El silencio y los pétalos envuelven el Santo Entierro de Oviedo
Oviedo se sumió este Viernes Santo en su silencio más respetuoso para acompañar a la Real y Trinitaria Archicofradía del Santo Entierro y Nuestra Señora de los Dolores en su Inmaculada Concepción. En una tarde donde la sobriedad fue la nota dominante, miles de personas —entre fieles, turistas y curiosos— se agolparon en las aceras del casco histórico para asistir a una de las estaciones de penitencia más solemnes de la Semana Santa ovetense.
[–>[–>[–>A las 18.00 horas, las puertas de la iglesia de San Isidoro el Real se abrían para dar paso a un cortejo marcado por las novedades patrimoniales y el rigor litúrgico. Este año, la procesión cobró un matiz histórico al portar un rosario bendecido por el Papa León XIV, una distinción obtenida gracias a la mediación del cardenal asturiano Ángel Fernández Artime. Asimismo, la hermandad lució con orgullo la medalla donada por el Real Oviedo con motivo de su centenario, vinculando así a la institución deportiva con el sentir religioso de la capital.
[–> [–>[–>El rigor del cortejo
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La marcha estuvo encabezada por la imagen del Cristo Yacente, que avanzó rodeada por la custodia de la Guardia Civil y las autoridades de la cofradía, acompañadas por el concejal de Turismo, Alfredo García Quintana. Tras el sepulcro, la Virgen de los Dolores cerraba la comitiva con su elegante manto negro y el pecho atravesado por los siete puñales, símbolo del dolor materno.
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Uno de los hitos litúrgicos de la tarde fue la renovación del Arca de las Súplicas, un rito de profunda tradición que la Archicofradía mantiene como pilar de su identidad.
[–>[–>[–>Un camino de rosas
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El clima de recogimiento absoluto que imperaba en el centro de la ciudad se transformó en emoción contenida al llegar a la plaza de la Catedral. En este punto neurálgico, los niños morabetinos —los integrantes más jóvenes de la hermandad, que acompañaban la imagen del Niño Jesús— rompieron la monotonía del asfalto lanzando miles de pétalos de rosa al paso de las imágenes.
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Este gesto creó un efímero tapiz floral bajo los pies de la Dolorosa y su Hijo muerto, ofreciendo la estampa más plástica de la jornada antes de que el cortejo emprendiera el regreso a su hogar en San Isidoro, donde las tallas quedaron resguardadas tras una tarde de devoción ininterrumpida.
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