La dignidad a cara descubierta
La afirmación «En grave empeño me pongo. No es ya sólo un vulgo ignorante con quien entro en la contienda: defender a todas las mujeres, viene a ser lo mismo que ofender a casi todos los hombres» sigue siendo cierto en muchas partes del mundo. Y eso que hace tres siglos lo escribía el padre Benito Jerónimo Feijóo, el gran monje ilustrado desde su celda de Oviedo en su texto «En defensa de las mujeres». No es la primera vez que lo citamos ni será la última. Sigue siendo necesario. En extensos espacios del mundo, que a veces olvidamos que existen, las cosas para las mujeres andan muy mal.
[–>[–>[–>Fue la lucha de las mujeres incesante a través del tiempo. Abandonadas, ninguneadas, sin nombre propio (y alguien solo es alguien si tiene nombre), ni siquiera eran «persona», esa hermosa palabra tomada de aquellas máscaras que en el teatro grecolatino representaban a los personajes, dándoles entidad, amplificando el sonido (personare).
[–> [–>[–>Hay lugares donde las mujeres mueren por el derecho a que se las reconozca sujetos de derechos y otros, aún más sangrantes, donde ni siquiera se las deja existir convertidas en sombras bajo mantos andantes. Amparados quienes mandan en principios grandilocuentes de creencias impuestas, de protección y de honor mantienen una realidad lacerante. No son nada más ellas que cuerpos sin alma aceptada sometidas a los deseos y a la bondad o perversión de quien les toque en suerte o desgracia. Tal vez en algunos casos, ciudadanas de ricos países, con la coraza de finas telas negras, se adornen con gafas o bolsos de moda lujosa; quizá ello las haga envidiadas por aquellas otras pobres en países donde solo el orgullo de ellos sobrevive a una miseria y a unas prácticas que traicionan los más elementales principios de humanidad, privándolas de educación, trabajo, salud o la más primordial individualidad.
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No tiene ningún sentido justificar en aras de la herencia costumbres inhumanas. Si alguien (y las hay) en esta nuestra cómoda esfera social de rebeldía permanente lo justifica y ampara, llegando a compararlo con manifestaciones que aquí no son más que exhibiciones lúdico -festivas o religioso -culturales, no solo muestra crueldad con aquellas realidades de oprobio, sino que ofende la más elemental inteligencia. Una mujer, una persona, sujeto de derechos y deberes en las sociedades con un mínimo respeto a la dignidad, tiene que ser identificable pues de otro modo quien sufre no es solo la mujer sino el cuerpo social. Por ese motivo en muchos países se han prohibido en público las prendas de ocultación total (burka o niqab). Francia, Bélgica, Austria, Suiza, Países Bajos, Noruega, Dinamarca, Bulgaria, varios estados de Alemania, Italia o, en camino Portugal y otros más están en ello. El debate está servido en España enredado en posturas ideológicas contrapuestas irreconciliables, entre el oportunismo de quienes nunca creyeron en las políticas de igualdad y las usan por conveniencia y los demás enzarzados entre sí por diferencias no siempre entendibles. En absoluto se trata en esto de un atentado a principio religioso alguno, pues es manifiesta la libertad practicada en los países referidos.
[–>[–>[–>Es un hecho que la defensa de la libertad femenina en el vestido es mucho más que una cuestión de apariencia. Nuestra propia historia lo acreditó en el pasado. Ahora, siglo XXI, lo demuestra, por ejemplo, la lucha de las iraníes desde hace años sometidas a una represión brutal por el simple hecho de negarse a llevar el hiyab, llevarlo mal puesto o no cubrir «adecuadamente» el cuerpo. De Francia salió en 1979 aquel ayatolá en «vuelo de la revolución» que estableció contra la dictadura del derrocado Sha la República Islámica de Irán derivada en una teocracia dictatorial. Abandonaron Afganistán cuantos dijeron querer liberarla dejando a las mujeres desamparadas tras años de esperanza y cambio. «Occidente» metió la pata. Y de qué modo. De aquellos polvos, estos lodos. Muchos más hay que atendiendo a la geopolítica internacional permiten discriminaciones incomprensibles con la dignificación de la mujer. En los países de ese Oriente próximo o lejano, o en otros de África maltratada, ya no hay cuentos de las «Mil y una noches», hay noches muy negras a las que se suman guerras provocadas por la avaricia y la depredación que acabarán pagando todos, pero más, una vez más, las mujeres y los niños aferrados como tabla de salvación a las ropas raídas de quienes les dieron la vida en imágenes que nos dejan el alma aterida, aunque estén lejos.
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El Movimiento Feminista que a lo largo del siglo XIX y XX eclosionó reclamando la exigencia de igualdad en toda una historia de lucha en Europa y América saldrá a la calle este año, un año más, como debe ser, para reclamar más igualdad, más derechos, menos violencia. Para denunciar las agresiones injustificables, para exigir una vida digna en libertad. Hay quienes dicen que el «feminismo tradicional» no está de moda, que el «desprecio al feminismo se dispara entre los jóvenes». Tal vez la amalgama de reivindicaciones de colectivos diversos bajo el paraguas del feminismo, sumado a la manipulación política interesada y permanente, lo hayan puesto en cuestión desvirtuando su herencia y trayectoria, pero su historia con sombras y luces ha sido un éxito. Claro que se puede «morir de éxito». Reclamar como lema feminista «sola y borracha quiero llegar a casa» no es feminismo, fue una estupidez y una irresponsabilidad. Los eslóganes fáciles y populistas y las reivindicaciones simplonas de «quiero ser como me siento» han trastocado la esencia de la lucha por los derechos de las mujeres.
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[–>Tal vez para centrarnos estaría bien volver a la universalidad del feminismo liberador y mirar un poco a esas realidades «ajenas» a las que, no nos engañemos, hacemos poco caso. Hay otros mundos, pero están en este. Poder salir a cara descubierta no solo el Dia Internacional de la Mujer sino todos los días es un derecho primigenio.
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Hubo advertencias muy antiguas de que infringir daño a una mujer es hacerlo a la humanidad; algunas incluso revestidas de belleza poética. Dos mil años atrás el poeta latino antibelicista en una sociedad guerrera Aulo Albio Tibulo (I a. C.) escribió: «¡Ah!, es una roca y un hierro cualquier varón que a su amada golpea; desde el cielo a los dioses derriba…quien es de manos fieras llévese el escudo y la lanza y manténgase lejos de la apacible Venus».
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