No era tan simple
Construimos el mundo sin comprenderlo del todo, como quien arma un mueble de Ikea, siguiendo las explicaciones marcianas del prospecto. Vivimos rodeados de objetos, normas, palabras y sistemas que utilizamos con una familiaridad inquietante. Sabemos abrir puertas, encender pantallas, obedecer señales, amar, trabajar, votar, consumir, vestirnos. Todo funciona más o menos y esa funcionalidad nos tranquiliza. Pero funcionar no es comprender. Es una costumbre practicada. Somos parte de estructuras sociales o laborales cuyo significado profundo se nos escapa. Decimos “yo” sin saber exactamente qué indica ese pronombre. Hablamos del tiempo como si fuera algo que se gasta, se pierde o se ahorra, sin entender qué pasa mientras lo medimos o modificamos con relojes de precisión. Llamamos realidad a un acuerdo tácito entre percepciones frágiles e historias heredadas. Aun así, sobre esa base cambiante construimos ciudades, ideologías, familias, expectativas, himnos. La ciencia explica mucho de muy poco. Y cuando explica, lo hace a costa de abrir nuevas zonas de sombra. La técnica resuelve problemas inmediatos y crea otros más lentos y difíciles de nombrar. La moral ordena conductas sin aclarar del todo por qué algunas son válidas y otras no. Vivimos en un mundo lleno de respuestas operativas y casi vacío de significado compartido. Quizás por eso lo llenamos de ruido. Para comprenderlo sería necesario detenerse, y detenerse es un lujo sospechoso. Avanzamos. Ajustamos piezas. Parchamos grietas. Nos adaptamos, de todos modos. Nos adaptamos.
Puedes consultar la fuente de este artículo aquí