Tyler Cowen: «Creo que Madrid está en la carrera por ser la mejor y más exitosa ciudad de Europa»
Tyler Cowen es una de las figuras intelectuales más influyentes del debate económico y cultural contemporáneo en Estados Unidos y, por extensión, a nivel global. Profesor de Economía en la Universidad George Mason, director del Mercatus Center y cofundador del muy seguido blog Marginal Revolution, Cowen ha logrado algo excepcional: combinar una producción académica rigurosa con una capacidad única para influir en el debate público, anticipar grandes tendencias cultural y dialogar con audiencias muy amplias sin perder profundidad.
Economista de formación clásica, su campo de interés abarca desde el crecimiento económico y la innovación tecnológica hasta la cultura, la gastronomía, la ética y la evolución de las ideas liberales, siempre con una mirada comparativa e históricamente informada. Autor de libros como Average Is Over (2013), una de las primeras grandes reflexiones sobre el impacto económico de la inteligencia artificial, o Stubborn Attachments (2018), donde defiende el crecimiento económico como un imperativo moral que se debe priorizar, Cowen se ha consolidado como un pensador adelantado a su tiempo. A ello se suma su labor como entrevistador en el podcast Conversations with Tyler, por el que han pasado premios Nobel, líderes políticos, científicos, escritores y emprendedores de primer nivel. Su influencia no se mide solo en citas académicas o ventas de libros, sino en su capacidad para moldear marcos de análisis, detectar cambios estructurales antes de que se vuelvan evidentes y obligar a repensar certezas tanto a economistas como a responsables políticos e intelectuales de distintas tradiciones.
Libre Mercado se entrevista con Cowen para hablar de política, economía y cultura en América y España.
Pregunta: En España se está considerando prohibir el acceso de los menores a las redes sociales. El presidente del Gobierno ha defendido la medida en un artículo en The New York Times. Aunque el Ejecutivo es impopular, la idea parece contar con respaldo social. ¿Podría explicar a los oyentes españoles por qué una propuesta que suena bienintencionada no debería seguirse?
Yo lo interpreto como una restricción de la libertad de expresión. Una vez que el gobierno empieza a intervenir más en internet, rara vez se detiene. Este tipo de propuesta implica que el anonimato desaparece, y no solo para menores, también para adultos. Cuando se inicia el camino de verificar la edad, al final se termina verificando a todos.
Entiendo la preocupación por los posibles efectos de las redes sociales sobre la salud mental de los jóvenes; es una inquietud legítima. Pero, a mi juicio, el cuidado corresponde a los padres, no al Estado. Además, con toda nueva tecnología de comunicación suele haber un periodo de ajuste hasta que la sociedad aprende a usarla correctamente. Estamos atravesando ese periodo con las redes sociales y, por eso, yo soy menos alarmista que otros.
Asimismo, si uno se fija en los mejores trabajos de investigación, por lo general sugieren que, si bien hay efectos sobre la salud mental de los adolescentes, son más pequeños de lo que se suele apuntar. Y, además, los adolescentes más capaces suelen utilizar estas plataformas para encontrarse, conversar, crear proyectos, investigar o emprender a edades tempranas. Incluso si fuera posible mantenerlos completamente fuera, también tenemos que entender que habría un coste de oportunidad considerable. Y esos costes, a menudo, no se discuten.
Rasheed J. Griffith: Estados Unidos es uno de los países con más hispanohablantes del mundo; según algunas estimaciones, incluso más que España. Se aprecia también una influencia cultural hispana cada vez mayor. ¿En qué momento le parecería útil, desde el punto de vista analítico, referirse a Estados Unidos, en términos funcionales, como un país que ya presenta ciertos rasgos propios del mundo hispanoamericano?
En cierto sentido, eso ya es así. Mira el caso de Marco Rubio en la política, de Bad Bunny en el entretenimiento… La impronta es muy notable. Con la evolución demográfica, Estados Unidos se irá interesando cada vez más por lo que podríamos llamar América Latina. También por motivos de política exterior: Venezuela, Cuba y, por supuesto, México estarán en la agenda. México es nuestro vecino permanente y siempre será crucial. Los fundamentos favorecen que, con el tiempo, se hable y se piense más sobre América Latina. Y ese análisis vale también para España: sus propios flujos migratorios lo reflejan.
