Mirar hacia dentro
Desde siempre me han llamado la atención los religiosos y religiosas de clausura. Entre la curiosidad y la admiración, hay en mí una atracción difícil de explicar: la de intentar comprender qué impulsa a alguien a entregar la única vida que posee a la quietud de unos muros compartidos, sostenidos por una vocación que lo antecede todo.
[–>[–>[–>¿Qué lleva a una persona a elegir el silencio frente al estruendo del mundo? ¿Qué fuerza sostiene una decisión que, vista desde fuera, parece renuncia y, sin embargo, desde dentro tal vez sea plenitud?
[–> [–>[–>Más allá de la fe –que sin duda actúa como motor–, intuyo una forma singular de valentía: la de quienes eligen quedarse, resistir y habitar el tiempo sin distracciones. Una vida donde cada jornada parece repetirse y, aun así, nunca es exactamente la misma.
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Basta una conversación pausada con la abadesa de Las Pelayas, Rosario del Camino, para percibirlo. En sus palabras se abre otra dimensión del tiempo: más lenta, más consciente, ajena al ruido que nos envuelve.
[–>[–>[–>Y, sin embargo, al salir de ese espacio de quietud, la realidad vuelve con su vértigo. Pienso entonces en los jóvenes y en su manera de relacionarse con la espiritualidad. Algo está cambiando. Las iglesias ya no ocupan el lugar central que tuvieron durante generaciones, pero eso no significa que la búsqueda de sentido haya desaparecido. Más bien, se ha desplazado. En una sociedad que empuja constantemente hacia fuera, quizá la verdadera radicalidad consista hoy en mirar hacia dentro.
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Los jóvenes siguen haciéndose las mismas preguntas de siempre –quiénes somos, qué sentido tiene la vida, qué hay más allá de lo visible–, pero las respuestas ya no se buscan únicamente en las instituciones tradicionales. Se ensayan caminos propios, fragmentarios, abiertos, como si cada uno tratara de trazar su propio mapa para no perderse en medio del ruido.
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[–>Lo escucho casi por azar, en un corrillo de adolescentes: «Soy espiritual, pero no religioso». Lo dicen con naturalidad, sin solemnidad, pero en esa frase se condensa toda una forma nueva de situarse frente a lo trascendente.
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Me sorprende también cómo, en ese proceso, aparecen referentes inesperados. Pienso en figuras como Rosalía, que para muchos deja de ser solo una artista para convertirse en un lenguaje emocional donde reconocerse, en una estética que roza –aunque sea de forma difusa– lo espiritual.
[–>[–>[–>Porque vivir hoy, para muchos jóvenes, es habitar un ruido constante: el de las pantallas, la incertidumbre, la inmediatez. No es un contexto amable. El desencanto político, la dificultad de acceso a la vivienda, la falta de horizontes claros… todo parece empujarles, de algún modo, a buscar refugio hacia dentro.
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Y es ahí donde, de nuevo, aparecen los valores. No como palabras, sino como práctica. El voluntariado, por ejemplo, se convierte en un espacio donde esa inquietud encuentra forma. No es solo ayuda; es una manera de situarse en el mundo, de sentirse parte de algo que merece la pena. Como si, en medio de tanta inseguridad, cuidar de otros fuera también una forma de no perderse a uno mismo.
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Tal vez la espiritualidad nunca se ha ido. Quizá lo único que está cambiando es su forma de mostrarse. Hemos perdido certezas, es verdad, pero no la necesidad de buscarlas. Porque, en el fondo, seguimos necesitando lo mismo: sentido, pertenencia, una profundidad que nos sostenga.
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Y entonces vuelvo al principio. A esos muros en silencio. A esa vida que, desde fuera, parece detenida y que, sin embargo, late con una intensidad distinta.
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Quizá la verdadera pregunta no sea por qué algunos eligen la clausura, sino por qué a nosotros nos cuesta tanto detenernos. Tal vez no estemos tan lejos de ese camino interior como pensamos. Tal vez lo que nos separa no son los muros, sino el ruido.
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Y quizá, en el fondo, todos llevamos dentro un lugar al que nunca terminamos de entrar.
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