Saludos platenses
Suben muchos puntos en mi consideración los saludos y despedidas ingeniosos (o con voluntad tales) que me dispensan los conocidos y las amistades al verme paseante por el Muro o sedente en el Parque del Gas. Tanto suben los dichos como bajan en mi estima quienes emplean fórmulas manidas o neutras con el único fin y escondido fin de colocar el habitual rollo tsunami con sus miserias, que Dios se las quite pronto. En época de guasapeo muskiano, frunzo el ceño con los qué tal, holiholi, etc. Por eso me levanta la murria otoñal una gracieta como «qué bien adelgazas (o engordas), bribón», o «estás para entrar a vivir». Somos en España mucho de saludar. Pero mal. Enterramos muy bien, saludamos regulín. Me respinga un poco esa tan popular respuesta, ese: «Yo bien, ¿y vos?» Creo que en un futuro nos dejará tan avergonzados como aquellos «demasié tumach» o «demasié pal bodi» o «no te enrolles charlesbóyer» o «la cagaste burlancáster» o «incinérame el cilindrín», que inundaron nuestra adolescencia y primera juventud.
[–>[–>[–>Entre quienes escucho esforzarse en el bien saludar o responder, forman muchos platenses (consulté: naturales de la región del Río de la Plata, en América del Sur) que conozco. Bioy Casares, en los 90 del XX, en una cena ovetense levantó su copa y susurró «A los amigos de Asturias, que ya estoy extrañando». Qué hermoso ese «extrañando», ese sentir la falta de alguien así expresado. Hasta en broma responden tantos platenses. Recuerden el papelón (en el gran sentido de la palabra) que cumple Guillermo Francella en la magistral «El secreto de sus ojos», donde funge como oficial y telefonista de un juzgado porteño, en compañía de Soledad Villamil, de Ricardo Darín (he visto temblar a una dama solo con oír su nombre), bajo el mando de Mario Alarcón, un juez cuyos doce minutos de templadísimo cuasimonólogo −chaleco de paño fino incluido, (está en YouTube: «Cuando yo hablo, usted escucha mi voz, ¿cierto, Expósito?»)− debería memorizar todo dios. Ojo, claro, que al guion está Eduardo Sacheri, ojo, estamos hablando de primeras figuras. El chupatintas interpretado por Francella detesta currar; pero se quita de encima con gracia siniestra y disimulada a los pelmazos que lo telefonean para alguna gestión de su negociado que le haría laburar. Descuelga y despista: «Banco de semen, ¿dígame?» Cuelgan perplejos al otro lado, claro. O bien: «Comando táctico revolucionario. Ordene compañero». «Equivocado,» responde Francella quitándose así de encima al ciudadano que le haría mover papeles.
[–> [–>[–>Saludos irónicos platenses: Darín acude a un intempestivo levantamiento de cadáver y se encuentra con un colega bastante antipático. A la pregunta por su estado, Darín responde sarcástico: «Cansado de ser feliz». E insiste enseguida con cara agriada: «Como perro con dos colas», memorable frase que no paro de usar, con gran éxito.
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Una amiga mía me cuenta cómo tomó un taxi en Buenos Aires hace poco tiempo y lo que le contó el taxista. Radiaba el día, todo azul, hasta la gente sonreía. El hombre no encontraba la palabra precisa para sintetizar aquella explosión de la naturaleza. Politizado que era, dudó: «¡Señorita… señorita… ¿Ve? Hoy hace un día… ¡peronista!»
[–>[–>[–>Termino hoy. Con su suavidad, con su juego de doble sentido uruguayo, sin forzar la dicción, se sienta a mi vera en el Muro mi jubilado preferido, como de costumbre. Miramos la mar cantábrica. Noto que quiere transmitirme su bienestar, noto que quiere decirme que no se podría estar mejor que allí, cabe el mar. Querría decirme que era inmejorable aquella vista y aquel estado, que no se podría estar mejor, pues tal mutación acaso trajese un abismo difuso y peligroso. Tan largo era el mismo, que apretó, sintetizó, cerró los ojos y susurró: «Si mejorase, creo que me perjudicaría». Alguien que intuye que si mejorara su vida tan completa en ese instante, acaso le lleve el riesgo al desastre. Es filósofo y albañil. O al revés. O lo mismo.
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