por qué es el mejor mes conocer la Ciudad Roja entre plazas, jardines, zocos y boutiques
Marzo es el mes en el que Marrakech abre de par en par. Ni el verano abrasador ni las lluvias del invierno y mucho menos la avalancha de turistas puede interponerse con una época en la que todo florece. Temperaturas que oscilan entre los 12 y los 24 grados, cielos despejados, esa luz que viste de otro color las murallas de la Koutoubia y, este 2026, la coincidencia con el Ramadán, que para el viajero curioso ya no es un inconveniente, sino más bien el umbral de una experiencia que no podría caer en mejor momento.
Antes de esa Semana Santa que queda temprana en el calendario, la Ciudad Roja respira. En las terrazas quedan lugares libres, los vendedores del zoco se toman con algo más de calma la caza del comprador, el Jardín Majorelle puede visitarse a primera hora con el silencio como un lujo imposible en temporada alta y, cuando el sol cae y la ciudad cambia de piel con el iftar, la ruptura del ayuno del Ramadán, lo que ocurre en la Jemaa el-Fna prácticamente no se puede explicar: hay que vivirlo.
El Ramadán como experiencia
En 2026, el Ramadán se extiende entre mediados de febrero y el 19 de marzo, lo que convierte gran parte del mes en una visita a una Marrakech diferente. Aunque el ritmo de la ciudad cambia, los espacios turísticos como jardines y monumentos mantienen sus horarios, y los zocos bajan el ritmo. Los comerciantes en ayuno trabajan a un ritmo más pausado y la negociación se parece más a una conversación, algo perfecto para poder mirar sin prisas entre alfombras, cerámicas de Tamegroute y la artesanía de cuero.
Hay que tener en cuenta que los restaurantes no suelen servir comida durante las horas de luz, así que es recomendable hacer un desayuno contundente en el riad antes de salir a explorar la ciudad y cenar después del iftar, cuando la medina estalla y Marrakech se convierte en otra ciudad. Cuando el muecín anuncia el fin del ayuno, la Jemaa el-Fna explota en un mercado de decenas de puestos llenos de luz y comida que llenan la galería de cualquier móvil.
Puestos de harira, la sopa tradicional a base de tomate, lentejas, cilantro y especias que aparece masivamente en este mes; chebakia, las galletas de miel y sésamo en forma de rosa que se venden en cada esquina; briouats dulces de almendras y dátiles envueltos en hojaldre fino y, por supuesto, muchas risas y alboroto. La plaza, Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la Unesco, se llena de familias que salen a cenar mientras los músicos gnawa tocan hasta la madrugada y el ambiente se llena del olor a carbón y a especias de los tenderetes.
Sin embargo, el Ramadán no todo es comida, sino también un momento de expresión cultural. El Institut Français de Marrakech organiza en esta época el Printemps de la Poésie, una semana donde la poesía en árabe y francés ocupa la Jemaa el-Fna, el Dar Cherifa y los riads históricos de la medina con lecturas, exposiciones, proyecciones de cine y talleres abiertos para disfrutar más allá del paladar.
Terrazas al atardecer
Cuando cae el sol en Marrakech esta devuelve otra geometría. La luz del sol sobre los tejados de la medina no es la misma en marzo, más oblicua, más dorada, más larga; y las terrazas que miran a la plaza principal y a la mezquita Koutoubia no se llenan con los numerosos tours ni las moscas del verano. Uno de los mejores lugares para gozar de ese privilegio es el Café Glacier, con una de las terrazas más grandes y panorámicas de Jemaa el-Fna, donde el atardecer es mágico.
El Nomad en la Plaza de las Especias, es otro mundo: famoso en todas las listas de restaurantes imprescindibles de la ciudad, su cocina marroquí moderna con ingredientes locales de temporada se disfruta en su terraza con vistas al mercado de especias. El Rooftop del El Fenn Hotel en el barrio de Bab El Ksour, tampoco se queda atrás: sus 1.300 m2 de terraza muestran la Koutoubia en primer plano de día y el calor y la luz de las hogueras en la noche, accesible también para quienes no son clientes. Otra opción es el Atay Cafe, en el corazón de la medina. Una opción más silenciosa y menos turística donde la gente habla en voz baja, el café es delicioso y las vistas muestran otra perspectiva.
