Fobias
Raro es el momento en el que uno puede descansar de la tecnología. En mi ascensor, sin ir más lejos, han instalado hace poco una de esas pantallas digitales informativas –similares a las que hay en los autobuses– que te impiden caer en la tentación de socializar hablando con el vecino del quinto del clima o de la última derrama. Y así, gracias a esa pantalla que te da la hora y la previsión del clima para los próximos días, me he enterado de que la triscaidecafobia es el temor irracional hacia el número 13.
[–>[–>[–>No sé en qué puede ayudarme conocer semejante palabro, más allá de constatar que no hay una sola fobia –¡y las hay a centenares!– que carezca de una denominación específica. Repasando: la amaxofobia es el miedo a conducir; la trypanofobia, el miedo a las agujas; la hafefobia, el miedo a ser tocado; la nomofobia, el miedo a quedarse sin móvil o sin conexión; la coulrofobia, el miedo a los payasos, etcétera.
[–> [–>[–>La mente humana es compleja e inasible, capaz de crear poderosos mecanismos de autodefensa. Me pregunto si el miedo a tantas chorradas no será una forma como otra cualquiera de esconder el recelo a asuntos de mayor calado, como el miedo a no ser amado, a perder el trabajo o a que una pandemia o una guerra como la de Irán nos mande a todos al carajo.
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De otra forma no se entiende que a uno le preocupe el miedo a los gatos (ailurofobia) o a las muñecas de porcelana (pediofobia) más que problemas constatables que podrían amargarnos la vida. El miedo es libre, ya lo sabemos, y, además, cuida la viña, amén, pero incluso en asuntos de fobias hay gente que nos resulta difícil de comprender, esos que se preocupan por lo nimio y viven ajeno a los grandes problemas: el deterioro de la salud o la vivienda, la inestabilidad geopolítica, la soledad no deseada…
[–>[–>[–>Preocuparse por nimiedades quizá sea la solución para amordazar la conciencia ante los muchos peligros reales que nos asedian día a día.
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