Rasheed J. Griffith: ¿Diría usted que ese interés se traduce en conversaciones de más calidad, o sigue siendo sobre todo un fenómeno de élites?
Hay muchas más conversaciones sobre el mundo hispano y su encaje con Estados Unidos, pero no creo que la discusión esté a la altura. Un problema es que los norteamericanos no latinos suelen no saber español. Otro es que tienden a viajar poco por América Latina de una manera que enseñe de verdad. Mucha gente ha ido de vacaciones a México, Costa Rica, quizá Buenos Aires, pero esas experiencias pueden dar una imagen engañosa o limitada.
Basta con visitar una ciudad fuera de los circuitos habituales —por ejemplo, conocer Honduras— para aprender más que con los itinerarios típicos. Está «lo turístico» y «lo real», y los norteamericanos, salvo quienes son originarios de esos países, se suelen quedar solamente con lo primero, y muchas veces ni eso.
Diego Sánchez de la Cruz: Quisiera preguntarle por dos libros suyos: Average Is Over y Stubborn Attachments. Fueron muy influyentes la década pasada. ¿Qué ideas considera usted que han resistido mejor el paso del tiempo?
Mi tesis principal en Average Is Over, de 2013, era que la inteligencia artificial transformaría el mundo y resolvería la crisis de productividad. Hoy esa predicción parece haber envejecido muy bien. Fui de los primeros en insistir en ello y describí con cierto detalle cómo podría funcionar el mundo cuando la IA estuviera integrada en tareas y empleos. En ese libro uso la imagen del «centauro», en alusión a una persona muy competente que entrena a la IA y trabaja con ella. Quienes aprendan a colaborar bien con la IA lo harán extraordinariamente bien; quienes no, tendrán que asumir ajustes importantes.
Stubborn Attachments, de 2018, sostiene que lo más relevante para el bienestar humano es el crecimiento económico y que debería entenderse como un imperativo moral. Ese punto es muy importante para España o América, de hecho para cualquier país. Si se mira a Asia oriental, se ve que, en gran medida, ellos están realizando su potencial a través del crecimiento. Muchos más países deberían seguir esa senda con seriedad.
Rasheed J. Griffith: Ha visitado El Salvador, ¿qué opina de su evolución?
Creo que El Salvador se ha convertido en un país mucho más seguro, lo cual es una gran noticia, pero, incluso en ese escenario, también es cierto que le costará mucho convertirse en un país significativamente más rico. No pienso que vaya a ser por la vía de la industria, puesto que gran parte del mundo se está desindustrializando y, además, la automatización reduce el potencial de creación de empleo secundario. En Centroamérica también pesan otros factores como la escala y el coste de la electricidad, que no juegan precisamente a favor.
Veo margen en el turismo. Tienen una costa del Pacífico bastante infrautilizada que podría desarrollarse con éxito: más surf, más residencias, más infraestructura. Eso puede elevar su nivel de ingresos. Pero el turismo rara vez «compone» indefinidamente: mejora el nivel, pero no garantiza una tasa de crecimiento permanentemente superior. Mucha gente que sigue a Bukele en redes sociales cree que el país está a punto de convertirse en el próximo Singapur, pero hay que bajar expectativas.
A largo plazo, me cuesta verles promediando más de un 2 o 3 por ciento de crecimiento anual. Pueden vincularse más estrechamente a la economía estadounidense; usan el dólar y eso ayuda. Pero hace falta más. ¿Servicios financieros? La política adoptada con Bitcoin no terminó de tener el efecto deseado.
Por otro lado, existe el riesgo de un exceso de poder. Los contrapesos constitucionales son débiles. Y, en paralelo, existe otro riesgo: no podemos descartar que la violencia regrese. Costa Rica, que durante mucho tiempo fue un ejemplo de seguridad relativa, se ha vuelto más vulnerable por presiones criminales externas, en algunos casos vinculadas a redes transnacionales. Esto podría ocurrir también en El Salvador. Yo veo potencial de mejora, pero no soy extremadamente optimista.
