El hijo que escribió de su madre
«¡Mamá ya no nos quiere!»
La esposa de Ling era frágil como una caña, infantil como la leche, dulce como la saliva, salada como las lágrimas. Después de la boda, los padres de Ling llevaron su discreción hasta el punto de morir.
M. Youcenar
cuentos orientales
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El librero amigo, profesional de muchas lecturas, humildad de persona, corazón blando y amante de lo pequeño –a su comercio rotuló con el distintivo «Librería de Bolsillo», acaso por ello él se llama Valentín–, me mostró hace un mes dos libros; de uno escribiré a continuación y el otro lo dejaré para más tarde. El libro de ahora, de título extraño, «Koljós», más extraño en catalán que lo llaman «Kolkhoz», que va a ser muy premiado, pues de ello se encarga su editora Anagrama, lleva la fotografía del rostro del autor en la contraportada, con parecido a los esteparios mongoles, más conocidos después del viaje del novelista Cercas a Mongolia, al cual acompañó, muy en segundo nivel, el papa Francisco.
[–>[–>[–>La madre del autor, nacida en París, se llamó Hélène Zurabishvili, hablaba solo ruso, ni el georgiano ni el francés. Era hija de rusa, Nathalie von Pelken, y de bigotudo georgiano, Georges Zurabishvili, terminando ambos, Nathalie y Georges, pobres y apátridas en Francia, ella haciendo de secretaria plurilingüe y él de taxista, por causa de un decreto de la URSS, en 1922, que les privó de sus bienes y de la nacionalidad rusa por haber escapado de la Revolución Bolchevique de 1917.
[–> [–>[–>Al librero amigo, Valentín, dije que el autor no me interesaba, no obstante ser escritor de obediencia gramatical, que son mis preferidos. Me interesó su madre, Hélène Carrère d’Encausse, de apellido en parte usurpado a su esposo, a la que seguí con interés desde los años noventa del pasado siglo, por ser la tercera mujer en ingresar en la Academia francesa el 28 de noviembre de 1990 y ser nombrada el 21 de octubre de 1999, según gustaba decir, secretario perpetuo de la misma. Su Discurso de recepción fue publicado por la editorial Fayard (1992) en forma de libro, en el que, entre otras cosas, dijo: «Acogiéndome, señores, en vuestra compañía, que el ilustre fundador quiso lugar de memoria y de defensa de la cultura francesa…».
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Seguí con interés las peripecias y maniobras que tuvo que hacer el académico Jean d’Ormesson, a finales de los años setenta del pasado siglo, para conseguir que en 1980 la Academia francesa –calificada de «club de misóginos»–- nombrara por primera vez a una mujer, Marguerite Yourcenar. La segunda mujer en ingresar fue Jacqueline de Romilly, poco conocida en España, habiendo sido una helenista excepcional, con obras inmortales como «Une certaine idée de la Grèce», la cual, la Romilly, contestando a la pregunta de Alexandre Grandazzi de si tuvo la vida que deseó, respondió a su vez preguntando: «¿Haber sido judía durante la Ocupación, terminar sola, casi ciega, sin hijos y sin familia, es verdaderamente sensacional?».
[–>[–>[–>Y llegué a Héléne Carrère, sovietóloga, la tercera mujer en La Coupole y madre del autor de Koljós, Emmanuel Carrère (París 1957), gracias a la excelencia de las dos mujeres que la precedieron, leyendo a las tres con fruición, o sea, con el mismo disfrute que me dan los frutos como las cerezas o las manzanas. En el año 2018, el autor, el hijo, de manera solemne, proclamó: «Cuando se escribe sobre uno mismo, controla completamente la escritura. No hay que ser muy valiente para hacer una autobiografía. Es mucho más complicado escribir sobre otros. Ahí se plantean ciertos problemas morales». El libro «Koljós» es autobiografía y biografía de otros, y «otros» que por ser mucho de madre y menos de padre (historias familiares), plantean problemas psicológicos y morales complicados. Leo en la página 156: «La sexualidad de los padres es una cuestión que incomoda».
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El autor de «Koljós» facilita que los lectores y lectoras se adentren en lo psíquico de todos ellos, de los familiares, en su cordura y locura, y en sus complejos recordando a Freud. En una de las últimas entrevistas, la realizada a Emmanuel Carrère, publicada por LA NUEVA ESPAÑA el domingo, 8 de marzo de este mismo año, dijo: «Mi libro es un retrato de mi madre atravesado por la admiración y el amor». Eso es, en verdad, el libro: una directa, que no atravesada, declaración de amor a la madre, desesperado el autor más que su padre, engañado aquél al descubrir que su madre tenía un amante.