El momento de cenar es maravilloso en la plaza, pero quienes quieran variar pueden dirigerse al Chez Chegrouni, donde se sirven los clásicos sin concesiones: tajine de cordero con ciruelas y almendras, pastela de pollo con hojaldre y azúcar glas o el mítico cuscús. El Dar Chef también tiene una de las mejores pastelas de Marrakech y un guiso de cordero con miel y almendras que cuesta encontrar fuera de las casas marroquíes: el mroziya.
El ritual más honesto
No hay experiencia más marroquí que un hammam, y las noches de marzo, aún frescas, convierten el momento en algo que sigue siendo agradable a pesar del aliento cercano de la primavera. Este ritual de limpieza e higiene social con raíces en la cultura islámica y romana crea algo parecido a un estado de gracia, aunque muchas personas acuden con sus familias, convirtiéndolo en algo así como un espacio social.
El Hammam Mouassine es el más antiguo de la ciudad, construido en el siglo XVI como parte de un complejo de mezquitas. Sus interiores de piedra, las bóvedas con pequeñas ventanas que dejan pasar una luz íntima y el hecho de que lo frecuentan sobre todo vecinos del barrio lo convierten en la opción más auténtica. Hay que llevar el equipaje completo: jabón – mejor el beldi, ese jabón negro de aceite de oliva y cenizas que se vende en cualquier bazar – , guante kessa para la exfoliación y una toalla.
Otra opción es el Hammam Ziani, algo más adaptado al visitante extranjero pero con un ambiente que evoca a otros tiempos, con masajistas profesionales que consiguen hacerte olvidar el cansancio del día. Para una experiencia más cómoda y mixta, Les Bainsde Marrakech, junto a la Bab Agnaou, fue uno de los primeros en ofrecer cabinas privadas para parejas y lleva más de veinte años siendo referencia. En cualquier caso, el ritual sigue siendo el mismo: sala de vapor, exfoliación con jabón negro y masaje con aceite de argán para salir con una piel totalmente renovada.
Comprar sin prisas
El regateo, que en temporada alta puede parecer una persecución, recupera este mes su condición de ritual social y de intercambio. Personalmente, siempre comienzo dividiendo el precio que me ofrecen entre tres. Puede parecer que se enfadan, pero no te dejes amedrentar y sigue tu camino: a veces es el mejor truco para conseguir lo que quieres. Alfombras, joyas, bolsos, cerámica, ropa… si algo sucede en las grandes ciudades de Marruecos es que si algo quieres, alguien te lo encuentra. Así que no dudes en pedir una talla, un color o un modelo diferente, porque es muy probable que lo consigan en un abrir y cerrar de ojos.
El zoco Semmarine, el más extenso de Marruecos y el que arranca junto a la Jemaa el-Fna, concentra tejidos, especias y algunas joyas, mientras que el zoco Fekharine es el referente de la cerámica tradicional, con platos y tajines de colores. La cerámica de Tamegroute, ese verde oscuro obtenido con óxido de cobre y cocido a más de mil grados en hornos de leña siguiendo una técnica transmitida de generación en generación, se vende aquí aunque su origen esté en la provincia de Zagora, en el sur del país. Una pieza auténtica tiene esa irregularidad que no puede imitar ninguna fábrica y eso es en lo que debes de fijar el ojo al buscar ese souvenir que te quieres llevar.
Para las alfombras, el Souk Zrabi, junto a la plaza de las Especias, es el punto de referencia. Para buscar una alfombra auténtica, tejida a mano con lana natural, tienes que ir en busca de imperfecciones sutiles y asimetrías. Si las encuentras, puedes jugar la baza contraria: pedir que la rebajen porque presenta una tara. El zoco Siyyaghin, el de los herreros, merece una visita al atardecer, cuando las lámparas tradicionales se encienden, aunque no se busque comprar nada. Por último, el zoco Cherratin, dedicado a la marroquinería artesanal, es donde comprar bolsos, cinturones y babuchas directamente a quienes los fabrican (mejor si tienen un taller o alguien que trabaja de cara al público para cerciorarse).
