Saber
La pedantería y la vanidad nos llevan al postureo. Y es universal. No sé por qué se le aplica casi en exclusiva a la mujer, cuando los hombres somos tan vanidosos o más que ellas. Es una característica humana, aunque ahora se ha puesto de manifiesto que los simios también simulan. Fingimos que sabemos lo que no sabemos. Y como la ignorancia es atrevida, resulta fácil deslizarse al ridículo. Nos hinchamos como el sapo, y pensamos que hemos producido admiración con el zasca, lo que nos lleva a considerarnos por encima de los otros, a pontificar, aunque todo nuestro saber se reduzca, en el mejor de los casos, a la lectura de un artículo, un podcast en el gimnasio o simplemente por lo que hemos escuchado en la televisión o en la radio.
[–>[–>[–>Un apunte concreto: resulta curioso que los gobiernos, en cualquier esfera, se hayan bufado de patanes que apenas saben nada, pero que han medrado a la sombra de los partidos y del poder. Hoy todo el mundo sabe de todo: de medicina gracias al doctor Google; de calentamiento global o cambio climático. Ya dijo Aristóteles, allá por el siglo V antes de nuestra era, que la meteorología es una de las disciplinas no reducida -¿irreductible?- a la Física, pues se rige por un indeterminismo a prueba de bombas como es el caos.
[–> [–>[–>De dietética todo el mundo hace teorías, a veces desvariadas, cuando el sentido común nos dice que el hombre es un animal (y por tanto heterótrofo: come cadáveres) omnívoro al que conviene ingerir de todo en una combinación equilibrada de los distintos nutrientes, necesarios para el desarrollo y el mantenimiento de un buen estado de salud, en orden a los fines de la vida (racional): a su fin intelectual (actuar según razón) y moral (espiritual). Por eso, Aristóteles afirma la necesidad de la templanza y de la sobriedad, justo medio entre el exceso –la glotonería y la lujuria, que pueden ser signos de una disfunción– y el defecto –la insensibilidad para todo placer: anhedonia; que puede ser indicio de enfermedad–, de modo que su espíritu se desarrolle en un cuerpo limpio y robusto; y como animal social, comparte la comida con los demás, en la mesa -y no en el abrevadero y comedero, donde cada uno va a lo suyo, como hacen los animales-, en un rito social considerado por todas las culturas como el más importante con que se celebra y se vive la amistad humana tanto en la cotidianidad familiar como en momentos festivos.
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