Israel convierte la prudencia en arqueología
Durante décadas, Israel cultivó la pose del boxeador contenido: golpeaba el saco del programa nuclear iraní mientras miraba de reojo al árbitro, un tipo que llevaba en la camiseta el nombre de Hizbulá. El miedo era simple y doméstico: que Teherán soplara y miles de cohetes convirtieran Haifa y Tel Aviv en un tutorial de pirotecnia bélica. La prudencia, se decía entonces, es la mejor estrategia por temor a que los ayatolás mandaran desempolvar el kalashnikov a sus desalmadas marionetas.
[–>[–>[–>Hoy, ser prudente en el convulso ámbito geopolítico se ha convertido en arqueología. Estados Unidos e Israel rasgan con sus bombas los cielos de Irán y cuando Hizbulá reapareció con un gesto simbólico —con más ruido que daño real— Israel encontró la coartada que llevaba meses ensayando: golpear a fondo, con libreto y sin rubor, a la cúpula del grupo en Beirut y más allá.
[–> [–>[–>Envalentonado por Washington y por su propia musculatura, Israel no “responde”: aprovecha el momento para practicar ejercicios de cirugía territorial. La guerra, oportunista, sirve de detergente para lavar las grietas del sangriento 7 de octubre y blanquear una doctrina nueva: si el vecino compra cuchillos, se le quema la cocina.
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El guion se completa con Netanyahu predicando libertades ajenas a golpe de misil, mientras los analistas recuerdan una obviedad incómoda: ningún país de diez millones puede rediseñar una región entera a base de bombazos sin pagar factura política. Pero la arrogancia también es un arma, y hoy Israel la empuña con entusiasmo.
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