Izquierda, derecha y guerra de Irán
Para aquellos provocadores que aseguran que tanto da Gobierno de derechas o izquierdas, la guerra de Irán evidencia que los paños calientes propuestos por unos y por otros no son iguales ni a la hora de valorar el conflicto ni en las recetas para enmendar sus efectos. La derecha defendió desde el primer momento la justificación del ataque estadounidense contra un régimen iraní detestable que había reprimido protestas internas con miles de muertos.
[–>[–>[–>Los ayatolás son emblema indiscutible de aquello que aquí y allá se considera abominable en términos de libertad ideológica y papel público de la mujer, por poner ejemplos. Frente a esta posición, la izquierda y el centro ideológico han condenado el ataque unilateral y transgresor del derecho internacional que supone la iniciativa del Estado genocida de Israel (por el precedente de Gaza) y de un atribulado presidente de EEUU, Donald Trump, que no duda en aplicar la extorsión para defender los intereses de su imperio. No se han obviado las críticas al régimen de los ayatolás por parte de la izquierda, pero ha pesado más aquello de que emprender guerras a estas alturas era algo inimaginable para la Europa más tolerante configurada el siglo pasado.
[–> [–>[–>Por si esos planteamientos no fueran suficientes para explicar diferencias entre izquierda y derecha, los remedios para enmendar el desaguisado montado en torno a la economía son también interesantes para dibujar la posición de cada cual en el espectro político. Para la derecha, lo primordial es rebajar impuestos para minimizar las subidas de precios. Para la izquierda de la izquierda del Gobierno, la receta adecuada es establecer topes de precios energéticos o de cualquier índole. La cuestión es que una rebaja de impuestos es para todo el mundo, al margen de su posición económica particular. Además, las empresas vinculadas a los sectores pueden sortear la situación. De hecho, las petroleras y las grandes empresas agrarias o de la distribución pueden incrementar sus beneficios estos días por las alzas de precios. La bajada de impuestos a los carburantes y liberar reservas estratégicas ha fomentado los acaparamientos y no soluciona la crisis a medio plazo.
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Por contra, topar precios implica que las empresas asuman también los costes de la situación, mientras que las rentas bajas logran limitar el impacto. Y la izquierda defiende fomentar la energía limpia como un pasaporte para minimizar riesgos energéticos en el futuro. Si la desastrosa Cuba hubiese invertido en aerogeneradores y placas solares podría haber superado la crisis energética letal derivada del bloqueo de las importaciones de crudo decretado por EEUU.
[–>[–>[–>Derechas e izquierdas difieren particularmente en qué peso tiene el Estado en la economía y qué reparto se hace de los recursos. Reducir impuestos permite una mayor concentración de la renta disponible con la esperanza de que aumente la inversión y la economía funcione mejor. Mantener impuestos altos permite al Estado la redistribución de la renta entre rentas más bajas o proyectos de inversión relevantes para la mejora de los servicios comunes.
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Ese es el abc esquemático y simplista de la política económica del que se derivan múltiples posibilidades de aplicación. Considerar que China es de izquierdas por tener un alto peso del Estado en la iniciativa económica es un error, dado que el estado del bienestar allí y la redistribución de rentas no es ejemplar precisamente. Es lo que podría llamarse un capitalismo de Estado o capitalismo planificado. Pero lo de EEUU, sin sanidad pública importante o servicios de movilidad públicos al nivel europeo, no es un ejemplo de liberalismo enteléquico. Tampoco las socialdemocracias del norte de Europa han logrado sociedades fabulosas, aunque quizá estuvieron a punto de lograrlo, con impuestos altos y un estado del bienestar potente.
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[–>Los ciudadanos en Europa tienen en su mano el voto para modelar la política de sus gobiernos cada cuatro años. Los ciudadanos chinos no tienen ese privilegio ni tampoco parece que lo demanden. El riesgo en estos momentos de derechización planetaria es que los ciudadanos crean que es mejor vivir en un mundo aparentemente más boyante y plácido, como el que promete Trump en Venezuela, que tener el privilegio de cambiar la cara de los gobernantes cada cuatro años y dar la oportunidad de aplicar nuevas recetas con cada problema que surja.
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La crisis del covid evidenció que la política económica basada en la inversión pública es capaz de minimizar situaciones complejas gracias a la deuda pública y las estrategias de reactivación coordinadas. En cambio, la crisis del 2008 y la subida desenfrenada de los tipos de interés desató una crisis financiera y social injustificable para preservar los intereses de las grandes empresas. Las tesis de la izquierda económica son actualmente las que mejor resultado dan, con el apoyo de todos y con voto cada cuatro años. Pero el efecto Trump puede ser catalizador de nuevas situaciones difíciles de encajar en modelos prefijados por premisas políticas o éticas. Nadar y guardar la ropa interior para salvaguardar el escaso honor geopolítico que queda es complejo, pero también es necesario establecer límites éticos a la barbarie.
[–>[–>[–>La prioridad ahora es proteger a la ciudadanía ante los desatinos vengan de donde vengan y rehacer la hoja de ruta si es necesario. Gobernantes e inversores se parecen más de lo que pudiera pensarse. La cartera de inversiones es mejor no tocarla en momentos de indecisión e incertidumbre máxima, pero si cambia el contexto suele ser mejor replantear estrategias.
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