Cuidar a quien no te recuerda, la cruzada de Mariló: «Es como si ya no estuviera, pero está»
Cuando una ve llegar de la mano a Mariló y a Ramón —dos cuerpos que aún conservan la memoria física de lo que fueron: atléticos, erguidos, elegantes en el gesto— lo primero que percibe es una historia larga. De esas que no se improvisan. De las que se cuecen a fuego lento hasta hacerse hogar. Él titubea. Ella sostiene. Y entre ambos, invisible pero presente, camina también la enfermedad.
[–>[–>[–>—¿Dónde está el coche? —pregunta él.
[–> [–>[–>—En el garaje —responde ella, sin dudar.
[–>[–>[–>
No hay garaje. Ni coche. Ni conducción posible desde hace años. Pero la respuesta no busca la verdad; busca la calma. Después entenderé que esas pequeñas ficciones —las llamadas mentiras terapéuticas— son el último idioma posible cuando la realidad hiere más de lo que alivia. Porque cada verdad, en el alzhéimer, es una pérdida que se repite. Cada explicación, un duelo que vuelve a empezar. Ramón Incera, de 79 años (Moncho para los suyos) fue campeón absoluto de España de lucha grecorromana a finales de los años 60. También jugó al fútbol. También recorrió media España como comercial de relojería. Siempre impecable, siempre preciso. Como un reloj. Era, según recuerda su mujer, «sumamente metódico». De esos hombres que podían indicarte por teléfono en qué cajón exacto estaba un papel.
[–>[–>[–>Hoy, en cambio, se detiene al decir su propio nombre completo.
[–>[–>[–>
—Ramón… Incera… —y el apellido final se le escapa, se deshace, se diluye en un esfuerzo inútil.
[–>[–>
[–>Pero si alguien tararea un bolero, si suena una antigua guitarra, entonces ocurre el milagro: las canciones de ‘Los Panchos’ siguen intactas. Las canta enteras. Como si en algún rincón de la memoria —ese territorio caprichoso— aún resistiera una parte de sí mismo.
[–>[–>[–>
Mariló Filgueira tiene 76 años. Lleva más de medio siglo junto a él: 54 años de matrimonio y tres de noviazgo. Se conocieron en Madrid, en unos campeonatos deportivos marcados por la España de la dictadura. Él competía en lucha. Ella, en atletismo. Se miraron, se entendieron, y empezaron algo que (sin saberlo) sería definitivo.
[–>[–>[–>«Qué penita, me casé con 21 años», bromea ella todavía. Es una vieja broma, compartida durante décadas con amigos que aún siguen viniendo a casa los viernes, como si nada hubiera cambiado. Pero ha cambiado todo.
[–>[–>[–>
El diagnóstico llegó hace cuatro años, aunque la enfermedad ya llevaba tiempo abriéndose paso en silencio. Primero fueron pequeños despistes. Después, errores al conducir. Salidas equivocadas de la autopista. Finalmente, la certeza.
[–>[–>[–>
—¿Te acuerdas del día del diagnóstico? —le pregunto.
[–>[–>[–>
—Sí. Pero él ya no estaba —responde.
[–>[–>[–>
Y pienso que ese es el punto exacto que describe mejor el alzhéimer: el momento en que el cuerpo permanece, pero la persona empieza a ausentarse.
[–>[–>[–>
La vida de Mariló es ahora una vigilancia constante. Cuidadora 24 horas, siete días a la semana. Una rutina hecha de gestos mínimos y decisiones invisibles: cómo darle de comer, cómo vestirlo sin anularlo, cómo responder a las mismas preguntas una y otra vez.
[–>[–>[–>
—¿Dónde están mis padres? —pregunta él.
[–>[–>[–>
Murieron hace años. Pero decirlo implica que él vuelva a enterarse de su muerte. Y a sufrirla. Y a olvidarla. Y a preguntarlo de nuevo.
[–>[–>[–>
—Están en Santander —responde ahora ella.
[–>[–>[–>
Y él asiente. Tranquilo.
[–>[–>[–>
La mentira, en este contexto, no es engaño. Es cuidado.
[–>[–>[–>
Hay escenas que condensan toda la enfermedad. La comida, por ejemplo. Ramón puede tener hambre, pero no sabe qué hacer con una cuchara. No reconoce el gesto. No identifica el proceso. Entonces Mariló inicia un pequeño teatro cotidiano:
[–>[–>[–>
—Mira qué rico está… —le dice, llevándose ella primero la comida a la boca.
