Várjon y Bartók, broche de oro para el ciclo de piano Luis G. Iberni
Dénes Várjon logró anoche un imposible: retrotraer al auditorio a la noche del 31 de enero de 1931 en la que el compositor, intérprete y folclorista Béla Bartók recaló en el Teatro Campoamor -por entonces sede de la Sociedad Filarmónica de Oviedo- dentro de una pequeña gira donde también figuraban destinos como Barcelona, San Sebastián y Lisboa. Todo ello gracias a su talento y sensibilidad interpretativa y al mismo repertorio que en aquella noche de hace casi un siglo. Con estos mimbres se desarrolló el recital que clausuraba la presente edición de las Jornadas de Piano «Luis Garcia Iberni» que organiza la Fundación Municipal de Cultura del Ayuntamiento de Oviedo en colaboración con LA NUEVA ESPAÑA, donde inexplicablemente, la asistencia fue menor de lo habitual.
[–>[–>[–>De gesto apresurado y semblante concentrado, Várjon apenas dio pie a los aplausos del respetable cuando sonaron los primeros acordes de la «sonata en Si bemol mayor» de Benedetto Marcello -en la transcripción realizada por Bartók- ya que la primera parte del recital se escoraba hacia el barroco. Tanto la citada pieza como la «Canzone» de la «sonata en Sol mayor» op. 4 número 1 de Azzolino Bernardino della Ciaja transitaron por un sonido aterciopelado y un equilibrio en ambas manos para nada reñido con el virtuosismo de los maestros barrocos. Las dos sonatas de Domenico Scarlatti estuvieron, igualmente, bien ejecutadas, pero la pieza de mayor brillantez de esta primera mitad fueron las «Danzas de Marosszék» de Zoltán Kodály, con una precisión, unos balances y una pulsación sobresalientes que dieron como resultado momentos de gran expresividad.
[–> [–>[–>Tras la pausa, la segunda mitad quedaba conformada por un monográfico de Bartók, comenzando por las inspiradas «Quince canciones campesinas húngaras» cuyas melodías tradicionales fueron plasmadas con delicadeza por Várjon. El pianista sumergió a los asistentes en un juego de folclore húngaro revestido de una armonía moderna y unas texturas que manejó con habilidad -y completamente de memoria-, luciendo unas sonoridad cálida y redonda, como se apreció en «Este a székelyeknél» o «Tres canciones populares húngaras del distrito de Csík», generando los aplausos del público.
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