Souvenirs del pequeño París
A quince minutos de la medina, el barrio de Gueliz muestra otra Marrakech. Construido durante el protectorado francés entre 1912 y 1956, su arquitectura Art Déco, sus bulevares anchos y su ambiente cosmopolita lo convierten en un contrapunto al caos de la medina. En sus calles ha florecido en los últimos años una escena de concept stores y tiendas de diseño que merece un recorrido, comenzando por el 33 Rue Majorelle, ubicado en ese mismo número de la calle Yves Saint Laurent.
Abierto en 2012, reúne en dos plantas la obra de más de cien creadores marroquíes independientes: moda de hombre y mujer, accesorios, joyas, cerámica, objetos decorativos, cosmética natural y artículos para el hogar, todo ello con la firma local. SOME Slow Concept Store es otra propuesta diferente, instalada en una villa de1936 en el corazón de Gueliz. Fundada por Mathilde, abogada, y Noémie, diseñadora de interiores, llevan más de diez años viviendo en la ciudad y vendiendo sus marcas propias, no.M y Casabeldi.
Sin embargo, estas también conviven con piezas de decoración, vajillas, cerámicas, muebles y alfombras contemporáneas tejidas por mujeres marroquíes asociadas a la fundación Le Savoir au Village. En su jardín trasero hay otra sorpresa: un café vegetariano con menú orgánico que invita aquedarse más allá de las compras. Si seguimos callejeando encontraremos también La Maison ArtC. una apuesta por la artesanía y el diseño marroquí en clave minimalista, con cerámicas hechas a mano, textiles y azulejos de patrones intrincados que son el souvenir perfecto para regalar algo diferente y con significado.
El despertar botánico
A todos nos gusta disfrutar de buenos platos y trastear entre tiendas llenas de pequeñas joyas locales, pero hay más razones que hacen que el mes de marzo sea uno de los mejores para visitar Marrakech: sus jardines. Regada por el deshielo del Atlas que baja por los canales y humedece el suelo, y sin el agobio de las horas de luz que aplana los colores en verano, la vegetación vive una tremenda explosión.
El Jardín Majorelle es el ejemplo más conocido, un espacio que parece nacido prácticamente para esta temporada. Diseñado por el pintor francés Jacques Majorelleen 1924 y rescatado del abandono en 1980 por Yves Saint Laurent y Pierre Bergé, hoy goza de la presencia de más de trescientas especies vegetales. Una veintena de jardineros se encarga de los cactus del suroeste americano que Majorelle trajo en las primeras décadas del siglo pasado, pero también de las palmeras del Pacífico, de los bambúes asiáticos y de los estanques con flores de loto que Saint Laurent y Bergé importaron de Asia.
El azul cobalto intenso de los edificios, bautizado azul Majorelle, brilla distinto con la luz de primavera. Y sin los grupos de turistas, el silencio que rompen solo los pájaros hace que se entienda por qué Saint Laurent quiso que sus cenizas reposasen aquí, en la Villa Oasis, en 2008. La calle que lleva al jardín tiene su nombre desde entonces. La entrada incluye el acceso al Museo Pierre Bergéde Artes Bereberes; y el Museo YSL se encuentra a pocos metros, fuera del recinto.
Hay que alejarse 27 kilómetros de Marrakech (vale la pena) por la Route d’ Ourika para llegar a otra estrella botánica: el Anima Garden. Creado por el artista austríaco André Heller, el jardín ocupa tres hectáreas donde 250 especies de plantas conviven con esculturas de Pablo Picasso, Keith Haring, Alexander Calder y Auguste Rodin en una propuesta surrealista: una máscara africana bicolor gigante expulsando agua, un arco en forma de mano con ojos azules abriéndose hacia el Atlas o un tranquilo pasillo de bambú con banderas tibetanas son ejemplo de ello. En marzo, el telón de fondo es el pico todavía nevado del Jbel Toubkal, visible en los días claros desde el jardín. Una excelente postal para poner fin a un viaje perfecto para abrir la primavera.
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