A fuego lento
Dice el saber popular que «lo bueno se cuece a fuego lento». El fuego lento y mantenido al preparar un guiso, hace que el agua se evapore gradualmente y el puchero se concentre, aumentando el sabor del producto final. Aunque se refiere a un término gastronómico, la frase se utiliza en sentido metafórico, para referirse a que los mejores resultados de un proyecto requieren tiempo, dedicación y paciencia. Todo lo contrario de como se circula por el mundo actualmente, donde se persiguen los rendimientos sin realizar inversiones y se pretende cosechar sin haber sembrado ni abonado el campo.
[–>[–>[–>Caminar despacio es sinónimo de preparar la comida a fuego lento. Las prisas al moverse son propias de la juventud, mientras que hacerlo a pequeños pasos, pisando siempre sobre lugar seguro, lo es de los individuos de cierta edad. Pero este andar calmoso y pausado es compartido también por otras personas y en otras situaciones ¿Acaso los sacerdotes durante los actos religiosos y especialmente durante las procesiones, no caminan con la lentitud que impone la ceremonia? ¿No ocurre lo mismo durante los actos oficiales, ya sean públicos o privados, donde las autoridades se mueven con la parsimonia debida? ¿No son los movimientos del cirujano todo lo lentos y precisos que, por otra parte, la agilidad de su labor le exige? En el otro extremo, el ritmo galopante de los desfiles militares o de algunos actos deportivos, recuerdan la necesidad de llegar el primero a la meta, aunque sea al precio de evaporar toda el agua del caldero.
[–> [–>[–>El abogado, filósofo y político italiano Norberto Bobbio (1909-2004), en un magnífico texto: «De senectute», Ed. Taurus, Barcelona, 1997 (reeditado recientemente -2026- junto a otros escritos autobiográficos) nos proporciona una magnífica visión sobre la experiencia de envejecer con dignidad. En uno de los capítulos, titulado «Despacito», nos sitúa en la encrucijada entre la rapidez de los cambios actuales, debidos al progreso científico y técnico, con las ineludibles consecuencias del paso del tiempo en cada uno de nosotros. Las leyes de la naturaleza están impuestas por las grandes fuerzas del universo y giran alrededor de relojes biológicos: el día y la noche de la rotación sobre el propio eje del Planeta, el mes que dura la circunvalación de la Luna sobre la Tierra y las atracciones entre ambas esferas y, finalmente, la elipse anual que traza nuestro hábitat alrededor del astro solar. Todo ello configura una manera de ser y de estar en cada uno de nosotros, que entra en contradicción con la tercera derivada del espacio/tiempo (efecto latigazo), que es la forma en que se mueve la juventud actual.
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Qué gran fascinación supone leer un párrafo del libro que elegiste y detenerse para meditarlo. Qué sutileza pensar que el tiempo pueda enlentecerse para contemplar una puesta de sol, o para acompañar a los nietos en la salida del colegio, mientras devoran la merienda cariñosamente preparada. O la de las manos unidas de la pareja de adultos «mayorones» (palabra que utiliza nuestra nieta menor), cuando se refiere a sus encantados abuelos, que acuden a contemplar sus avances deportivos. Y, por supuesto, la de extasiarse viendo y escuchando un concierto de música clásica, algunas de cuyas notas eres capaz de reproducir luego, en la soledad de tu ensimismamiento.
[–>[–>[–>Les propongo un adagio para cerrar el ciclo de este «fuego lento» con el que se va cocinando nuestra vida. Uno de los más famosos es el denominado «Adagio de Tomaso Albinoni» (1671-1751), falsamente atribuido a este autor del barroco, pero que en realidad se trata de una composición de Remo Giazotto (1910-1988), un crítico musical italiano, nacido en Roma y dedicado a clasificar y analizar la obra del músico veneciano. A él se debe la autoría (1945) y la edición (1958), de este famoso adagio para cuerdas y órgano, compuesto a partir de unas notas del bajo y de seis compases melódicos, encontrados en la Biblioteca Estatal de Dresde, atribuidos a Albinoni. Se trata de una obra profundamente melancólica y de arquitectura sencilla, cuya inclusión en numerosas situaciones, la han hecho enormemente popular. El relativo misterio de su composición puede también haber contribuido a su celebridad.
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Una de las películas más famosas, cuya banda sonora está constituida por este conocido adagio, es «Galipoli» (1981), del director australiano Peter Weir (1944 – ) e interpretada por un jovencísimo Mel Gibson (1956- ). No confundir con la película de 2014, «El maestro del agua», interpretada por Russell Crowe (1964- ), sobre el mismo tema de la batalla entre las fuerzas australianas y turcas en las playas de Galipoli (Turquia). Lógicamente existen numerosas interpretaciones de esta famosa melodía, pero me atrevo a sugerir la célebre grabación de Sir Neville Marriner (1924-2016) y la Academy of St. Martin in the Fields, realizada en los años 1973-1974. Se trata de una de las versiones más aclamadas por su sonoridad y profunda melancolía, capaz de transmitir toda la fragilidad del «fuego lento» que mencionaba al inicio.
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