La salud cardiovascular en la mujer exige un cambio de modelo clínico, social e institucional




Las enfermedades cardiovasculares siguen siendo la primera causa de mortalidad en mujeres en España y en Europa. Su abordaje se ha pensado, estudiado y gestionado históricamente desde un patrón masculino, sin integrar de forma suficiente las diferencias biológicas, sociales y asistenciales que condicionan la enfermedad … en las mujeres. Aunque la enfermedad cardiovascular es más frecuente en hombres, las mujeres presentan mayor mortalidad, llegan más tarde al diagnóstico, tienen factores de riesgo poco reconocidos y están infrarrepresentadas en ensayos clínicos, lo que limita el conocimiento y los tratamientos.
Este debate cobra especial relevancia en el contexto europeo, donde el Plan Safe Hearts sitúa la salud cardiovascular de la mujer como eje transversal. En España, la Estrategia de Salud Cardiovascular del Sistema Nacional de Salud (ESCAV) busca reforzar la prevención y mejorar la atención. En un escenario de mayor esperanza de vida, la salud cardiovascular femenina es clave para garantizar no solo más años, sino mejor calidad de vida.
Este problema ha permanecido durante demasiado tiempo fuera del debate público, de la atención sanitaria y de las prioridades de investigación, señaló Raquel Coca, Head de Especialidades de Daiichi Sankyo, durante el Encuentro Salud Cardiovascular en la mujer: prioridades compartidas en el marco europeo, organizado por ABC y Mujer Hoy, con la colaboración de Daiichi Sankyo. Coca recordó que muchas mujeres desconocen que determinados momentos de su vida, como embarazos complicados, tratamientos de fertilidad, menopausia o hipercolesterolemia, pueden incrementar su riesgo cardiovascular futuro. En este contexto, situó la magnitud del problema con una cifra contundente: «cada ocho minutos muere una mujer en España por enfermedad cardiovascular».
Este desconocimiento, difícil de justificar a estas alturas, es, según la Dra. Milagros Pedreira, coordinadora del Grupo de Mujeres de la Sociedad Española de Cardiología, una de las causas principales de esta situación. Pedreira recordó que ya una portada de la revista Time en 2003 advertía de que la principal causa de muerte de las mujeres era la enfermedad cardiovascular. Sin embargo, más de dos décadas después, la percepción social sigue sin corresponderse con la realidad clínica. «Si no se sabe, si no se percibe, no se va a actuar», advirtió.
En este escenario, la necesidad de hacer llegar la información a las mujeres sitúa a la atención primaria en un papel central. «¿A dónde va primero la paciente?», planteó la Dra. Angélica Laurín, especialista en Medicina Familiar y Comunitaria y coordinadora del Grupo de Trabajo Cardiovascular de SoCaMFyC. «Somos quienes hacemos ese abordaje longitudinal y conocemos a las mujeres a lo largo de toda su vida», señaló, subrayando la posición estratégica de este nivel asistencial para la prevención y la detección precoz.
Laurín insistió en que buena parte de la prevención se juega en ese ámbito. «Sabemos que el 80% de las enfermedades cardiovasculares se pueden prevenir controlando estrictamente los factores de riesgo». Sin embargo, advirtió de que los factores específicos de la mujer, como los obstétricos o hormonales, siguen sin integrarse adecuadamente en las herramientas clásicas de valoración del riesgo, lo que contribuye a una infravaloración sistemática.
En este sentido, la historia reproductiva de la mujer emerge como un componente decisivo del riesgo cardiovascular. A juicio de la Dra. María Goya, ginecóloga del Hospital Vall d’Hebron de Barcelona, uno de los grandes fallos del sistema es que muchos de estos antecedentes no se recogen ni se trasladan adecuadamente en el circuito asistencial. Complicaciones del embarazo, como la hipertensión o la diabetes gestacional, así como el parto prematuro, dejan una huella biológica que puede manifestarse años después en forma de enfermedad cardiovascular.
Además, las mujeres presentan con mayor frecuencia enfermedades autoinmunes, y la menopausia precoz antes de los 40 años multiplica entre dos y tres veces el riesgo cardiovascular. Sin embargo, estos factores apenas se reflejan en la historia clínica. «Esa es la mirada de género que tenemos que conseguir», reclamó Goya, insistiendo en la necesidad de incorporar estos elementos en la práctica clínica habitual.
Para la Dra. Leticia Fernández-Friera, socia fundadora de ATRIA Clinic y directora del Servicio de Cardiología de HM Hospitales (CIEC), es fundamental avanzar en la educación de la población. En su opinión, la respuesta debe ser colectiva y multidisciplinar, implicando a profesionales sanitarios, instituciones, medios de comunicación, empresas y responsables públicos.
