En los zapatos de Trump
Es una expresión muy popular entre los angloparlantes: «Putting yourself in someone else’s shoes» (Ponerse en los zapatos de otro). Nosotros, los castellanoparlantes, lo simplificamos y lo dejamos en «ponerse en el lugar del otro». La metafórica alocución intenta manifestar la importancia de la empatía como forma ideal de relacionarse y entenderse entre los seres humanos.
[–>[–>[–>La pasada semana, el estrambótico presidente de los Estados Unidos nos ofreció algunos momentos desconcertantes, como es habitual en él. ¿Sobre la guerra en Oriente Medio? ¿Sobre su némesis español? ¿Sobre la persecución de los inmigrantes en su país? ¿Sobre Putin? Qué va. Sobre los zapatos, ese calzado indispensable en la cultura anglosajona para practicar la tan maltratada empatía. Ese calzado vive tiempos difíciles al ser sustituido mayoritariamente por los playeros, las bambas, las Adidas, las zapatillas de deporte, o como se le quiera llamar. Tampoco son buenos tiempos para la empatía, que es reemplazada por la ecpatía (antónimo de empatía, por lo que veo), por la indiferencia cuando no por la antipatía.
[–> [–>[–>A Trump la empatía parece traerle al pairo, pero con lo que sí está obsesionado es con los zapatos. En plena guerra contra Irán, el presidente no debía de tener mejor cosa en qué entretenerse y ha decidido mejorar el atuendo de sus funcionarios –traje azul de Brioni, camisa blanca y corbata de seda de colores llamativos, especialmente el rojo- con una nueva incorporación. Ha descubierto los Florsheim y está como niño con zapatos nuevos. Tal es su entusiasmo que, en vez de ponerse en los zapatos de los demás, lo que ha hecho es ponérselos a sus colaboradores masculinos más cercanos. Pese a su bien conocido descaro, no hay noticias de que haya decidido también calzar a las mujeres.
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No son unos zapatos cualquiera los elegidos por el presidente. En concreto, unos Florsheim modelo Oxford, de color negro, con horma clásica, que cuestan unos 150 dólares. La marca Florsheim, al parecer, es icónica en el proceloso mundo del calzado. Fue creada en Chicago a finales del siglo XIX y es símbolo de calidad -con materiales de primera-, elegancia, con detalles como sus característicos agujeritos -picado María- en la puntera, y el exclusivo sistema comfortech -plantillas acolchadas, suelas flexibles-, que mantiene descansados los pies, incluso durante largas jornadas de trabajo.
[–>[–>[–>La generosidad de Trump con sus colaboradores –secretarios, congresistas, directores generales…– ha dado lugar a algunas anécdotas curiosas. Así, hemos visto fotos, en las que se aprecia claramente que el presidente no ha calculado bien el tamaño de los pies de sus empleados. A unos les bailan dentro de los zapatos y a otros el pinrel constreñido está a punto de reventar las costuras. Pero a ver quién es el guapo que se atreve a no usar el regalo presidencial, pese a incomodidades y rozaduras, arriesgándose a la muy temida furia épica trumpiana.
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No es fácil ponerse en los zapatos de Trump. Por mucho que uno quiera empatizar con él, o, al menos, conocerlo un poco mejor, no hay manera. Es el espíritu de la contradicción. Resulta imposible seguirle, porque continuamente cambia de opinión. En un principio, nos dijo que la guerra sería corta –que está prácticamente acabada–, para corregirse un par de día después y admitir que será más larga de lo que pensaba.
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[–>No sólo eso. Ha puesto y quitado, subido y bajado tantas veces los aranceles que tiene loco el comercio mundial. Según los días, es el mayor enemigo de Putin o su mayor enemigo; hasta es capaz de comprarle petróleo en pleno embargo a Rusia por su invasión de Ucrania. Pasa con una facilidad pasmosa de tener a Elon Musk como hombre de confianza a denostarlo. Sin ir más lejos, ¿se acuerdan de aquellos 110.000 funcionarios a los que despidió el dueño de Tesla cuando era el favorito de la Casa Blanca? Pues Trump ha vuelto a readmitirlos. Como diría mi madre, «el que lo entienda que lo compre».
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