No es un día de fiesta
Hay un tiempo para avanzar y otro para resistir. Hay un tiempo para festejar y un tiempo para perseverar. Ahí se encuentra el feminismo global en este 8 de marzo -día de reivindicación, no de celebración-, cuestionado y vapuleado, en retroceso entre los jóvenes, chicos y chicas, con el mundo patas arriba y millones de mujeres atenazadas por estructuras económicas y sociales asfixiantes, en el mejor de los casos, y por la guerra y los estados, en el peor. Lo mismo de siempre, pero ahora más.
[–>[–>[–>Otro 8M preguntarán si es necesario organizar tanto acto, salir a las calles, reclamar derechos, denunciar abusos. La movilización es un privilegio para muchas mujeres. Las que protestan exigen sus derechos y con ellos los de las que no pueden hacerlo.
[–> [–>[–>El 8M sirve, entre otras cosas, para recordar, que esos derechos de los que disfrutamos no siempre estuvieron ahí, que otras, antes, los pelearon, y que hay que venerar su legado defendiéndolos con uñas y dientes.
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El 8M es por las mujeres que quieren ascender en el mundo laboral en igualdad de condiciones que sus compañeros, por las que sacrifican su carrera profesional por el cuidado de hijos y mayores, por las que son ninguneadas o acosadas en sus trabajos, por las que inmigraron. Por la seguridad e integridad física de todas.
[–>[–>[–>Es también, sobre todo, por las que, con otras urgencias vitales, no pueden ni plantearse todo eso. Por las mujeres que están siendo borradas por regímenes teocráticos como Afganistán o Irán, por las que venden sus cuerpos por un plato de comida en las hambrunas, por las que son moneda de cambio, territorio a devastar en los conflictos armados que, alarmantemente, atraviesan hoy el planeta. Por las más vulnerables, por las que no pueden hacer oír su voz; por eso gritan también las otras.
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Es, por supuesto, por las que se han quedado por el camino, víctimas de crímenes machistas, por las que no han llegado a ver este 8M, por ellas y sus hijos, los que cayeron a su lado y los que han sido condenados a la orfandad. Y por las que están viviendo expuestas a esa amenaza, encadenadas por el miedo.
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[–>No es el 8M un día de fiesta. Poco que celebrar. Es un recordatorio, una oración, un grito de resistencia. Es un día de hermandad, por las que somos, las que están a nuestro lado y las que, lejos, necesitan escucharnos y saber que no están solas.
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