Montero ensaya en Andalucía la vía de la derrota «por poco»
María Jesús Montero pasea por Andalucía en canción de victoria. Lo repite en actos, entrevistas y comparecencias como mensaje de movilización dirigido a su electorado. Pero la realidad es que, en paralelo, los partidos nacional y andaluz sólo trabajan con el escenario de controlar el daño y lograr vender la resistencia la noche electoral, vender una derrota por dos o tres escaños, lo que supone rebajar aún más su terreno histórico, como el gran triunfo de Pedro Sánchez en Andalucía. Es decir, de ser el partido hegemónico durante décadas a actuar como un partido irrelevante en el parlamento y con la única percha simbólica de presentarse como el azote de la derecha.
Así, mientras el candidato insiste en que hay partido, en la estructura socialista se da por hecho que el objetivo es limitar la pérdida y evitar la reválida de la mayoría del PP de Juanma Moreno. Esa idea dominante de renunciar a algunos asientos adicionales marca el resultado final.
No se trata de una estrategia nueva en términos electorales, pero sí significativa en el caso andaluz: desde la pérdida de la Junta, el PSOE no articula una campaña encaminada a recuperar el Gobierno, sino a establecer un terreno político que le permita resistir. Este enfoque atrapa a una candidata que no puede verbalizar su situación real si no quiere hundir aún más emocionalmente a los votantes más leales.
En este contexto, cada movimiento adquiere relevancia, como ocurre, por ejemplo, con la decisión de la Junta Electoral de no suspender su comparecencia en la comisión del Senado sobre la SEPI en plena precampaña, lo que el PSOE sabe que introduce otro elemento de desgaste adicional. Montero tendrá que dar explicaciones en un foro donde la oposición se centrará en la gestión de las empresas públicas y el papel del Estado en sectores estratégicos sin ningún margen de control sobre la situación del lado socialista ante la mayoría absoluta que tiene el Partido Popular en la Cámara Alta.
Pero éste no es un episodio aislado, sino parte de una acumulación de frentes que definen su momento político. A nivel nacional, el paso de Montero por el Ministerio de Hacienda ya la colocó en el centro de decisiones polémicas y, en Andalucía, carga con el peso de haber formado parte durante años de los gobiernos socialistas de la Junta como consejera, con un perfil que se vincula a una etapa que el PP sigue utilizando como referencia negativa. Los casos de corrupción que marcaron ese ciclo, aunque no la implican personalmente, siguen ensombreciendo todo el proyecto socialista.
A esa carga se suma una debilidad orgánica aún no resuelta. La confección de las listas ha revelado tensiones en varias provincias y ha dejado episodios de resistencia interna, especialmente en Cádiz. El apoyo de la dirección federal no ha sido suficiente para cerrar del todo estas fracturas, y el liderazgo de Montero sigue siendo percibido en parte como una maniobra de imposición de La Moncloa.
Este marco explica las implicaciones internas del resultado de estas elecciones. Si el PSOE pierde escaños, pero consigue contener la caída, la dirección podrá sostener que el terreno electoral está estabilizado y que el partido ha detenido la sangría, que es a lo que se juegan tanto Sánchez como Montero. Esa historia les permitiría ganar tiempo, con un margen muy estrecho. Si la caída supera las previsiones del aparato socialista, el efecto boomerang afectará a toda la organización socialista. En un caso y en el otro, La carrera política de Montero entra en decadencia, más allá de la jubilación dorada que le pueda preparar el presidente del Gobierno.
El debate sobre el liderazgo del PSOE andaluzy la estrategia de futuro, ya está abierta, sin esperar siquiera a que las encuestas certifiquen su dura derrota
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