Desconcierto calculado
El nombramiento de Carlos Cuerpo como vicepresidente primero no solo responde a una necesidad coyuntural derivada de la crisis de Gobierno, sino que refuerza una forma de ejercer el poder basada en el desconcierto calculado. Con él toma cuerpo, nunca mejor dicho, la teoría de lo imprevisible que puede llegar a ser Pedro Sánchez dentro de su terrible previsibilidad. Cuerpo no encaja en el molde clásico del dirigente político sanchista. Su perfil técnico, la ausencia de militancia socialista y su trayectoria marcada por la moderación lo sitúan en un terreno poco habitual para ocupar una posición de tanta relevancia. No es un ariete ideológico ni un agitador parlamentario. Más bien, representa una figura de gestión, de solvencia discreta, incluso de cierta ortodoxia económica que ha sido reconocida en sectores de la derecha. Hasta el punto de que Yolanda Díaz llegó a considerarlo «mala persona». Pero esto último no significa gran cosa dada la propensión de la vicepresidenta segunda del Gobierno a aparentar desacuerdos con quienes comparte gabinete y, al mismo tiempo, no despegarse del sillón ni con agua ardiendo.
[–>[–>[–>En la elección de un perfil como el de Cuerpo reside precisamente la jugada. Sánchez no busca necesariamente reforzar el frente político del Gobierno, sino introducir un elemento de equilibrio que descoloque tanto a aliados como a adversarios. La llegada del flamante vicepresidente primero tampoco parece diseñada para intensificar la confrontación con los opositores –para ello ya cuenta con Puente, Óscar López, otros ministros militantes y el resto de palmeros–, sino para enviar un mensaje de estabilidad y competencia técnica en un momento de incertidumbre. La decisión abre, no obstante, nuevos interrogantes. ¿Es sostenible un liderazgo que se apoya en movimientos difíciles de anticipar incluso para los propios? ¿Refuerza esta apuesta la credibilidad del Ejecutivo o, por el contrario, alimenta la sensación de estar improvisando permanentemente? Es, una vez más, el alambre el que mantiene al funambulista sobre el vacío.
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