evita detener a los agentes y prefiere exponerlos
Era ciertamente un lugar extraño para abrir una compañía de impresión en tres dimensiones. El 8 de enero de 2018, Gerhard Daniel Campos Wittich, ciudadano brasileño bien parecido, de piel blanca, ojos claros y supuesto origen austríaco, estableció la sede social de 3DRio, la empresa que regentaba, en un destartalado almacén de la Rua Manicaria del barrio de Curicica, en el oeste de Río de Janeiro. Aunque la zona no es una favela en sentido estricto, sí se la puede calificar de rincón degradado de la metrópolis carioca, con asentamientos humanos no regularizados construidos con materiales precarios, además de arroyos contaminados que emiten intensos olores. Un lugar, además, alejado de los clientes habituales del negocio, entre los que se encontraban agencias gubernamentales e instalaciones militares.
[–>[–>[–>Gerhard Daniel, en realidad, no era quien decía ser, sino Artem Shmyrev, un espía ‘ilegal’ ruso a su vez hijo de un oficial del Servicio Federal de Seguridad (FSB) quien, tras haber residido al menos cinco años en el país sudamericano, había logrado dotarse de una falsa identidad brasileña. En diciembre de 2023, cuando estaba a punto de culminar la renovación de su nuevo local, este sí situado en el centro urbano de la ciudad, a escasos metros del consulado de EEUU, viajó hasta Kuala Lumpur, capital de Malasia, para supuestamente asistir a un curso de 3D. Al principio, envió regularmente mensajes de texto a su novia brasileña en Río de Janeiro. Pero luego, el silencio más absoluto.
[–> [–>[–>Todo parece indicar que la coartada de Shmyrev, quien en realidad estaba casado con otra agente ‘ilegal’ rusa desplazada en Grecia, a miles de kilómetros de Brasil, estaba a punto de saltar por los aires, tras de una serie de golpes policiales a la red de espionaje ruso en Europa en las semanas precedentes. La carrera de espía en el extranjero de este treintañero originario de Stávropol, en el sur de Rusia, llegó a su fin de esta abrupta forma, obligándole a replegarse a su verdadero país.
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Shmyrev es tan solo uno de los integrantes de lo que la prensa internacional denomina coloquialmente como la ‘fabrica de espías’ del Kremlin instalada en Brasil. Al menos nueve ‘ilegales’ que han residido en el gigante sudamericano han visto expuestas sus identidades en los últimos años, un número que supera de largo el registrado en la vecina Argentina, otro de los países donde los servicios secretos rusos han fijado su atención para forjar identidades falsas para sus ‘ilegales’.
[–>[–>[–>Yekaterina Danilova, su esposo Vladímir Danilov, Olga Tyutereva, Roman Koval… Entre ellos hay modelos, hombres de negocios, estudiantes, gentes todas ellas que han aprovechado la laxitud de las leyes migratorias brasileñas y los agujeros en los procesos de naturalización para instalarse en el país, adquirir documentos locales y luego viajar a Europa para culminar sus misiones, tras haber pasado años desapercibidos en Brasil dado el carácter multirracial del país, con gran diversidad étnica. En el caso concreto de Shmyrev y su esposa en Grecia, el proceso de creación de una coartada falsa se hallaba en una fase relativamente temprana, según se deduce del contenido de sus mensajes: ambos irradiaban impaciencia, sensación de abandono, acumulaban exigencias…
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Particularidad brasileña
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Pese a la minuciosidad de la Policía Federal brasileña en seguir la pista a estos individuos infiltrados a sueldo de una potencia extranjera, una particularidad destaca del caso brasileño: el reducido número de detenciones practicadas, pese a la intensa actividad desplegada en su territorio por estos individuos durante largo tiempo. A día de hoy, únicamente fue arrestado y permanece en prisión Victor Muller Ferreira, en realidad el ruso Serguéi Cherkássov, quien fracasó mientras intentaba infiltrarse en la Corte Internacional de Justicia de La Haya como becario, siendo deportado desde los Países Bajos a su país de residencia, Brasil, donde fue detenido. Cherkássov fue condenado a cinco años de prisión por falsedad documental.
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[–>A la izquierda, Sergei Cherkasov, a la derecha, Artem Shmirev. / Redacción
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«Brasil nunca detendrá a ilegales», explica a EL PERIÓDICO un experto local en temas de seguridad e inteligencia que prefiere no revelar su nombre. La razón principal, continúa dicha fuente, es simple: el Gobierno local «no quiere antagonizar a Moscú» y crear fricciones con un aliado relevante en la asociación BRICS. En su defecto, las autoridades policiales brasileñas recurren a un método también tremendamente dañino para el afectado: «exponerlos» al ojo público para abortar las actividades que estén realizando en esos momentos y arruinar sus perspectivas. Y es que un espía señalado públicamente, pierde de forma automática la capacidad de actuar y llevar a cabo misiones. Los intentos de este diario de contactar con la Policía Federal en Brasilia sobre el caso de los espías rusos fueron infructuosos. «No comentamos investigaciones en curso», respondió un portavoz.
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El caso de Cherkássov constituye una muestra adicional de cómo Brasil anda con pies de plomo cuando se abordan temas referidos al espionaje ruso en su territorio. Gracias a una demanda de extradición emitida por la Justicia rusa, demanda con todos los visos de ser una argucia legal para rescatar y acelerar el regreso de su agente, todo apunta a que en breve podrá regresar a casa. La solicitud ha recibido todas las luces verdes necesarias de la parte de instancias judiciales brasileñas, incluido el ‘sí’ del Tribunal Supremo, y solo estaba pendiente de la decisión del presidente Lula da Silva o del ministro de Justicia. Una actitud que contrasta con el ‘no’ rotundo a la demanda de extradición emitida por EEUU, país en el que residió y estudió Cherkássov en la década pasada y donde la justicia de ese país asegura se inició en el espionaje.
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