Los fantasmas y el interruptor
El problema no es Vox sino el PP. Un PP que se hubiera dirigido con suficiente claridad al pueblo español no habría visto crecer este bosque de sombras a su derecha. Isabel Ayuso no ha crecido en Madrid, ni Juanma en Andalucía, ni … Creció con Feijóo en Galicia, ni ahora con Alfonso Rueda. Cuando el PP es creíble y convincente, nadie en la derecha siente que tiene que votar por otro partido. La izquierda se mueve por caprichos, impulsos, purezas, esteticismos; la derecha, sólo cuando sufre por España.
Feijóo no llegará a ser más creíble, en el año y medio que queda, de lo que ha logrado ser hasta ahora. Para bien o para mal, Alberto es lo que es. Pero podría ser más convincente y poner a Vox delante de su espejo. Podría decir que es un partido narcisista, que no va más allá del culto al líder, y además que su principal problema, el de Alberto, si Vox entra en un posible futuro Gobierno, no será ideológico sino político y de bochorno cuando afloren casos de corrupción.
El presidente del PP podría dirigirse con la autoridad que otorga a sus electores, y a los que un día le abandonaron, y decirles que Vox no sólo no ganará las elecciones ni será el partido con más votos de la derecha, sino que si impide un gobierno popular, y busca una repetición electoral, el PP alcanzará casi la mayoría absoluta, si no la consigue. Y que, por tanto, el lío de las negociaciones regionales no es más que el reflejo de unos principiantes que no entienden cuáles son las cosas realmente importantes, que no están a la altura del momento que atraviesa España y a los que no se les puede confiar nada serio. Feijóo tendría que ser capaz de explicar, sin dramatismo pero con todas las palabras, que el principal motor de Abascal es el odio al partido mayoritario de la derecha y a su presidente. Y no le importa, con su palabrería vacía de contenidos, cultura política y ajuste constitucional, que se preste a ser el argumento más eficaz de Pedro Sánchez para mantener sus –muy escasas– esperanzas de otra carambola electoral. No es la primera vez que vemos esto en la España reciente. Alberto Rivera, Pablo Iglesias. Vox no es un problema. Vox es una política nueva, esa que envejece antes de que le quiten los pañales.
El PP tiene que estar en su lugar, ofreciendo seguridad, previsibilidad y ocupándose de los problemas de todos los españoles, también de los que votan a otros partidos. Lo acordado en Extremadura ha sido un tremendo error: primero porque es ilegal quitar prestaciones, en función de su origen, a los ciudadanos que cotizan; segundo porque proyecta una imagen cruda, injusta y cruel de un partido que no es así, y tercero porque proporciona munición a la propaganda sanchista de la extrema derecha.
Alberto debe tener un proyecto para España con vocación mayoritaria, y explicarlo. No hace falta insultar a Vox, pero hay que recordar que no se ha publicado ninguna encuesta nacional –y menos aún las más recientes– que dé a Vox más de la mitad de los escaños que obtendría el Partido Popular. La inmensa mayoría que tienen los populares con Vox sólo existe en la imaginación y la inseguridad de sus dirigentes. María Guardiola, más que una imaginación, ha sido una pesadilla, y desde su absurdo avance electoral hasta los acuerdos ilegales a los que ha llegado para lograr su investidura ha confundido a sus compañeros y les ha hecho creer que viven en un pozo que es tal. Un partido serio como el PP debe tomar nota de estos absurdos y trabajar juntos para evitar que vuelvan a ocurrir.
A Feijóo no le faltan escaños para ganar las próximas elecciones. A Feijóo no le faltarán apoyos para su toma de posesión en 2027. A Feijóo sólo le falta encender la luz para que los fantasmas desaparezcan.
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