Uno de los condicionantes más relevantes de la actual situación es el retraso diagnóstico. Pedreira subrayó que no se trata de una impresión aislada, sino de un patrón reiterado en registros nacionales e internacionales. Este retraso tiene consecuencias directas: mayor daño cardíaco, más secuelas y una mortalidad superior. «La mortalidad por infarto en la mujer es el doble que en el hombre», recordó.
Pero el problema no es solo que las mujeres lleguen más tarde al sistema sanitario, sino que también tardan más en ser identificadas correctamente. La Dra. Carmen Suárez, Presidenta de la Asociación Madrileña de Riesgo y Enfermedad Vascular (AMAREVA), jefa del Servicio de Medicina Interna del Hospital Universitario La Princesa, explicó que este retraso responde a tres fases: la infravaloración de los síntomas, la demora en buscar atención y la mayor dificultad para interpretar clínicamente una sintomatología más compleja.
«Las mujeres priorizan el cuidado de los demás y dejan para después su propio malestar», explicó Suárez. Y cuando finalmente consultan, la descripción de los síntomas suele ser más amplia y menos específica, lo que puede dificultar el diagnóstico. Por ello, las expertas abogaron por desmontar ciertos estereotipos clínicos.
Aunque en la mayoría de los casos sí existe dolor torácico, las mujeres presentan con mayor frecuencia otros síntomas, como dolor mandibular, fatiga o disnea, y suelen relatar el cuadro con más detalle. Fernández-Friera advirtió que la forma de expresar los síntomas «no debe reducir la sospecha diagnóstica» y defendió la importancia de apoyarse en pruebas como el electrocardiograma o las técnicas de imagen.
Además, el diagnóstico debe incorporar variables ligadas a la experiencia vital de las mujeres, como la violencia de género, la sobrecarga de cuidados, el estrés crónico o las situaciones de vulnerabilidad socioeconómica. Laurín propuso analizar el riesgo cardiovascular femenino desde tres dimensiones: factores clásicos, factores específicos ligados al sexo y la biografía reproductiva, y factores psicosociales.
En cuanto a la edad, Goya insistió en que no existe un umbral fijo, sino que debe atenderse a la trayectoria vital de cada mujer. «Depende de los antecedentes reproductivos», explicó. Así, si se ha producido un evento adverso durante el embarazo, el seguimiento cardiovascular debería comenzar desde el primer año posparto.
Respecto a la menopausia, Goya lamentó que durante años la profesión médica haya contribuido a generar miedo y desinformación en torno a este periodo. «Los médicos no hemos ayudado en nada en la menopausia», reconoció.
En la actualidad, no existe una prueba única que permita evaluar el riesgo cardiovascular en la mujer, por lo que se requiere una valoración personalizada que integre factores clínicos, reproductivos y antecedentes. En este contexto, se destacó el papel creciente de la ecografía en atención primaria, especialmente la carotídea y femoral, como herramienta útil para detectar placas y mejorar la adherencia a los cambios de estilo de vida. «Cuando les enseñas que sus arterias son como si tuvieran 80 años porque ya hay placas, consigues que dejen de fumar o que hagan ejercicio», señaló Fernández-Friera.
En cuanto al sesgo terapéutico, Pedreira advirtió que a las mujeres «se las trata menos, con menor intensidad y con menos combinaciones». Además, recordó que «el tiempo de exposición al colesterol alto es tiempo de daño vascular». A ello se suma la baja representación de mujeres en estudios cardiovasculares, lo que limita el conocimiento sobre los efectos de los tratamientos. Por ello, defendió que la paridad en la investigación no debería ser una recomendación, sino una obligación.
Para avanzar, las expertas coincidieron en la necesidad de cambiar el enfoque, reforzar la formación, mejorar la prevención desde la atención primaria, impulsar la investigación y, sobre todo, pasar de la evidencia a la acción para reducir la brecha existente.
La voz de los pacientes
Pero más allá de los datos clínicos y las estrategias sanitarias, existe otro elemento clave: la voz de las pacientes. Amaya Sáez, directora de la Fundación Menudos Corazones y representante de Cardioalianza, puso nombre a este problema: invisibilidad. «Como mujeres no somos conscientes de esa vulnerabilidad», afirmó. Además, destacó que muchas de las mujeres que llegan a las asociaciones lo hacen como cuidadoras y no como pacientes.
Suárez insistió en que no basta con entender las diferencias biológicas, sino que es imprescindible incorporar la dimensión social. Por ello, defendió estrategias proactivas: «La mujer no puede demandar si no conoce el problema. El sistema tiene que buscarlas».
Sáez subrayó la importancia de la formación como herramienta de empoderamiento: «Para empoderar a la mujer hay que informarla». Y añadió que también es necesario mejorar la información dirigida a los profesionales sanitarios. «Tenemos que mejorar la información, y los sistemas sanitarios son responsables de ello». Asimismo, Sáez reclamó alianzas entre profesionales, asociaciones de pacientes, administraciones públicas y medios de comunicación: «Necesitamos apoyos en todas partes».
