¿La dependencia? Depende, ¿de qué depende?
Después de tres años de espera, un número de teléfono con dígitos interminables llama al hogar de una anciana que se aproxima a los cien años de edad. Al otro lado, una representante de residencia para mayores privada.
[–>[–>[–>–¿Es la casa de la usuaria tal? Le llamo para decirle que a su madre, que estaba en lista de espera de centro de día, por fin, le ha tocado el turno.
[–> [–>[–>La interlocutora quería resolver, a la carrera, después de un trienio, si la anciana estaba o no en condiciones de ir al centro de día (por lo privado y copago) en concierto entre el Principado y los ayuntamientos. Aquí todo acaba por lo privado.
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La actuación delegada de quienes son responsables, Consejería y concejalías de Derechos y Servicios Sociales, fue absolutamente depurativa, es decir, la técnico hace una anámnesis vía telefónica sin tan siquiera visitar a la anciana en la zona rural, donde vive después de criar a sus hijos, sus nietos, biznietos y atender su casa del pueblo.
[–>[–>[–>–¿Ella come sola? ¿Qué motricidad tiene? ¿Pero no son muchos años?
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Las preguntas a distancia llegaban como saetas buscando una diana: la renuncia. Eso parecía por la insistencia dubitativa de la técnico, sin verla personalmente en su casa. Al decirle a la interlocutora que se le daría respuesta en breve y marcar el teléfono interminable, dio como contestación «el teléfono marcado no existe». Una forma clara de demostrar quién protege a nuestros mayores y de qué forma lo hace.
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[–>Al pedirle a la técnico del centro privado que remita el mismo discurso por escrito para evitar esa insinuación de que la beneficiaria (su familia) renuncie al derecho que le asiste, es cuando confiesa: «La Consejería en diez días les remitirá el escrito de la plaza». Tela. Conclusión. La delegación a una entidad privada, por parte del Principado y los ayuntamientos para reducir listas de espera de dependencia, es el atrezo electoral que se avecina, un vísteme despacio que tengo prisa que lo están pagando nuestras mayores.
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Lo suyo es que Derechos Sociales comunique oficialmente que a la anciana de casi 100 años, por fin, le llega el turno para el centro de día, en su caso un derecho forjado tras cotizar cincuenta o más años por su trabajo. Desde una perspectiva meramente antropológica se deberían respetar todos los turnos habidos y por haber. Sin embargo, quienes han promovido «rejuvenecer» la envejecida sociedad asturiana (la vaciada también) no esperan tan siquiera que nos vayamos muriendo para orillar la asistencia que nos merecemos como ciudadanos, ya no solo como cotizantes.
[–>[–>[–>El ansia de sacar votos de debajo de las piedras traerá consigo sorpresas. Pero seguirá sin estar en absoluto claro cómo reducir las listas de espera de la dependencia en Asturias; que, por cierto, cada vez tienen más cola.
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