pido tres cosas: que sea guapo, implacable y estúpido».
[–>[–>[–>
Suscríbete para seguir leyendo
Puedes consultar la fuente de este artículo aquí