Un mensaje indeseable
Mientras Europa discute cómo contener la amenaza estratégica que representan las nuevas alianzas autoritarias, el presidente español se ha dejado fotografiar en Pekín con una cordialidad que desborda lo diplomático para entrar en el terreno de la complacencia política. No es solo una visita institucional que rebasa las habituales obligaciones de la realpolitik para cualquier dirigente de una democracia. Es, sobre todo, un mensaje indeseable.
[–>[–>[–>Durante años, la izquierda europea ha hecho del «no a la guerra» bandera moral. Una consigna respetable cuando nace de la defensa sincera de la paz, pero profundamente contradictoria cuando esa misma sensibilidad desaparece ante uno de los regímenes más represivos del planeta. Porque China no es simplemente una potencia comercial indispensable. Es la mayor cárcel política del mundo contemporáneo, un Estado que vigila a sus ciudadanos, persigue la disidencia, aplasta libertades en Hong Kong y convierte la tecnología en instrumento de control social masivo.
[–> [–>[–>Y lo más inquietante de todo es que Pekín ha logrado presentarse como una potencia razonable dentro del eje que comparte con Putin y Teherán. Frente a la brutalidad descarnada del Kremlin o la fanática teocracia del régimen iraní, Xi Jinping aparece como el rostro sereno del autoritarismo. Esa apariencia de moderación parece bastarle a Sánchez para justificar una cercanía política que sería impensable con otros aliados de semejante naturaleza. Plegarse a los chinos, presumiendo de ello, para seguir desafiando desde el postureo a Trump es el juego que practica en estos momentos el presidente del Gobierno español, convencido además que será aplaudido por la izquierda más iliberal.
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No hay que hablar ya del desequilibrio comercial creciente entre España y China, claramente perjudicial para nuestros intereses. Esa balanza solo puede ser favorable para los negocios de Zapatero. Lo preocupante es la disposición del Gobierno a presentar como interlocutor fiable a un régimen que desprecia los derechos humanos mientras practica un capitalismo feroz sin reglas ni escrúpulos.
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