por qué el conflicto actual no repite la guerra de 2003
Cada vez que estalla una crisis en Medio Oriente, aparece el espectro de la desastrosa guerra de Irak y revive las pesadillas de Occidente. La reciente escalada militar entre Estados Unidos, Israel y su archienemigo Irán ha iniciado una ronda de comparaciones en el debate público. Expertos, analistas y dirigentes políticos coinciden en la misma advertencia: “Irán no es Irak, ni lo somos nosotros en 2003”, indica el Centro de Investigaciones sobre Relaciones Internacionales de Barcelona (CIDOB).
La tentación de comparar ambos conflictos es natural, pero engañosa. La guerra de Irak fue una invasión para derrocar a un líder específico, Saddam Hussein, en un mundo todavía dominado por una única superpotencia. El conflicto con Irán es una guerra de desgaste en una sistema internacional multipolar y mucho más frágil.
Comencemos por definir ambos enfrentamientos. La Guerra de Irak (2003-2011) fue una invasión militar a gran escala llevada a cabo en respuesta a la supuesta posesión por parte del régimen sunita de armas de destrucción masiva, que luego nunca fueron encontradas. Tras la caída del déspota, la coalición ocupó Irak y enfrentó una larga insurgencia que duró casi una década.
Por su parte, el actual conflicto en Irán, aunque todavía en una fase de escalada, se basa en una combinación de ataques aéreos, misiles y drones, así como represalias iraníes en varios países de la región. Es decir, el conflicto con Irán es una confrontación de desgaste.
«Irak en 2003 podría ser un juego de niños. Irán es un país más fuerte, con una gran población y una considerable capacidad de respuesta», advierte el experto regional Haizam Amirah Fernández. Y la situación vital en ambos países es muy diferente. Si bien Irak era un Estado debilitado y aislado, Irán es un actor regional con capacidad real de disuasión. Asimismo, «a diferencia de Irak o Libia, Irán tiene un sistema político estructuralmente más difícil de romper debido a su doctrina interna, capacidades de defensa y Redes paramilitares diseñadas para resistir ataques profundos.”, según Think Tank Journal.
Dos guerras diferentes
La invasión de Irak fue una operación militar clásica: tropas sobre el terreno, rápida caída del régimen y una ocupación que condujo a años de violencia e inestabilidad. El ejército de Saddam quedó debilitado por las sanciones, desmoralizado y ejerció un poder político aislado. Por otro lado, Teherán es un actor regional robusto, con una población mucho mayor, profundidad territorial y una estrategia militar basada en la disuasión y la guerra asimétrica, que el ejército estadounidense no ha podido superar en ninguno de sus conflictos, como el de Afganistán. Por aquí, La diferencia es insuperable porque con Irán no hay expectativas realistas de una victoria rápida, ni de una ocupación militar.
Es decir, Irak era un objetivo concentrado y de fácil solución para la invasión, mientras que Irán es un país cuya geografía parece diseñada para resistir. Una guerra contra Teherán sería más larga, más cara, más impopular y con menos apoyo internacional. Por tanto, teniendo en cuenta que Estados Unidos no prevé un asalto terrestre (de momento), el régimen de los ayatolás no espera una guerra frontal sino que convierte los ataques de Tel Aviv y Washington en un conflicto en expansión.
En este sentido, Irak era el único que corría peligro. Irán no lo es ya que tiene influencia directa o indirecta en Líbano, Siria, Irak o Yemenentre otros países, lo que genera una situación de múltiples frentes y la imposibilidad de centrar el conflicto en un solo Estado. «Tras la invasión de Irak, Teherán construyó una red de aliados regionales (el Eje de la Resistencia) que ahora, a pesar de estar debilitado, sigue influyendo. Por eso, hoy los gobiernos de la zona prefieren la diplomacia y la desescalada a una acción militar amplia contra Irán», según el análisis del think-tank británico Chatham House.
Derecho internacional
La legalidad de la invasión de Irak fue duramente cuestionada y se convirtió en un fracaso diplomático. Por su parte, la escalada bélica con Irán vuelve a plantear dudas similares, aunque esta vez en un contexto internacional más fragmentado y con más actores que pueden cuestionar la actuación de la Casa Blanca. Un análisis jurídico realizado recientemente por Naciones Unidas recuerda que el uso de la fuerza sólo es legítimo con la autorización del Consejo de Seguridad de la ONU, o ante una amenaza inminente claramente demostrada, lo que tampoco ocurre en el presente caso.
Aquí hay una similitud imperdonable entre ambos conflictos. Los dos burlaron el derecho internacional para poner fin a las armas de destrucción masiva, en el caso de Irak (mentira que ya ha sido desmentida), y en el de Irán por el inminente desarrollo de la bomba nuclear (que el propio FBI descartó hace semanas). En ambas guerras las justificaciones legales son débiles e insostenibles. Ambos comenzaron con acciones basadas en hechos cuestionables y elogiados por campañas de propaganda sobre seguridad. Asimismo, ambos enfrentamientos tienen un impacto geopolítico global porque afectan los precios del petróleo, los mercados globales y las alianzas internacionales.
En lo que respecta a Europa, ambas guerras presentan implicaciones geopolíticas similares, especialmente en lo que respecta a su gran talón de Aquiles: la seguridad energética. Como en 2003, la Unión Europea depende del petróleo de Oriente Medio y del gas licuado del Golfo Pérsico y del Mar Rojo. Como ocurrió en el conflicto iraquí, un choque prolongado con Teherán implicará una subida de los precios de la energía y una inflación importada que generará presión social y disputas políticas internas. Además, se repite la fractura política dentro de la Unión. Una vez másEuropa parece dividida y débil como actor estratégico.
Por tanto, la comparación entre los conflictos debería servir como advertencia y lección ante nuevas aventuras militares en Irán. Los países que no aprenden de su historia están condenados a repetirla a costa del sufrimiento de millones de personas. Irak no es un precedente estratégico, sino un modelo de actuación que no debe repetirse: una intervención que prometía estabilidad y acabó generando caos, radicalización y desconfianza hacia Occidente, que propició también el surgimiento de nuevos grupos extremistas. Además, en el caso de Irán la gran pregunta no es quién ganará, sino quién aguantará más tiempo sin que todo se desmorone.
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