Los cisnes caen en las garras del capitalismo depredador
El Festival de Danza de Oviedo tuvo su estreno el pasado miércoles. Mi sorpresa fue cuando llegué a la plaza enfrente del Campoamor y vi que se desarrollaba una manifestación que casi bloqueaba las puertas principales del teatro. Se gritaba «no a la guerra» y una de las pancartas se solidarizaba con la tiranía cubana. Hablaré de esto más adelante. El ballet que abrió el festival es una singular reinterpretación de «El lago de los cisnes» que en realidad se transforma en una arenga reivindicativa.
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La primera representación de «El lago» fue en 1877 en Moscú con la magistral y vibrante composición de Tchaikovsky, si bien, después de este fallido intento, la histórica realización, hecha para la eternidad, tuvo lugar en San Petersburgo en 1895, con posterioridad a la muerte del músico, y su triunfo se debió a la brillante creación de los coreógrafos Marius Petipa (1º y 3º actos) y Lev Ivanov (2º y 4º actos).
[–> [–>[–>La adaptación que vimos el miércoles, estrenada en 2020, es una lectura con una estética contemporánea y abstracta concebida por Angelin Preljocal director del Centro Coreográfico Nacional de Aix-en-Provence y está diseñada como un alegato ecologista y anticapitalista, en la que hay dos bandos enfrentados: los «muy malvados» empresarios especuladores y los «muy virtuosos» activistas. La forma de exponerlo es mediante pensamientos dicotómicos que es una forma de ver el mundo en extremos opuestos enfrentados y con intención de dar lecciones morales de superioridad.
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Por supuesto, esta elaboración de los franceses abandona todas las magnificencias de la obra original con sus fastuosos mundos mágicos, para trasladarla a los tiempos actuales y envolverla en otros universos que representan una sociedad hostil, tenebrosa y caótica. La escenografía se sustenta principalmente por distópicos videos y proyecciones en blanco y negro con imágenes abstractas o de plataformas petrolíferas, depósitos de combustibles fósiles y rascacielos.
[–>[–>[–>Se plantea una lectura lineal del célebre relato, aunque todos los personajes transmutan. Sigfrido (Owen Steutelings), se enamora de Odette (Mireia Delogu), un cisne/mujer aquí convertida en una aguerrida ecologista ambiental. El malvado brujo, Von Rothbart (Redi Shtylla), es un corrupto promotor inmobiliario que quiere explotar un yacimiento de combustibles fósiles a orillas de un lago. Los padres (Romain Renaud y Araceli Caro Regalón) de Sigfrido en vez de reyes, son los dueños de una ambiciosa corporación petrolera y el padre además, parece que desea acordar con Rothbart el matrimonio de sus hijos para incrementar su fortuna. En esta producción la maldad no emana de un brujo fantástico, como en el famoso cuento, sino de las garras del capitalismo depredador.
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La coreografía de Preljocal usa un lenguaje de danza moderna y enérgica para expresar fuerza y poder. Se ejecutan apasionados dúos, pero se da particular relevancia a los efectos corales. Hay secuencias confusas y oscuras. Entre sus méritos está, dicho claramente, que se baila, ya que el vocabulario de su danza no se enmaraña en contracciones y convulsiones que ahora tanto se estila, sino que deja discurrir el baile de forma fluida y diáfana. Lo mejor de la noche se vio en los actos blancos, en los que las bailarinas, siempre descalzas, emulan los movimientos de los cisnes con ciertos gestos y moldes clásicos, a los que se les añaden ademanes más incisivos y gesticulaciones angulares. Se copian algunas de las combinaciones lineales y disposiciones espaciales de las originales de Ivanov y también de su coreografía se imita la del popular «pas de quatre» de los cuatro pequeños cisnes, en las que se calcan lo de las manos entrelazadas y los pasos rápidos. En estos actos blancos se alcanzan plenitudes, con elocuencia y encanto. El tono baja cuando se recurre a la música electrónica del grupo «79D». Pues es la intensa partitura de Tchaikovsky, que atraviesa casi toda la obra, la que inyecta e inunda de emotividad la función. La composición del ruso irrumpe impulsiva e invade nuestros sentidos, es vehemente, descriptiva y poética marcando los clímax del espectáculo que el coreógrafo sabe aprovechar con gran acierto para que la música abrace y estimule a la acción. Los intérpretes cumplieron su cometido con autoridad y ejecutaron con brillantez el vocabulario coreográfico, destacando Delogu como Odette/Odile.