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[–>Vayamos por partes:
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1º.- El discurso de Macron en el patio de honor de los Inválidos:
[–>[–>[–>Así comienza el libro: «El de octubre de 2023, cincuenta y tres días después de su muerte, la nación rinde homenaje a nuestra madre (dos hijas más) en el patio de honor de los Inválidos (París)». Y en ese homenaje, «el Presidente de la República –cuenta el autor en la página 10– lee un discurso que lo ha escrito un negro, como suele decirse», volviendo a lo del negro en la página 273. Después de haber visto un par de veces el vídeo del homenaje (YouTube), oído el discurso de Macron y leído el libro («Koljós»), creo que el negro fue el mismo autor del libro, o el principal en caso de pluralidad de negros: es decir el hijo de la muerta. El no confesar eso va contra aquéllos y aquéllas que consideraron a Carrère de «brutal sinceridad».
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Lo atribuido por su madre a Macron, elevado a ejemplo de que «un hombre bien educado no suda nunca», lo de «nunca» es muy rico en consecuencias. Pregunto: ¿las mujeres bien educadas sudan o no sudan? Y contó el atleta Macron una cosa que de estar allí Hélène insepulta hubiere hasta gemido: en referencia al abuelo del escritor y padre de su madre, el georgiano Georges Zurabishvili, Macron dijo: «Desgracia del padre en la tormenta de la colaboración». A esa condición de colaboracionista con los nazis invasores de Francia del abuelo y padre, Georges, hay reiteradas referencias en el libro, que, por haberlo contado antes el nieto Emmanuel en un libro, «La novela rusa», su madre se puso colérica con el habitual colorete femenino. Y es que, en la página 35 se cuenta que la académica «maquillaba» hasta el currículo de su padre.
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2º.- Resulta que el hijo sufre trastorno bipolar y que su madre es una matriarca:
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Lo de ser bipolar, antes maníaco-depresivo, lo cuenta en «Koljós», en la página 69 y siguiente, dando el dato positivo de que «en mi caso, el litio funciona bastante bien» y consolándose de que las peligrosas fluctuaciones de humor le hayan servido como instrumento de conocimiento. Me dio pena al saber que pasó el autor treinta años en los divanes de los psicoanalistas. ¡Con lo que cuesta eso! Al parecer, según el mismo contó, hubo antecedentes familiares acerca de grandes subidas y bajadas de humores. El tan mencionado Georges también fue bipolar y un completo infeliz, no obstante estar tan muy bien casado con la rusa Nathalie, arruinada, aunque con apellido alemán (Von Pelken) y haber sido educada en Florencia. En la página 99 cuenta Emmanuel Carrère que su tío Nicolás, hermano de su madre, era también un depresivo profundo. Y lo de la bipolaridad confesada es interesante para comprender varias cosas raras.
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Interesante también es saber que Hélène Carrère, apátrida al principio, hasta conseguir la nacionalidad francesa, fue considerada una matriarca. Parece que está ya muy estudiado el terrible efecto del patriarcado sobre las mujeres, estando mucho menos estudiado el efecto terrible del matriarcado sobre los hombres, pero en esto tan crucial no me puedo detener ahora. Sólo diré que morrocotuda hembra debió ser Hélène Carrère para dejar de ser una apátrida pobre y ascender «hasta la cúspide de la sociedad francesa». Los rasgos matriarcales también están en la familia, pues se cuenta en el libro, página 63, que la suegra de Nathalie y madre de Georges, padre de Hélène, la georgiana Nino Zurabishvili, fue una feminista intransigente y matriarca, que son dos cosas diferentes. Lo del matriarcado es también interesante para comprender los padecimientos de un hijo.
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Muchas cuestiones o partes quedan por contar del libro «Koljós», por ejemplo, acerca del padre o viudo Luis, de la foto de Hélène con el emérito español en París, meses antes de morir ella, ya con abdomen hinchado por el líquido podre de la ascitis cancerosa; de lo de Rusia, y de la fascinación de los rusos por lo italiano, no pareciéndome casual que un Rialto tan veneciano, aunque sea de Oviedo, se haya especializado en eso que llaman «las moscovitas», de tanto negocio. Habré de explicar también cuál fue el segundo libro mostrado por el librero amigo, humildad de persona.
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