las claves de un sistema electoral ‘trucado’ por Orbán que puede hacerle ganar aunque pierda
Hungría celebra este domingo unas elecciones parlamentarias cruciales para la Unión Europea (UE). Los sondeos llevan meses pronosticando el fin del dominio de quien durante 16 años ha sido su primer ministro, el ultranacionalista Viktor Orbán, azote de Bruselas, figura de referencia de la ultraderecha europea y aliado de Donald Trump y Vladímir Putin. Algunas encuestas han llegado a barajar una mayoría de dos tercios para el opositor Péter Magyar, líder de Tisza, quien pese a ser conservador aglutina un electorado de amplio espectro, unido por el anhelo de dar carpetazo a la ‘era Orbán’. También se recuerda cómo en 2022, con la oposición unida en una gran coalición con un líder común, Péter Marki-Zay, entonces el favorito de las encuestas, las urnas acabaron dando la reelección a Orbán al frente de otra mayoría absoluta. Ambos bandos se cruzan acusaciones de injerencias extranjeras y campañas de desinformación –del Kremlin y la Casa Blanca, a favor de Orbán, o de Ucrania y Bruselas, para Magyar-. Pero incluso sin factores externos, sobre estas legislativas pesa la sombra de un sistema «trucado» por el partido en el poder.
[–>[–>[–>[–>[–>[–>Hay coincidencia entre los sondeos dichos fiables en que Magyar será el más votado. Discrepan de esa percepción los difundidos por medios afines a Orbán, cuyo gobierno controla un 90 % del panorama mediático del país. Un análisis del instituto Median, basado en cinco encuestas hechas entre febrero y marzo, da a Tisza entre 138 y 143 escaños, frente a la cincuentena que obtendría Fidesz. Pero nada está descartado, en buena parte porque el sistema electoral húngaro favorece a Fidesz. Orbán ha invertido su largo periodo de control casi absoluto en rediseñar distritos y reparto de escaños con una fórmula mixta que puede jugar en contra del más votado. Dicho de otro modo, Fidesz puede lograr la mayoría de escaños con un 45 % de los votos, mientras que Tisza necesitará más del 55 %.
[–> [–>[–>[–>[–>[–>Los aproximadamente ocho millones de electores húngaros tienen ante sí dos papeletas, de cuya combinación surge el reparto de los 199 escaños del Orszaggyules (Parlamento). 93 diputados se adjudican proporcionalmente a la lista de cada partido, mientras que los 106 restantes corresponden al candidato más votado de cada distrito. Es una fórmula implantada en 2013, tres años después de la primera victoria con amplia mayoría de Orbán. Redujo el número de escaños, que hasta entonces estaba en 386 escaños. Y redibujó a continuación los distritos electorales de acuerdo a lo que en observación electoral se denomina ‘gerrymandering‘, término que remite a la estrategia con que el gobernador de Massachusetts Elbridge Gerry elevó a ley, en 1812, esta forma de manipulación favorable a un partido determinado.
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En el caso húngaro, la práctica del ‘gerrymandering‘ ha ido afinándose legislatura tras legislatura. Su resultado es un trato de favor al voto rural donde el Fidesz tiene sus bastiones, en detrimento del urbano. Consciente de que tiene malas cartas en el campo, el líder opositor ha invertido la recta final de su campaña en un intenso recorrido por el territorio nacional, en busca del apoyo de electores que, hasta ahora, no vieron pasar por sus calles más que a candidatos del Fidesz.
[–>[–>[–>La reforma implantada por Orbán incluye otras innovaciones en interés propio. Por un lado, se otorgan una serie de escaños adicionales o compensatorios al partido mayoritario. Por el otro, se facilita el llamado «turismo electoral«. El elector puede registrarse como tal en cualquier distrito. Se posibilita con ello que se desplace un determinado número de simpatizantes o militantes de una circunscripción donde se considera que tiene asegurada la victoria a otra en disputa.
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Ocurra lo que ocurra el domingo, lo único descartable es que en el nuevo Parlamento tengan escaños otras formaciones que no sean Tisza, Fidesz o, a lo sumo, el otro partido de extrema derecha Nuestra Patria. La tarta parlamentaria quedará repartida entre dos o un máximo de tres formaciones, todas ellas derechistas. Es decir, los diputados que consiga el conservador Magyar, los del ultranacionalista Orbán o del extremismo puro y duro. Es el precio que presumiblemente pagará de nuevo el centro-izquierda húngaro, a cambio de un relevo en el poder personalizado en Magyar, gran captador del voto de todos los que simplemente no quieren otra legislatura de Orbán.
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