Sánchez, populismo y precios: no apaguen los faros – Santiago Calvo
El barril de Brent ha superado los 100 dólares y el menú de propuestas ya está sobre la mesa: escudos fiscales, reducciones del IVA, descuentos en combustible. En el momento de escribir estas líneas, el Gobierno de España aún no ha tomado ninguna decisión, pero varios Ministerios ya han propuesto soluciones de este tipo y Gobiernos de otros países europeos las están aplicando. La intención es comprensible. Pero vale la pena preguntarse qué sucede cuando, para proteger a los ciudadanos de un aumento de precios, eliminamos precisamente la señal que les permitiría adaptarse a él.
Los precios son el mecanismo más poderoso que tiene una economía de mercado para coordinar decisiones descentralizadas. Cuando el precio de la energía sube no se está produciendo una injusticia cósmica: está llegando información. El mercado nos dice que un recurso se ha vuelto más escaso, y esa señal se propaga a millones de agentes que, sin instrucción alguna, ajustan su comportamiento. El consumidor reduce el uso del coche, la empresa valora electrificar un proceso, el inversor opta por las renovables. Todo esto sucede sin un solo decreto.
Lo que hace un subsidio generalizado al combustible es apagar ese faro. La señal de escasez desaparece y los agentes siguen consumiendo como si nada hubiera cambiado. El Estado gasta recursos públicos para que la economía no se adapte al nuevo entorno. Y cuando la crisis pasa, el país se encuentra exactamente donde estaba antes, igual de vulnerable.
La historia ofrece un contraste revelador. Después del embargo petrolero de 1973, el precio del barril se cuadruplicó en pocos meses. No hubo escudos fiscales ni bonificaciones generalizadas. Lo que hubo fue dolor económico, sí, pero también una respuesta estructural formidable. Francia lanzó el Plan Messmer y en una década construyó un parque nuclear que hoy cubre alrededor de dos tercios de su generación eléctrica. Japón, un país sin recursos propios y totalmente dependiente de las importaciones, emprendió una transformación radical de su industria hacia la eficiencia energética. Los fabricantes de automóviles japoneses, obligados por los precios a producir vehículos más ligeros y eficientes, acabaron conquistando el mercado mundial. En ambos casos, la señal del precio funcionó exactamente como predice la teoría: dirigió los recursos hacia usos más productivos y aceleró la innovación.
Comparemos esto con la gestión europea tras la invasión de Ucrania. Los gobiernos desplegaron enormes paquetes de ayuda. En España, el primer plan movilizó más de 20.000 millones de euros. El subsidio al combustible acabó aumentando los márgenes de las distribuidoras y, cuando fue retirado, el país seguía siendo igual de dependiente del gas importado. No hubo Plan Messmer, no hubo revolución industrial. Hubo gastos y un regreso al punto de partida.
El problema de fondo es que hemos entrado en una espiral de expectativas. Cada crisis genera una demanda social de protección, los gobiernos responden con ayuda y el precedente refuerza la expectativa de que sucederá lo mismo la próxima vez. Los agentes económicos dejan de cubrirse del riesgo porque asumen que el Estado lo hará por ellos. Es el riesgo moral aplicado a la política energética.
Nada de esto significa que la política fiscal no desempeñe un papel. Lo tiene, pero debería centrarse en proteger a los hogares vulnerables y evitar la destrucción del tejido productivo en sectores cuya estructura de costes depende críticamente de la energía: transporte, pesca, industria electrointensiva. Eso es eficiente y justo. Lo que no es eficiente ni justo es subvencionar el diésel de todos para que nadie se dé cuenta de que la energía se ha encarecido.
España tiene una deuda pública superior al 100% del PIB y problemas estructurales sin resolverempezando por la vivienda. Cada euro gastado en un escudo fiscal genérico es un euro no invertido en abordar esos problemas. Y lo más irónico: al anestesiar la señal de los precios, retrasamos la transición energética que los propios Gobiernos dicen querer acelerar.
Los altos precios de la energía no son agradables. Pero son necesarios para que la economía avance en la dirección correcta.. No apagues las luces: son lo único que nos indica dónde están las rocas.
Puedes consultar la fuente de este artículo aquí