Diego Sánchez de la Cruz: Ese patrón de avances y retrocesos se repite en la región. Colombia y Ecuador, por ejemplo, eran países mucho más seguros en 2006 de lo que son en 2026. A veces parece que lo peor ya pasó y, sin embargo, el deterioro reaparece.
Ciertamente, pocos países de la región han completado lo que suele llamarse «construcción nacional». Podría decirse que Uruguay sí lo logró. Chile, en parte. Argentina es un caso complejo. Pero, fuera de ciertos segmentos del Cono Sur, la fragilidad institucional y social ayuda a explicar por qué la violencia tiende a reaparecer.
Rasheed J. Griffith: En relación con Colombia, ¿cómo valora usted su trayectoria reciente?
He estado en Colombia varias veces y cada zona del país se siente como un país distinto. No está es tan homogénea como pensamos en términos geográficos, tampoco en asuntos políticos o sociales… Dicho esto, tras décadas de violencia, Colombia puso la casa en orden y mantuvo un crecimiento económico bastante estable. Cuando uno recorre sus ciudades, algunas partes se ven bastante desarrolladas desde el punto de vista comercial. Soy relativamente optimista: espero que el retroceso de política económica bajo el gobierno de Petro sea temporal y que en la próxima década puedan sostener algo como un 3 a 4 por ciento anual. Algunos países, incluso reconociendo el «desorden» con que lidian, crecen a tal ritmo. Si Colombia logra mantener una expansión así durante el tiempo suficiente, cruzará un umbral que le permitirá ordenar el conjunto.
Rasheed J. Griffith: Si usted tuviera que mudarse a América Latina con su familia, con hijos pequeños, ¿qué ciudad escogería?
Dejando aparte condicionantes laborales, creo que el mejor lugar para vivir sería Ciudad de Panamá. Tiene buenas conexiones aéreas con el resto de América Latina y con Estados Unidos, es una ciudad lo bastante segura y tiene una economía razonablemente dinámica. No percibo ninguna desventaja evidente.
Buenos Aires compite por su atractivo cultural, pero aún hay demasiada inestabilidad económica y no estoy seguro de que todos los problemas que heredó Milei vayan a quedar realmente resueltos. Chile es una opción, pero a muchos extranjeros les resulta más provincial, en el sentido de que, si uno no está integrado en determinados círculos sociales, puede resultar algo excluyente y, también, monótono. Por eso, diría Ciudad de Panamá.
Diego Sánchez de la Cruz: Panamá suele tener buenos registros de renta per cápita, aunque aparece peor en indicadores de corrupción y gobernanza. ¿Lo considera una paradoja o una combinación que, al fin y al cabo, se da también en otras partes?
Puede ocurrir que muchos países se estén volviendo más corruptos, lo cual es malo. Pero, en términos relativos, eso no necesariamente perjudica a Panamá frente a otros. Hay además un elemento cultural que, para un expatriado, puede ser incluso una ventaja: la cultura nacional panameña no es tan absorbente. Sus hijos no crecerán «siendo panameños» del mismo modo que, por ejemplo, podrían crecer «siendo mexicanos» si se crían en México.
La de México es una cultura enorme, fuerte, vibrante. Es envolvente. No hay nada malo en que los hijos formen parte de ella, pero es una decisión, de modo que, si uno se muda allí, tendrá que pensar en «mexicanizarse» y abrazar esa dimensión local. En cambio, crecer en Ciudad de Panamá es más como criar hijos en una ciudad global, un poco como Dubái. Si uno es suizo, los hijos seguirán siendo suizos; si uno es inglés, los hijos seguirán siendo ingleses. Eso puede ser ventaja o desventaja. Yo, personalmente, preferiría México, pero, para los hijos, quizá Panamá podría ser más conveniente.
Rasheed J. Griffith: Hablemos de Argentina y Chile un poco más.
