La guerra sobre Irán, el orden internacional y las confusiones de Von der Leyen
El pasado sábado 28 de febrero, Estados Unidos e Israel iniciaban sus operaciones militares sobre Irán bajo el argumento del desarrollo inminente de armas nucleares por parte del país chií. Ese mismo día, el director general de la Agencia Internacional de Energía Atómica, Rafael Grossi, responsable de la supervisión del Tratado de No Proliferación Nuclear, negaba tal extremo, aun cuando informaba sobre la acumulación de uranio enriquecido, y defendía el marco de negociaciones diplomáticas en curso.
[–>[–>[–>Los primeros bombardeos supusieron la ejecución del Líder Supremo Ali Khamenei y buena parte de la dirección política y militar del país, descabezando la cúpula del régimen de los ayatolás. Irán respondió a la agresión con ataques sobre la propia Israel e, intentando regionalizar el conflicto, también sobre sus vecinos territoriales, socios de Estados Unidos, con el objetivo adicional de desestabilizar la economía global. Por su parte, Israel amplió sus operaciones sobre Líbano.
[–> [–>[–>Tras casi dos semanas de conflicto, en Irán se habrían registrado más de 1.200 fallecidos, según la Agencia de Noticias de Activistas de Derechos Humanos, casi todos ellos civiles, a excepción de las ejecuciones singulares sobre los responsables políticos y militares del país. En el Líbano, la unidad de gestión de riesgos en desastres estima 570 muertos y más de 1.400 heridos. Estados Unidos ha perdido también siete soldados y en Israel han muerto una docena de personas, mientras que, en Kuwait, Bareín, Catar, Arabia Saudí y Emiratos Árabes, los daños están siendo, especialmente, materiales sobre infraestructuras logísticas y energéticas. Cabe destacar también los ataques mediante misiles y drones sobre Turquía, Chipre y Azerbaiyán, cuya autoría aún no está clara. Si en un inicio se atribuyeron a Irán, en las últimas horas hay quien apunta a una operación de «falsa bandera» para involucrar directamente a la OTAN y a la Unión Europea en el conflicto.
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Sobre la economía global, basta decir que el precio del gas ha llegado a duplicarse, y el del petróleo ha registrado aumentos superiores al 30 por ciento, adelantando notables tensiones inflacionistas y, por ende, sobre las perspectivas de crecimiento. En este sentido, la directora general del Fondo Monetario Internacional Kristalina Georgieva afirmaba esta semana que los gobiernos deben «pensar en lo impensable y prepararse para ello».
[–>[–>[–>Entre tanto, el régimen iraní, lejos de desmoronarse, ha nombrado nuevo Líder Supremo, Mojtaba Khamenei, hijo de Ali Khamenei, que no sólo ha perdido a su padre, sino también a buena parte de su familia en los ataques americano-israelíes, y él mismo podría estar herido.En sus primeros pasos como autócrata del país, Mojtaba Khamenei ha redoblado la represión interior en el país, y ha liderado la respuesta de represalias sobre Israel y sus vecinos regionales.
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Así las cosas, cabe preguntarse qué esperar de este nuevo conflicto bélico. Para ello hay que conocer cuál es el objetivo de esta operación por parte de quien la ha iniciado, y aquí son todo inconsistencias. En la Administración americana, el secretario de Estado, Marco Rubio, ha afirmado que la operación tiene por objetivo destruir las capacidades iraníes para la producción y lanzamiento de misiles, así como la destrucción de su armada naval. Un objetivo que podría alcanzarse relativamente pronto. Por otra parte, el secretario de Guerra, Pete Hegseth, apunta al desmantelamiento del régimen de los ayatolás en Irán. Y, por último, el presidente Donald Trump ha venido diciendo una cosa y la contraria de la mañana a la tarde en casi cada uno de los días de este conflicto.
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[–>En todo caso, atendiendo al comportamiento de Donald Trump en crisis previas en las que amenaza y retrocede a la vista del impacto de sus ideas sobre los mercados financieros y, en este caso, energéticos, bajo una estrategia que se ha pasado ya a denominar «TACO» (Trump Always Chickens Out), uno podría esperar que la desestabilización de la economía acabará, más pronto que tarde, por paralizar la guerra.
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Ahora bien, para Netanyahu, el objetivo es meridiano, «eliminar la amenaza existencial» de Irán sobre el Estado de Israel. También lo es para Irán y la Guardia Revolucionaria, que el pasado martes anunciaba que la finalización de la guerra «recae en última instancia en la República Islámica», asumiendo un papel director en el desarrollo del conflicto al margen de los propósitos de Estados Unidos o Israel.
