Los amigos de Abascal
Los potenciales votantes de Vox que todavía esperan de Santiago Abascal una respuesta a los excesos del sanchismo deberían estar algo más atentos a la soltura con que se mueve entre los líderes que han hecho de la confrontación, el desprecio institucional y la cercanía con el autoritarismo una forma de gobierno. Cada gesto reciente del dirigente de Vox apunta a un entusiasmo creciente por vincular su proyecto político con figuras cuya reputación en el ámbito internacional dista mucho de ser ejemplar. La escena más reciente en la Asamblea Patriots no deja lugar a dudas. Allí, se deshizo en elogios hacia Viktor Orbán, convertido desde hace años en símbolo de la erosión democrática dentro de la Unión Europea. No es un detalle menor que diversos observadores comunitarios y medios internacionales hayan señalado reiteradamente las ambigüedades —cuando no connivencias— del mandatario húngaro con el Kremlin. Lejos de marcar distancias, el líder de la derecha nacionalista española, o ultraderecha, parece cómodo en ese terreno, como también lo está cuando reivindica su cercanía con Donald Trump. Y, al mismo tiempo, se alía con los compinches de Putin.
[–>[–>[–>Abascal, mientras fortalece sus lazos exteriores con los dirigentes más indeseables del planeta, ejecuta en casa el proceso inverso de estrechar el círculo y reducir la disidencia interna. Las voces críticas dentro de Vox han ido desapareciendo a golpe de depuración silenciosa, en un goteo constante que ya suma centenares de purgados. La consecuencia es un partido cada vez más homogéneo, pero también más rígido y menos permeable al debate. Así, el proyecto de Abascal avanza en dos direcciones complementarias: hacia fuera, abrazando alianzas que generan incomodidad en el contexto europeo; hacia dentro, eliminando cualquier atisbo de pluralidad.Y, por si fuera poco, con las cuentas del partido bajo sospecha. La situación se vuelve aún más comprometida para el Partido Popular en la búsqueda de ciertos acuerdos con semejante tropa.
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