Los cataplines de Donald
Jorge Dezcallar es embajador de España
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La guerra se extiende hacia las petromonarquías del Golfo, atacadas en sus ciudades y campos petrolíferos, mientras sus hubs aeroportuarios cancelan vuelos por razones de seguridad. Un dron ha llegado a Chipre, motivando que griegos, británicos y franceses envíen militares a defenderlo.
[–>[–>[–>También España contribuye con una fragata como acompañante del portaaviones francés. Se ha interceptado un misil dirigido a Turquía (miembro de la OTAN), un destructor iraní ha sido torpedeado junto a Sri Lanka (algo que no ocurría desde que los británicos hundieron el crucero Belgrano en las Malvinas), han despertado las milicias de Hezbolá, muy debilitadas tras su apoyo a Hamas en Gaza y eso ha motivado nuevas incursiones y bombarderos israelíes en el martirizado Líbano. Y todavía más preocupante, hay indicios de que los americanos considerarían utilizar a los kurdos iraníes para abrir un frente interno que no solo podría provocar una guerra civil sino derivar en un levantamiento generalizado de la kurdos repartidos entre Irán, Irak, Siria y Turquía, que desde hace muchos años desean tener su propio Estado. Un polvorín. Todo Oriente Medio está en llamas y parece que la estrategia iraní es la de perdidos al río.
[–> [–>[–>Los israelíes tienen claro lo que quieren: acabar de una vez por todas con el régimen teocrático y odioso de los ayatolás que no reconocen su existencia y están juramentados a la destrucción de la que llaman la «Entidad Sionista». Por eso Jerusalén considera a la República Islámica como un enemigo existencial y también como un enemigo estratégico que si se hace con la bomba acabaría con el monopolio nuclear que ahora tiene Israel, y además pondría en marcha una carrera de armamentos en la región porque también la querrían Turquía y Arabia Saudita. Y eso nadie lo desea.
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La estrategia americana está menos clara pero eso no debe extrañar cuando la diseña alguien tan voluble como su presidente. La impresión es que el rabo israelí mueve al perro americano, como reconoció un desliz de Marco Rubio. Lo primero que dijo Trump fue que el objetivo era el cambio de régimen mientras animaba a los iraníes a rebelarse y tomar el poder en sus manos porque «la ayuda está en camino». Pero eso no es fácil de conseguir solo desde el aire en un país como Irán (tres veces España y 93 millones de habitantes) y Washington tiene claro no enviará soldados porque recuerda los desastres en los que se metió en Irak y en Afganistán. Luego Trump habló de acabar con las instalaciones nucleares (pero, ¿no dijo que las había «obliterado» durante la guerra de los Doce Días en junio pasado?), hundir los barcos de Irán y dejarle sin misiles. Pero ya es tarde y a Trump se le juzgará por la caída o pervivencia del régimen.
[–>[–>[–>Por su parte, el régimen teocrático se esforzará en resistir e ir al «martirio» si es preciso y dirá que mantenerse frente a dos enemigos tan poderosos es ya una victoria, aunque tenga que hacer muchas concesiones. Mientras el Ejército y los Guardianes de la Revolución se mantengan leales no habrá revolución que pueda triunfar. Otra cosa sería que ante el diluvio de misiles un general dé un golpe de Estado para salvarse a sí mismo y a la casta militar que tanto ha medrado con los ayatolás. Ahora a Trump dice que «los iraníes quieren hablar» y da la impresión de que aceptaría una continuidad del régimen al estilo de lo que ha hecho con Delcy Rodríguez en Venezuela. Quizás con menos mulas, menos velos y con más nacionalismo y la misma corrupción de siempre. De democracia nadie habla, ni en Irán ni en Venezuela.
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Mientras, el mundo sigue con preocupación e impotencia el aumento de los fletes y seguros, el estrangulamiento de los estrechos, el coste del gas y del petróleo y su efecto sobre la inflación y la cesta de la compra, en los pasajes de avión que afectan al turismo etc. Este es un mundo manejado por los poderosos («Might makes Right») que desprecian el Derecho Internacional cuando no les conviene. Pedro Sánchez tiene razón en que está operación es ilegal, pero no la tiene en teatralizar y exagerar su oposición por razones de política doméstica («¡No a la guerra!»). La diplomacia gestual le puede venir bien con sus socios de investidura pero tocarle los cataplines en público una y otra vez a Donald no parece inteligente ni deseable para España.
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