En paralelo al análisis clínico, las instituciones están empezando a perfilar respuestas más estructuradas. Begoña Comendador, directora general de Salud Pública de la Conselleria de Sanidad de la Generalitat Valenciana, reconoció que durante años la investigación y la práctica clínica se han basado en un modelo masculino. Por ello, defendió la necesidad de mejorar los sistemas de información: «sin datos fiables y válidos no será posible diseñar buenos programas de futuro».
Comendador apostó por registros desagregados por sexo, edad y determinantes sociales, tanto en atención primaria como en el ámbito hospitalario, como base para diseñar políticas más eficaces y ajustadas a la realidad.
Género y equidad
En la misma línea, Mª del Rosario Fernández García, subdirectora general de Calidad Asistencial del Ministerio de Sanidad, insistió en que el reto pasa por incorporar la perspectiva de género de forma transversal. No solo en la investigación, sino también en los protocolos, las guías clínicas y la organización del sistema sanitario. Subrayó que este enfoque ya está integrado en la ESCAV, con un eje específico de género y equidad.
Fernández García puso especial énfasis en la necesidad de medir. Contar con indicadores desagregados permite identificar brechas en el acceso, los procedimientos, la investigación y los resultados. «La clave es que esas estrategias no se queden en los cajones y puedan implementarse con eficacia», señaló.
Elena Andradas, directora general de Salud Pública de la Comunidad de Madrid, profundizó en el papel de los datos desde la experiencia autonómica. Explicó que la monitorización de factores de riesgo permite no solo comparar diferencias entre hombres y mujeres, sino también analizar variables sociales como el nivel educativo o la situación laboral. No obstante, advirtió que en el caso de las mujeres es imprescindible incorporar factores propios del ciclo vital femenino.
Desde la esfera europea, Elena Nevado del Campo, eurodiputada por el Partido Popular, señaló que parte del problema radica en la ausencia histórica de mujeres en los estudios: «no hemos estado». En su opinión, el reto actual no es solo diagnosticar la brecha, sino implementar soluciones, prestando especial atención a la equidad territorial y social.
Desde su experiencia en la Comisión de Salud del Parlamento Europeo, señaló que el papel de la mujer en salud cardiovascular ha ido ganando espacio en el debate europeo, y buen ejemplo de ello es la inclusión de ese sesgo femenino en el Plan Europeo de Salud Cardiovascular Safe Hearts.
En su opinión, el problema ya no es tanto la falta de diagnóstico como la falta de implementación. En ese punto, puso especial énfasis en la equidad territorial y social, recordando que no es lo mismo vivir en un entorno rural que urbano, ni pertenecer a una comunidad autónoma con más o menos recursos, ni compartir el mismo nivel socioeconómico. «Esa desigualdad también debe formar parte de la respuesta».
En este sentido, Yolanda Márquez Polo, directora general de Salud Pública de la Consejería de Salud y Servicios Sociales de Extremadura, afirmó que en una comunidad tan marcadamente rural como Extremadura el papel de los centros de salud y de los profesionales es decisivo, no solo en la asistencia, sino también en la formación de pacientes y ciudadanía. Señaló también la utilidad creciente de las redes sociales para trasladar mensajes sencillos y directos sobre salud cardiovascular cuando están bien dirigidos desde una institución pública y con profesionales solventes detrás.
Nevado, además, destacó la importancia de la financiación para planes como el Safe Hearts y puso el foco en las oportunidades que ofrece la financiación europea. Asimismo, señaló proyectos como Caramel o Jacardi, en los que la mujer ocupa un lugar central, y destacó el potencial del Espacio Europeo de Datos Sanitarios para mejorar la prevención y el diagnóstico precoz.
El envejecimiento de la población y la cronificación de la enfermedad cardiovascular también forman parte del desafío. Fernández García subrayó que «el objetivo no puede ser solo vivir más, sino vivir esos años con calidad», lo que requiere una atención integral a lo largo de todo el ciclo vital.
En esta línea, Andradas defendió reforzar las políticas públicas desde la infancia hasta la edad adulta, incluyendo estrategias de cribado a partir de los 50 años.
Comendador destacó iniciativas como XarxaSalut, una red que integra a cerca de 300 municipios en políticas de salud comunitaria, y el proyecto Climaterio y Salud Cardiovascular, en expansión y reconocido como buena práctica.
Como síntesis, Fernández García señaló tres pilares fundamentales: formación, detección precoz y coordinación. Márquez Polo reivindicó el papel de la atención primaria y la salud comunitaria, mientras que Nevado insistió en situar al paciente en el centro del sistema.
El objetivo final es claro: mejorar la prevención hasta cambiar las cifras y avanzar hacia un modelo más equitativo. O, como se resumió durante la jornada, «hacer visible lo invisible».
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