Así está el país
La política española parece instalada en una lógica de supervivencia más que de proyecto. Como no les une el cariño, les une el espanto. Esa sentencia resume alianzas construidas no desde una visión compartida del país, sino desde el miedo a perder poder, relevancia o protección. No hay afecto cívico ni propósito común; hay cálculo defensivo. Para la izquierda, el espanto suma tres letras: Vox. Y viceversa: la extrema derecha demoniza todo lo que se sitúa a un centímetro de sí misma. O conmigo, o contra mí: o viene el coco o asoma el sindicato de hombres del saco.
[–>[–>[–>Se confía en que los conflictos se desgasten solos, en que la erosión del tiempo anestesie la desafección. Pero el tiempo, lejos de curarlo todo, todo lo traiciona: se ha impuesto una forma de hacer política que desdibuja los principios, que normaliza lo excepcional y convierte lo provisional en definitivo.
[–> [–>[–>Todo, a la vista de una ciudadanía exhausta, sometida a la evidencia de que una nación de borregos acaba engendrando un gobierno de lobos. La frase no desnuda solo a los gobernantes, sino a una sociedad civil cada vez más resignada o distraída, que delega sin exigir, consume consignas en lugar de ideas y confunde ruido con participación.
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En un momento en que la mayoría ha sustituido lo real por lo virtual, la comunicación interpersonal por la soledad online y el cuerpo por el avatar, la política se ha adaptado evolutivamente a ese sorprendente ecosistema: más gesto que contenido, más relato que verdad. España no atraviesa solo una crisis política, sino también una crisis de atención, de vínculo y de proyecto compartido.
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