Kim Jong-un, tercera generación de una monarquía que no existe
Si Churchill dijo de Rusia que era un acertijo envuelto en un misterio dentro de un enigma, Corea del Norte es todo lo anterior, encajado además en un jeroglífico metido en un rompecabezas insertado en un secreto embutido en un arcano y formando un gran interrogante. Todo lo que conocemos de Corea del Norte es su situación geográfica, y ni de eso podemos estar seguros, a lo mejor se encuentra aquí al lado y nosotros pensando que está allá por el paralelo 36, por culpa de las películas de Hollywood. Es por eso, porque no sabe exactamente dónde está situada Corea, que el sheriff mundial la deja en paz. Por eso, o porque no tiene petróleo.
[–>[–>[–>Desde luego no será por falta de armas nucleares, porque Corea del Norte no solo no las esconde, sino que hace alarde de ellas, como saben sus vecinos del sur y hasta Japón. Ni será tampoco porque impera ahí una exquisita democracia, ya que Kim Jong-un es la tercera generación de la misma familia que gobierna el país, y ya está enseñando a su hija adolescente para que sea su sucesora, sería la primera lideresa suprema desde que, en 1948, fuese fundado el país. Hay monarquías que no han alcanzado una línea sucesoria de cuatro generaciones ininterrumpidas, la española actual, sin ir más lejos, y ya veremos si las alcanza en un futuro. Y hay también bastantes monarquías que —al contrario que Corea del Norte— descartan a la mujer como heredera al trono si tiene un hermano varón, aunque éste sea menor. La española actual, sin ir más lejos.
[–> [–>[–>Kim Jong-un no solo preside ese país tan misterioso que merecería haber sido visitado por Tintín, sino que preside también el partido, el ejército y el Presidium, lo cual es una forma muy coreana de ahorrar en sueldos. Si no viviera en un palacio, presidiría también la escalera de vecinos. Aun con todos esos cargos, se resiste a ser llamado monarca, emperador o jefe, como haría cualquier otro en su lugar, y puesto que en aquella parte del mundo lo de Gran Timonel ya estaba pillado por Mao, se conforma con que su denominación oficial sea la de líder supremo, que tampoco está mal. De hecho, líder supremo es también lo que aspira a ser —si es que no lo es ya— Pedro Sánchez en España, sin duda influido por esa costumbre oriental. El presidente español está a un puñado de ojivas nucleares de engordar unos quilos y achinarse los ojos.
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Si por su aspecto se le valorara, al líder supremo coreano no se lo tomaría nadie en serio, con su sobrepeso y su extravagante peinado más parece un extra de película de Jackie Chan —el miembro con pocas luces de la banda del malo que muere en la primera secuencia— que un malvado de película de James Bond, como nos lo están vendiendo. Esa apariencia ordinaria le sirvió para estudiar en los mejores colegios suizos sin que ninguno de sus compañeros y profesores sospechara que se trataba del heredero del trono —o donde quiera que se siente el líder supremo de aquel país— de Corea del Norte. Como, además, a los europeos todos los orientales nos parecen chinos y todos los chinos nos parecen iguales, Kim Jong-un podía pasearse sin llamar la atención por las fábricas de chocolate de Suiza y por los bancos de Zúrich, ya que todo el mundo daba por hecho que era el friegaplatos de El Dragón Picante.
[–>[–>[–>No fue plácido su ascenso a la cúspide, el favorito para suceder al anterior líder supremo era su medio hermano mayor, Kim Jong–nam, pero cayó en desgracia en 2001 cuando fue sorprendido intentando entrar en Japón con pasaporte falso. No es que quisiera exiliarse, que pretendiera vender secretos de estado o que aspirara a firmar acuerdos secretos en este país, nada de eso: quería visitar el Tokyo Disneyland. A su edad. Se ignora si fue defenestrado por usar un pasaporte falso o por gilipollas.
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Kim Jong-un ha presidido —quién iba a presidirlo si no— hace unos días el congreso del Partido de los Trabajadores, que en Corea del Norte se reúne cada cinco años, ahí trabajan tanto que los obreros no tienen tiempo de reunirse más a menudo. En ese encuentro, el líder supremo dejó de referirse a Corea del Sur como «el hermano descarriado» para pasar a denominarlo «enemigo hostil», y declaró, con la misma frialdad con que se paseaba por los parques de Ginebra cuando estudiaba, que sus fuerzas armadas poseen la capacidad de aniquilar al país vecino ante la mínima sospecha de agresión. No parece que esas palabras fuesen un calentón: celebrando un congreso del partido cada cinco años, tiempo ha tenido de preparar bien su discurso. Harían bien sus vecinos en construir búnqueres, si es que ellos saben por dónde cae Corea del Norte.
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