Mi madre decía que estudiar enfermaba
María del Carmen Blanco Menéndez goza de unas vistas privilegiadas. Desde el sillón de su salón observa, a través de la ventana, a Caldones, su parroquia, en su máxima expresión. Las verdes fincas, los árboles, las coquetas casas a las que flanquean algunos hórreos… Esa ventana parece un genuino cuadro rural que Blanco, a sus 86 años, mira con melancolía. Sincera y sin vacilaciones, la vecina del barrio de Garbelles afirma que no puede decir qué es lo mejor de vivir en la parroquia porque, como siempre ha estado allí, no tiene con qué comparar. Pero hay algo que subraya. «No sientes un ruido, no sientes una sola voz», ensalza.
En Caldones nació, creció, se desarrolló y se forjó María del Carmen Blanco, que hasta hace un par de años residía sola. Se puso pachucha y ahora vive, muy bien acompañada, con su hijo. Cuando echa la vista atrás se le vienen a la mente notorias diferencias entre la vida en Caldones de antaño y la actual. El tiempo conlleva cambios. «Antes se trabajaba mucho más», indica Blanco, que se dedicó a las labores domésticas, a la agricultura y la ganadería. «Yo nunca me cansaba», bromea. «Teníamos huerta, vacas de leche, llagar de sidra… Había mucha manzana de sidra», rememora la vecina de Caldones, que no se olvida del «calendario» que tenía la familia. Unos días tocaba ir a vender al Rastro, otros a Pola de Siero o a Lugones. Donde hiciera falta para ganarse el pan.
María del Carmen Blanco extraña, por ejemplo, más unión vecinal, más contacto. «Ahora no se ve a nadie; cada uno está en su casa», manifiesta Blanco. En el hogar aún persiste una huerta. Para consumo propio, eso sí. Ahora bien, ese amor apego por lo rural se transmite de generación en generación.
«Mi padre quería que estudiara y mi madre decía que estudiar enfermaba», cuenta entre risas María del Carmen Blanco, que reivindica que Caldones ha mejorado en muchos aspectos con el tiempo. Por ejemplo, en los caminos, que nada tienen que ver con las caleyas de antes.
Recién operada de cataratas, a la vecina, que se entretiene en casa viendo la televisión o leyendo, el tema de la tecnología no le interesa mucho. «¿Internet? No lo entiendo», admite María del Carmen Blanco, encantada con la tranquilidad que reina en la zona rural gijonesa y que frunce un poco el ceño al hablar de unos «vecinos» no muy agradables, los jabalíes. «Ya vinieron muchas veces y nos estropearon la huerta; y eso que tenemos pastor eléctrico», asevera Blanco.
Por Caldones pasa un autobús concertado. Una de las perennes reclamaciones de los residentes es aumentar las frecuencias. Otra carencia son los bares. O la ausencia de ellos. «Antes había tres y todos cerraron», lamenta María del Carmen Blanco, que, si tiene que destacar alguna zona recomendable para visitar de Caldones, menciona la iglesia de San Vicente. «Está aquello muy curioso y delante hay un parque muy grande», describe.
Pone deberes la vecina. Recalca que, para evitar que el entorno se convierta en un «bosque», hay que aumentar la limpieza y los desbroces. Y, sobre todo, que se cuide, en toda la extensión de la palabra, a la zona rural de la ciudad. Saca a la palestra la labor de CajaGjón La Rural, de la que reivindica su «apoyo» a las parroquias. «Y ojalá lo hicieran más para que se le dé más valor a las cosas que hay aquí», desea María del Carmen Blanco, una enamorada de Caldones a quien se le antoja como una utopía marcharse de una parroquia en la que lo ha hecho todo.
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