[–>[–>[–>La respuesta internacional, por su parte, está siendo inquietante. Rusia, que ha felicitado al nuevo Líder Supremo iraní por su nombramiento y expresado su apoyo al régimen, se está beneficiando de los rendimientos derivados del incremento de los precios del petróleo y del gas, ingresos extraordinarios para sostener su propia economía de guerra. China ha pedido la paralización del conflicto, y ha enviado fragatas de su armada hacia el Estrecho de Ormuz a la espera de evaluar su intervención para proteger sus importaciones de petróleo y gas desde el golfo Pérsico. En lo que una vez fue Occidente, por su parte, las respuestas están siendo, cuando menos, difusas.
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En los primeros días del conflicto, la mayoría de los países europeos, Canadá o Reino Unido se mostraron complacientes con la operación que ponía en jaque a la tiranía de la República Islámica. Ahora bien, ante un ataque sin agresión previa, en el marco de la negociación nuclear, sin intento alguno de encauzar el conflicto en el ámbito del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, algo que incluso George W. Bush intentó en los prolegómenos de su guerra en Irak, sin conversación tampoco con los socios de la OTAN, y ante la reciente abominable experiencia de la ocupación de Gaza por parte de Israel, las conciencias comenzaron a inquietarse, especialmente, ante la posición nítida y pública del gobierno del Reino de España, liderada por el presidente Pedro Sánchez.
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Todo hay que decirlo; España ha encabezado una reorientación de las posiciones públicas de jefes de gobierno que bajo una estrategia de apaciguamiento ante Donald Trump estaban siendo vergonzosamente complacientes con una guerra, que no sólo se salta la Carta de Naciones Unidas, sino que se plantea sin estrategia alguna y sin atender a las lecciones aprendidas en la propia guerra de Irak o en la salida de Estados Unidos de Afganistán, que ha dejado al país en manos de nuevo de los talibanes. Y en ese marco de reconfiguración de las posiciones iniciales frente a la guerra, más allá del ridículo del canciller Merz en la Casa Blanca, el pasado lunes, escuchamos unas declaraciones lamentables en boca de la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen. «Europa ya no puede ser la guardiana del viejo orden mundial, de un mundo que se ha ido y no volverá». Estas palabras forzaron la declaración del presidente del Consejo Europeo, Antonio Costa, exactamente en la dirección opuesta, obligando a la propia von der Leyen a matizar sus palabras ante el pleno del Parlamento Europeo ayer miércoles, pero sin acompañar tal rectificación de una lectura adecuada de la situación, los riesgos y la estrategia que la Unión debe acometer.
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Lo que subyace de las declaraciones de la presidenta de la Comisión en este asunto es su prejuicio por el cual la Unión Europea debe tener un carácter acomodaticio hacia los deseos de Estados Unidos, sirviéndose de la complacencia y el apaciguamiento como herramientas con las que gestionar sus relaciones, siempre desde la subordinación. Ocurre, sin embargo, que lejos de ser efectiva, tal estrategia parece el camino más corto para la irrelevancia de Europa en el mundo, como ya han comenzado a darse cuenta buena parte de los gobiernos nacionales europeos, incluido el italiano de Giorgia Meloni. La credibilidad de la Unión sufre, precisamente, cuando es incapaz de mantener el listón moral que impulsa su acción política para reaccionar ante la guerra de Putin en Ucrania frente a la ocupación israelí en Gaza o, ahora, el ataque a Irán. Porque para la Unión Europea, la defensa del orden internacional es un principio de necesidad, no de elección. La propia Unión es la encarnación de tal orden, de modo que, darlo por muerto como hizo la presidenta de la Comisión, significa declarar la defunción misma de nuestro proyecto político compartido.
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En el momento de escribir esta columna es imposible adelantar la evolución de la guerra. Sí pueden aventurarse algunos de sus efectos en el caso de un conflicto prolongado, muchos de ellos de directas consecuencias para Europa, como el encarecimiento energético y, de cariz más grave, la probable crisis humanitaria que conducirá a nuevos movimientos de refugiados.
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Pero para parar esta guerra, alguien tiene que intermediar con las partes, y no parece que la Unión Europea, con las actuales mayorías políticas que la animan, que son fruto, por otra parte, de los votos de los europeos, esté en condiciones de abordar tal misión, que es la que muchos esperamos de ella.
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No culpemos a «Europa» de la inacción. Pongamos nombres y apellidos, y actuemos en consecuencia. Lo mínimo sería no entregar la bandera moral y no renunciar a ser nosotros mismos, como ha hecho von der Leyen, con matización o sin ella. Ese es el objetivo que Trump puso negro sobre blanco en su Estrategia de Seguridad Nacional del pasado otoño en referencia a Europa: acabar con esta Unión, que es lo mismo que combatir la democracia, ya sea en su propio país, Estados Unidos, o en el nuestro, en Europa, y respaldar a los partidos «patrióticos» en tal misión. No les tendamos la alfombra.
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Último apunte: la mayor víctima de todo esto no es otra que el pueblo iraní. Su día de la liberación, una vez más, parece posponerse. n
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Jonás Fernández es diputado del PSOE en el Parlamento Europeo
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