El mayor problema en Asturias, es que el 50% de perros no tienen chip
El trabajo de esta protectora de animales, no siempre empieza de la misma manera.
[–>[–>[–>A veces empieza con una llamada, con un perro que aparece desorientado en una carretera secundaria, con un animal asustado por los voladores de una fiesta o con uno de esos casos que apenas se ven, pero que sostienen buena parte del trabajo diario: el perro que se queda solo cuando su dueño muere o entra en una residencia.
[–> [–>[–>Ahí, en ese punto donde se cruzan la soledad, la desidia y la falta de control, Marcial González pone el foco principal: «El mayor problema» no es solo el abandono visible, sino que «aquí en Asturias, más del 50% de los perros no tienen chip».
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La raíz del problema
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González, voluntario de Animales de Oriente desde hace doce años, habla desde la experiencia de quien ha visto llegar demasiados animales sin historia oficial y con demasiadas señales de haber sido de alguien.
[–>[–>[–>«En zonas rurales la mayoría de ellos no tienen chip a pesar de ser obligatorio desde 2004″, explica, antes de resumir una escena repetida en demasiados pueblos: «La gente igual tiene un perro atado en una cuadra y cuando cansan de él lo sueltan». Después viene lo demás: «El perro acaba vagando despistado por ahí, y muchas veces atropellado», dice, y a veces «llegan en unas condiciones terribles».
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Ese abandono no siempre encaja en la imagen clásica del verano y la maleta. «No es estacional», advierte, porque en la comarca también aparecen animales perdidos, desubicados por el ruido o simplemente invisibles para quien debería responder por ellos. Por eso insiste en una idea sencilla y contundente: «Debería existir un censo de perros, y controlarse la obligatoriedad de poner el chip».
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[–>Los que nadie ve
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La asociación lleva más de quince años en marcha y hoy la sostienen «unas ocho o diez personas», casi todas de Piloña y Cabranes. No hay sueldos ni relevos sobrantes: «Aquí somos todos voluntarios, nadie cobra nada, todos tenemos nuestro trabajo o están jubilados». Y, aun así, siguen, porque «al final los perros son nuestra responsabilidad». Su labor empieza cuando el animal ya ha quedado en un limbo administrativo y emocional. Si aparece sin identificar, se comunica el hallazgo, se abre el plazo legal y «la gente tiene ocho días para reclamar el animal». Si nadie aparece, entonces cambia su destino: «El ayuntamiento lo cede a la asociación, nosotros le ponemos chip y lo ponemos en adopción».
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No siempre hay final feliz, y Marcial no lo maquilla: «Si el dueño no aparece, en el mejor de los casos le buscamos un hogar y en el peor de los casos, ese perro pasa aquí la vida en un box«.
[–>[–>[–>Volver a confiar
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El refugio de Cayón aloja ahora a más de una veintena de animales, aunque en momentos de mayor presión han llegado a rondar los cuarenta. Allí no solo se alimenta y se limpia: también se reconstruye, poco a poco, la relación rota entre muchos perros y las personas. «El 90% de los perros que tenemos son o perros de trabajo, o perros de caza que sobran«, explica González.
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Eso hace que «la adopción de estos perros se vuelva un caso muy complicado», porque muchos no están hechos a una casa, a una correa o a una caricia. Por eso el proceso de adopción es lento y necesita sus tiempos. Primero, «que la gente venga, que vea a los perros, que pasee con ellos», y que repita, «para que el perro confíe en ellos». Después llega una acogida temporal de «dos, tres semanas», una prueba en la que se mide si ese animal encaja de verdad en una familia.
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La meta no es vaciar boxes a cualquier precio, sino cumplir la parte más delicada del trabajo: conseguir «que vuelvan a confiar».
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La financiación
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Cuidar cuesta dinero, y mucho. «El que sepa un poco de perros sabe que es deficitario», resume Marcial, porque solo la castración ya supera en muchos casos el importe de la adopción, fijado en 120 euros con el animal vacunado, desparasitado, identificado y esterilizado.
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El año pasado la asociación gastó unos 40.000 euros, una cifra que no cubre del todo la ayuda municipal ligada al trabajo que también realizan con las colonias felinas del concejo. De hecho, el resto sale de «lotería, mercadillos» y de una fiesta anual organizada para seguir sosteniendo lo básico.
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Ahora quieren acondicionar una zona de bosque cedida por el Principado para que los perros más miedosos, esos que todavía no pueden pasear con correa, tengan al menos un espacio exterior donde moverse con menos estrés. «A ver si nos puede echar una mano el ayuntamiento o conseguirlo a través de un crowdfunding», desea González.
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Es, en el fondo, otra forma de decir lo mismo que ya sostienen cada día: que incluso cuando no aparece una familia, también hay una obligación moral de asegurar una vida digna.
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La importancia de concienciar
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En la protectora también miran hacia la prevención y hacia una pregunta que creen que debería hacerse más gente: «qué pasa con los perros de sus municipios». González asegura que en Piloña no se sacrifica ningún perro: “todos los perros que entran están aquí y a todos les buscamos un hogar, pero siempre tienen una vida digna, están cuidados y tienen cariño”.
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La protectora prepara charlas en colegios de la zona porque, como resume él, «tener un animal es una responsabilidad, que dura toda la vida del animal» y es importante que las generaciones que vienen detrás lo integren y lo practiquen.
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Esa frase, quizá sea la más importante de todas, porque detrás de cada perro sin chip hay casi siempre una cadena de omisiones pequeñas que alguien dejó crecer.
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Y porque al otro lado, en un refugio sostenido por ocho o diez personas, todavía hay quien sigue limpiando, curando, paseando y esperando a que alguno de esos animales vuelva a mirar a una persona sin miedo.
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