La sombra del poder
La acusación popular ha pedido 24 años de cárcel para Begoña Gómez por la suma de varios presuntos delitos, tráfico de influencias, corrupción en los negocios, malversación y apropiación indebida. Y aunque en Derecho las penas se apilan como ladrillos hasta levantar un muro, la sensación que queda es que, a veces, algunas acusaciones parecen redactadas con la misma lógica del «por pedir que no quede».
[–>[–>[–>Otra cosa distinta es el fondo del asunto. Porque más allá de lo que finalmente dictaminen los tribunales, y conviene subrayar que aún rige la presunción de inocencia, el episodio resulta políticamente devastador. La esposa del presidente del Gobierno nunca debió colocarse en una posición donde su actividad profesional pudiera confundirse con la sombra del poder. En política, como en la vida, hay conductas que quizá no siempre son delictivas, pero sí profundamente imprudentes. Y esta es, sin duda, una de ellas. La creación de una cátedra extraordinaria en circunstancias discutidas, el uso de un software bajo sospecha y las relaciones con empresas privadas dibujan un paisaje, cuando menos, incómodo. No necesariamente delictivo –en todo caso ya se verá– pero sí lo bastante turbio como para alimentar la sospecha pública. Y en democracia, la sospecha sostenida erosiona casi tanto como una condena.
[–> [–>[–>Tras una instrucción algo errática, Begoña Gómez sostiene que el juez Peinado está «masacrando la verdad». Puede que así lo crea. Pero hasta ahora su defensa pública ha descansado más en desacreditar al instructor que en ofrecer una explicación convincente sobre por qué decidió adentrarse en un terreno donde era imposible separar lo privado de lo institucional. Probablemente el verdadero problema consista no ya en lo que pueda ser delito, sino en lo que jamás debió hacerse. El problema de ella y de todos los que se dejaron arrastrar por la cercanía del poder y que ahora serán citados como testigos.
[–>[–>[–>
Suscríbete para seguir leyendo
Puedes consultar la fuente de este artículo aquí