Hungría vuelve a casa
Hay momentos en la historia europea que merecen ser celebrados sin reservas. El domingo fue uno de ellos. Los húngaros fueron a las urnas y eligieron el cambio. Eligieron a Péter Magyar y a su partido, Tisza, poniendo fin a dieciséis años de deriva autoritaria bajo Viktor Orbán. Es una gran noticia para Hungría. Y es una gran noticia para Europa.
[–>[–>[–>La victoria de Magyar no es un triunfo de la izquierda ni de la derecha al uso. Es la victoria del sentido común democrático, de una ciudadanía harta de la corrupción, del deterioro de los servicios públicos y del aislamiento europeo al que Orbán condenaba a su país. Y es, también, un impulso más para la familia del Partido Popular Europeo, que sigue siendo la gran fuerza política del continente, capaz de articular mayorías donde otros no consiguen ni representación.
[–> [–>[–>No me sorprende que algunos hayan intentado aguar la fiesta. El grupo socialista europeo se apresuró a difundir que sus partidos aliados en Hungría se habían quedado sin representación. Lo que olvidaron mencionar es el detalle más relevante: sí concurrieron a las elecciones. Simplemente los ciudadanos húngaros no les votaron. Hay una diferencia enorme entre no presentarse, y presentarse y perder. Confundirlas deliberadamente no es un error: es desinformación. Y conviene decirlo, porque ese vicio no es patrimonio exclusivo de los populismos que tanto critican.
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Conocí a Péter Magyar en Bruselas, cuando representaba a Hungría en nuestro grupo popular del Parlamento Europeo. Ya entonces era alguien que se movía con soltura en los pasillos del poder comunitario, que entendía sus reglas y que sabía exactamente cómo funciona la maquinaria europea por dentro. No llegó a la política desde la periferia: pasó más de dos décadas en su núcleo, en las filas del Fidesz de Orbán. Para algunos eso fue motivo de desconfianza. Para muchos húngaros resultó ser, en cambio, su mayor credencial. Al final, quien mejor conoce un sistema es quien tiene más posibilidades de transformarlo.
[–>[–>[–>Su salto definitivo llegó tras el escándalo del indulto a un condenado por encubrimiento de abusos sexuales a menores, que arrastró en su caída a la presidenta de la República y dejó al descubierto las costuras del régimen. Magyar salió entonces a hablar sin red, denunció públicamente la corrupción que había visto desde dentro y conectó con una sociedad que llevaba años buscando una voz así. El vídeo lo vieron millones de personas en un país de menos de diez millones de habitantes. A partir de ahí, el ascenso fue imparable: fundó Tisza, obtuvo un 30% en las europeas de 2024 y el domingo se hizo con una supermayoría de dos tercios en el Parlamento. En menos de dos años, pasó de ser una cara desconocida a convertirse en el candidato a nuevo primer ministro de Hungría.
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Lo que viene ahora importa tanto como la victoria misma. Magyar ya ha hablado con la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, para iniciar cuanto antes la reconstrucción de las relaciones entre Budapest y Bruselas. El objetivo inmediato es claro: desbloquear los 18.000 millones de euros en fondos europeos congelados por el deterioro del Estado de derecho, acceder a los 16.000 millones en préstamos de defensa y poner fin a la multa de un millón de euros diario impuesta a Hungría por su incumplimiento en materia de migración.
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[–>No será gratis ni inmediato. Bruselas no entrega las llaves a quien aún no ha demostrado nada. Magyar tendrá que acreditar reformas reales: independencia judicial, libertad de prensa, medidas anticorrupción concretas, incorporación a la Fiscalía Europea. Los plazos aprietan: si no actúa antes de agosto, Hungría perderá parte importante de los fondos. El tiempo juega en su contra, y Magyar lo sabe.
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Para Europa, la prioridad es igualmente concreta: que Hungría levante su veto al préstamo de 90.000 millones de euros para Ucrania y respalde nuevas sanciones contra Rusia. Magyar ha dado señales claras de estar dispuesto a moverse, recordando que Budapest ya respaldó esa financiación en el Consejo Europeo de diciembre. Su primera visita oficial será a Varsovia, para reunirse con el primer ministro Donald Tusk. No es casualidad. Polonia conoce de primera mano lo que significa reconducir la relación con Bruselas tras años de enfrentamiento. Ese camino polaco es, en muchos sentidos, el mapa que Magyar quiere seguir.
[–>[–>[–>Los mercados ya han dado su veredicto: el florín ha subido más de un 3%, y la bolsa de Budapest, cerca de un 5%. Son señales de que la confianza regresa cuando las instituciones funcionan. Queda trabajo por hacer, y sería ingenuo ignorarlo. Magyar mantiene posiciones conservadoras en algunos asuntos y ha descartado una adhesión acelerada de Ucrania a la UE. Pero la dirección es la correcta. La diferencia entre alguien que quiere negociar con Europa y alguien que la bloquea sistemáticamente no es un matiz: es la diferencia entre el progreso y el estancamiento.
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Hungría vuelve a casa. Con ella, Europa recupera una voz que llevaba demasiado tiempo ausente en el debate común. Para quienes creemos en el proyecto europeo, en sus instituciones y en sus valores, el domingo fue un buen día. Celebrémoslo. Y a trabajar.
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