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[–>Por muy interesantes que resulten los experimentos, yo prefiero las versiones originales de las obras maestras, que preservan la intención, el contexto y la genialidad auténtica de los creadores con toda su fuerza y belleza. No obstante, este peculiar «Lago» resultó un espectáculo atractivo de gran sugestión visual y plástica e intensidad expresiva que supo buscar tonos dramáticos dentro del flujo de exposición contemporánea. El público que llenaba el Campoamor los premió con fuertes y entusiastas aplausos. Preljocal se despacha a gusto y construye esta historia para protestar y exponer su discurso apocalíptico sobre temas sociales, climáticos y políticos. Está en su derecho. Pero yo, con toda cordialidad le quiero decir que coincido en que todos debemos esmerarnos al máximo en cuidar nuestra Casa Común. El cambio climático es cíclico y existe desde la creación del mundo. En cuanto a la corrupción, es cierto que ésta se encuentra en todos los colectivos. Pero mal que le pese a Preljocal, los empresarios; pequeños, medianos y grandes, en su gran mayoría honestos, son esenciales, y añado más, son imprescindibles, para el bienestar y la prosperidad de las naciones.
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Cuba , miseria y revolución
[–>[–>[–>Refiriéndome a la manifestación mencionada anteriormente, en una de sus pancartas más visibles se leía: «Yankis fuera. Cuba sí, soberanía y solidaridad». Qué pena que los cubanos no puedan manifestarse así en su tierra. Será casualidad, pero este tema sintoniza, en parte, con el argumento de este «Lago» en referencia a lo de los capitalistas. Pues bien, quiero informar que Cuba, en los años 50 del siglo XX tenía una de las economías más desarrolladas del hemisferio cuando los comunistas dieron el golpe de estado (ellos le llaman Revolución) en 1959. Entonces se dijo que «lo de los ricos va a ser para los pobres» y para ejecutarlo, usaron el método comunista, o sea robaron todas las propiedades, entre ellas mi pacífica casa en La Habana, que los del «no a la guerra», la han convertido en una «Unidad Militar». En Venezuela al robo le llamaron «exprópiese».
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Sesenta y siete años después la «utopía revolucionaria» y su modelo económico se hicieron añicos. En Cuba ya no hay ni ricos ni pobres sino miserables. En realidad, y paradójicamente, son los actuales dictadores, dueños de toda la isla, los nuevos capitalistas. Y para más desastre, además del dengue, una gravísima contaminación que invade las calles, las costas y los ríos. Pero lo peor, lo más grave, el gobierno ilegal e ilegítimo, también le robó a los cubanos la libertad, la democracia, la justicia, y hablando de «soberanía», precisamente se la robaron al pueblo de Cuba que nunca pudo elegir libremente a sus gobernantes. Me pregunto para qué sirve el tan cacareado Derecho Internacional si los cubanos llevan casi siete décadas esperando que le restituyan los derechos humanos. Me temo que si no llega quien yo sé la isla seguirá siendo una cárcel, porque los dictadores nunca se van con negociaciones diplomáticas.
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Para terminar, una anécdota verdadera. Hace unos años un conocido político portugués de la Revolución de los Claveles le dijo, con tono arrogante, a un notable político sueco: «nuestra revolución va acabar con los ricos», a lo que el sueco le contestó: «vaya, lo que nosotros queremos es acabar con los pobres».
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