Asturias, en plural
Hay quien dice –y lo dice con esa seguridad que a veces concede la costumbre– que Asturias avanza mientras León se demora. No es una idea nueva. Yo mismo recuerdo haberla entrevisto, todavía de manera imprecisa, en aquellos años en que comenzó a hablarse de regionalizar España bajo el impulso de Laureano López Rodó.
[–>[–>[–>Viajaba entonces en coche con un conocido asturiano –conducía él, con esa mezcla de aplomo y despreocupación que da la carretera conocida– y, llevado quizá por una lógica que me parecía razonable, le sugerí que León y Asturias bien podrían formar una misma región. Su reacción fue inmediata, casi festiva: «Quita p’allá, guaje». Y añadió, con una media sonrisa que no era del todo broma, que ellos, en todo caso, sólo podrían «unise» a la República Federal Alemana.
[–> [–>[–>Era, en cierto modo, una fanfarronería compartida, pero también un reflejo del imaginario de aquel tiempo, en el que Asturias se percibía a sí misma –y era percibida– como un espacio de impulso económico, mientras León parecía avanzar con un paso más contenido, más ligado a inercias antiguas.
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Ha pasado el tiempo y España –para bien– se ha integrado en la Unión Europea. Pero no todos los territorios han recorrido ese camino con la misma fortuna. Asturias ha sabido encontrar ciertas vías de transformación; León, en cambio –conviene decirlo sin énfasis, pero también sin ocultarlo– no ha seguido ese mismo ritmo. Y acaso no tanto por Europa, sino por la forma en que se trazó aquella arquitectura autonómica que entonces apenas comenzábamos a imaginar.
[–>[–>[–>Incluso el nombre de Asturias –tan asentado hoy– encierra una pequeña paradoja que no siempre advertimos. Porque en origen no hubo «Asturias», en plural, sino una realidad más antigua y más compacta: la de los astures, un pueblo que daba nombre –o lo tomaba– del río Ástura, el actual Esla, eje silencioso de su territorio.
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Aquella tierra no era aún «Asturias», sino, si acaso, una Asturia en singular: un espacio habitado por un mismo pueblo, con variaciones internas pero sin fractura esencial. Fueron los romanos, en su afán organizador, quienes introdujeron la división: distinguieron entre la Asturia Transmontana, al norte de la cordillera, y la Cismontana, al sur.
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[–>Conviene detenerse aquí un instante. Esa partición no creaba dos pueblos, sino que ordenaba uno solo. Era una división administrativa, no una ruptura histórica. Y, sin embargo, en ese gesto quedó sembrada una huella que aún hoy perdura: ese plural –Asturias– que usamos con naturalidad puede leerse como el eco lejano de aquella doble designación romana.
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La Asturia Cismontana –la del sur de la cordillera– es, en buena medida, lo que hoy llamamos León. Con el paso del tiempo, esa parte adoptó el nombre de su centro militar y político, la ciudad de Legio, nacida del campamento romano. El cambio de nombre no borró lo anterior, pero sí lo fue cubriendo con nuevas capas de significado.
[–>[–>[–>Roma situó el corazón administrativo de todo ese territorio en Asturica Augusta, desde donde se articulaba un espacio que los contemporáneos no percibían como escindido, sino como diverso y complementario.
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Antes de la llegada del maíz desde América, era el trigo quien sostenía la vida. Y ese trigo prosperaba mejor en las tierras más abiertas de la Asturia Cismontana. Por ello, una parte sustancial de la población astur se asentaba en lo que hoy es León. No es un matiz menor: ayuda a entender que la relación entre ambas vertientes de la cordillera no fue nunca de distancia, sino de continuidad.
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El río Esla –el antiguo Ástura– sigue su curso con la misma cadencia de siempre, como si no le incumbieran nuestras discusiones. A un lado y otro de la cordillera, la vida adoptó ritmos distintos, no mejores ni peores, sino adaptados a cada paisaje.
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La romanización acentuó esas diferencias de tempo. Las calzadas, la administración, las grandes explotaciones auríferas –entre ellas las de Las Médulas, en tierras hoy leonesas– transformaron profundamente el territorio. Y si bien es cierto que la minería dejó una huella notable en distintos puntos del norte, también lo es que en León –en sus montañas y en El Bierzo– esa actividad contribuyó a reforzar vínculos que atravesaban la cordillera más que a separarlos.
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Así, lejos de dibujar fronteras nítidas, la Historia parece haber tejido continuidades. Hubo un tiempo en que lo que hoy llamamos Asturias y León compartía no sólo estructuras políticas, sino también una cierta manera de estar en el mundo.
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Los grandes monarcas leoneses, como Alfonso VI o Alfonso VII, gobernaron sobre esa complejidad con la ambición –quizá inevitable– de ordenar lo diverso sin quebrarlo. Pero los siglos, con su inercia, fueron desplazando los centros de gravedad. No tanto por ruptura, sino por acumulación de decisiones, intereses y circunstancias.
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La posterior configuración simbólica del Principado de Asturias añadió una nueva capa a ese proceso, proyectando hacia el futuro un nombre cargado de resonancias antiguas. No como negación de lo anterior, sino como una de las muchas formas posibles de continuidad.
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Con el paso del tiempo, cada territorio fue desarrollando sus propios ritmos. Asturias encontró en la industrialización una vía de transformación intensa, visible, casi ruidosa. León, en cambio, permaneció más tiempo ligado a la tierra, a una economía de cercanía y a un tempo más pausado.
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No se trata, sin embargo, de establecer comparaciones simples. Cada lugar respondió a sus circunstancias, a su geografía, a sus oportunidades. Si uno escucha con atención, advertirá que bajo esas diferencias late una historia compartida, hecha tanto de encuentros como de bifurcaciones.
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Quizá lo más revelador no esté en lo que separa, sino en lo que, de manera más discreta, sigue uniendo. Porque la Historia –más que un dictamen– es una conversación prolongada en el tiempo, donde las voces no siempre se escuchan con igual claridad.
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El Esla continúa su camino. Y con él, la memoria –a veces nítida, a veces difusa– de un territorio que no ha dejado de preguntarse por su lugar en el relato común. Tal vez no haya destinos truncados, sino historias que aún buscan la forma adecuada de ser contadas.
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