[–>[–>[–>
A veces funciona. A veces no. El kétchup es un nuevo ingrediente en sus vidas. Con un destello en la mirada, Mariló reconoce aún con pesar que ese sabor a veces hace la magia. Aún así, hay días en los que él se niega a probar bocado. Le dice, incluso, que quiere matarlo. Es una frase habitual en la enfermedad. Una más de tantas que duelen, aunque se sepa que no son suyas.
[–>[–>[–>
Por la tarde llega otro momento crítico. El cansancio mental lo desorienta. No reconoce la casa. Quiere «volver».
[–>[–>[–>
—Esta no es mi casa. Vámonos.
[–>[–>[–>
Entonces ella sale con él, da una vuelta a la manzana, cambia el escenario. Y regresa. Como si engañara también al espacio para hacerlo habitable de nuevo.
[–>[–>[–>
Hay algo especialmente cruel en este tipo de dolencias: el duelo anticipado. Mariló lo explica sin dramatismos, pero con una claridad desarmante.
[–>[–>[–>
—Es como si ya no estuviera… pero está.
[–>[–>[–>
No hay despedida. No hay cierre. Solo una pérdida progresiva que se instala en lo cotidiano. En los pequeños gestos que desaparecen. En las conversaciones que ya no existen. En los planes que dejan de tener sentido. Todos los años, por estas fechas, estarían compartiendo viaje con unos amigos a un bonito rincón del sur de Portugal. Ramón, también siempre encantado de salir con la familia en una furgoneta de alquiler rumbo a cualquier lugar donde ser feliz.
[–>[–>[–>
—Nuestra vida era salir todos los fines de semana, viajar… ahora no puedo ni ir sola con él —dice Mariló.
[–>[–>[–>
Recuerda una boda en Madrid. El aeropuerto lleno. El retraso del vuelo. Ramón desorientado, nervioso, incapaz de comprender qué ocurría. Una odisea lograr que se abrochase el cinturón en el despegue, otra, bajar. «Nunca más», se dijo entonces.
[–>[–>[–>
A pesar de todo, hay destellos.
[–>[–>[–>
Cuando ella enferma, él se sienta a su lado. Permanece en silencio. Pregunta si está bien. Como un reflejo antiguo, como una memoria emocional que resiste cuando todo lo demás cae.
[–>[–>[–>
—Es buenísimo —dice ella, y se le quiebra la voz por primera vez, recordando un episodio reciente que le dejó tirada en cama.
[–>[–>[–>
La pareja frente al local de Afaga, que visitaron este miércoles. / Jose Lores
[–>[–>[–>
Pero el relato de Mariló no es solo una historia de amor o de enfermedad. Es también un retrato de un sistema que no llega. Recibe una ayuda por la ley de dependencia, insuficiente para cubrir una atención continuada. Cuenta con el alivio reciente de acudir a la asociación AFAGA Alzheimer en Vigo, donde trabajan con Ramón tres horas al día. También tiene apoyo de sus hijos y una persona en casa algunas horas a la semana. Pero el peso recae sobre ella.
[–>[–>[–>
—»No llega. Y hay gente que no puede pagar nada», admite.
[–>[–>[–>
Habla de listas de espera, de falta de plazas, de familias cada vez más pequeñas. De cuidadores que también necesitan ser cuidados.
[–>[–>[–>
—»Yo antes leía muchísimo. Ahora no puedo».
[–>[–>[–>
El tiempo propio desaparece. El autocuidado se convierte en un lujo.
[–>[–>[–>
Le pregunto por el futuro.
[–>[–>[–>
— «No pienso»—responde—. «Porque bueno no va a ser».
[–>[–>[–>
Ella quiere estar a su lado. «Hasta que pueda», repite.
[–>[–>[–>
Y al despedirnos, en la cafetería suena una canción. Una famosa melodía que quizás, Mariló no haya percibido. ‘The eye of the tiger’. Pienso en los gestos de púgil que Ramón dibujó en el aire antes de las fotografías. Y en ese instante —breve, casi imperceptible— parece que todo encaja. Solo por un momento. Porque la que lucha ahora, veinticuatro horas, siete días… Es ella. Contra el tiempo. El más difícil de los combates. El último podio de la memoria.
[–>[–>[–>
Suscríbete para seguir leyendo
Puedes consultar la fuente de este artículo aquí