Argentina tiene un componente de psicodrama muy fuerte. Eso tiene un lado positivo: produce grandes escritores y dramaturgos. Pero, como país, tiende a funcionar como una telenovela. México, en comparación, tiene más tragedia; Argentina tiene más drama de «culebrón». En ambos casos, esa intensidad dificulta la estabilidad fiscal y la continuidad de políticas públicas.
Chile, por contraste, tiene poco drama; es «aburrido». Y el aburrimiento puede ser bueno porque permite estabilizar. Han pasado por episodios intensos —la discusión constitucional, vaivenes ideológicos fuertes—, pero han conseguido reconducirse. Eso, en sí mismo, es notable.
Diego Sánchez de la Cruz: Usted ha visitado Madrid varias veces. Desde su perspectiva, ¿está realmente funcionando de forma excepcional dentro de Europa?
Estuve en Madrid hace menos de un año, creo que fue mi quinta visita. Creo que está en la carrera por ser la mejor y más exitosa ciudad de Europa. Es una valoración subjetiva, pero no me parece en absoluto descabellada.
Por su vida cultural, su apertura cosmopolita, sus artes y su vitalidad urbana… Por todo eso, es una ciudad excelente. Y, aparte, su economía se ha abierto mucho. Para un estadounidense, vivir en Madrid no resulta tan caro como en otras ciudades donde, de hecho, la experiencia es mucho menos enriquecedora. Diría que es uno de los mejores lugares del mundo donde pasar una o dos semanas como visitante y, como ciudad en que vivir, está claramente en la primera división.
Rasheed J. Griffith: ¿Cuándo empezó usted a percibir ese cambio con claridad?
Mi primera visita fue en los años 90 y entonces Madrid me parecía más oscura, tenía cierto punto fascinante, pero era muy lenta, como un lugar que se movía entre un pasado que iba muriendo y un futuro incierto. También visité la ciudad durante la crisis financiera y la impresión que me dejó fue triste: calles vacías, gente con semblante serio, un ambiente claramente deprimido… Pensé que era temporal, pero esas imágenes dejan huella. Diría que en mi última visita vi con total claridad el cambio que ha experimentado Madrid. No me sorprendió del todo, porque estaba al corriente de los avances, pero verlo «en vivo» hizo que ese salto adelante me pareciese mucho más real.
Diego Sánchez de la Cruz: Hablando de libertad y de España, Vd. es conocedor de la Escuela de Salamanca…
Sus autores eran pensadores impresionantes y han sido muy infravalorados. Vitoria, Molina, Mariana y muchos otros fueron pioneros en la economía, en la filosofía moral… Desde la forma en que hablaron de los derechos de los indígenas hasta la manera en que comentaron asuntos monetarios o comerciales, sin duda hicieron una aportación extraordinaria. Entendían ideas que hoy asociamos a la utilidad marginal. Sentaron las bases de la economía moderna. Eran excelentes al hablar de teoría monetaria, cantidad de dinero, inflación… Y, además, eran filósofos morales sólidos. El año pasado visité Salamanca y pude ver conocer vinculados a sus autores del Siglo de Oro, lo cual me impresionó mucho. Salamanca, además, es una de las ciudades pequeñas más hermosas de España y resulta muy accesible; merece mucho la pena hacer una visita.
Rasheed J. Griffith: Comparado con esa densidad intelectual, ¿cree usted que el liberalismo contemporáneo ha perdido profundidad?
La gente parece leer menos libros, especialmente libros históricos. Eso vuelve el pensamiento liberal clásico más delgado, en el sentido de menos profundo y más superficial. A la vez, puede hacerlo más orientado al futuro, más dinámico, más flexible. Veremos qué resulta de ese intercambio. Cuando yo era joven, me sorprendía cuánta gente conocía a los escolásticos. Era posible preguntar «¿qué piensa usted de Suárez o de los escritos de Mariana sobre el tiranicidio?» y recibir una respuesta acorde. Hoy eso sería impensable, salvo si hablamos de personas muy concretas… La Escuela de Salamanca merece ser mucho más conocida fuera de España.
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