Nuevos escenarios tras la derrota de Orban
La derrota de Viktor Orban en las pasadas elecciones legislativas en Hungría ha eliminado del tablero político a un gobierno al servicio de Putin y de los intereses de Trump en el continente. Debemos celebrar, pues, la salida de un primer ministro autoritario que venía marginando a su propio país, al que ha privado del acceso a fondos europeos por los continuos ataques de su gobierno a la división de poderes en Hungría, y que ha bloqueado decisiones comunitarias transcendentales, como la negociación en marcha del plan presupuestario plurianual de la Unión (2028-34) o los apoyos a Ucrania frente a la guerra de agresión que sufre desde 2021. Hubo un tiempo en que el ejecutivo de Polonia, entonces controlado por el partido Ley y Justicia que lideraba el gemelo Kaczyński, junto con el gobierno de Hungría, con el propio Orban al frente, eran la bestia negra de la Unión Europea. Ahora, ambos son historia. Así pues, disfrutemos del alivio, aunque tampoco podamos cantar victoria definitiva.
[–>[–>[–>En este sentido, los actuales ejecutivos de Eslovaquia y Chequia han venido siguiendo la estela de Hungría en los últimos años, y habrá que ver ahora cómo se conducen en este nuevo entorno post-Orban. Por otra parte, la situación en Bulgaria continúa siendo extremadamente delicada. Y, por último, en Polonia, aún contando con un ejecutivo preeuropeo, las elecciones presidenciales de 2025 dieron como vencedor a Karol Nawrocki, miembro del partido Ley y Justicia, que está teniendo una cohabitación complicada con el ejecutivo liderado por Donald Tusk. Aun cuando la presidencia en Polonia no dirige el país, sus prerrogativas han bloqueado, por ejemplo, su participación en los programas de defensa comunitarios (SAFE). La extrema derecha polaca quiere invertir más defensa, pero no a través de mecanismos de cooperación comunitaria. En fin, hemos ganado una batalla crucial, pero la historia sigue.
[–> [–>[–>En todo caso, el escenario comunitario post-Orban tampoco está muy claro aún. Por una parte, el nuevo ejecutivo de Hungría no será una coalición preeuropea como en Polonia, sino que tendremos un gobierno monocolor del Partido Popular, con un Parlamento sesgado totalmente a posiciones reaccionarias en la medida en que gran parte de la izquierda decidió no concurrir a estas elecciones para maximizar la probabilidad de echar a Orban. Por otra parte, el Partido Popular Europeo ha iniciado ya una colaboración discreta con los Patriotas, el tercer grupo parlamentario de la cámara, liderado por los diputados de Le Pen, los húngaros de Orban y los italianos de Salvini. Esta cooperación, que sufrimos diariamente en esta casa, quedó acreditada en las conversaciones telefónicas destapadas por medios de comunicación en Bruselas, filtración que forzó una llamada al orden por parte del canciller de Alemania Friedrich Merz al presidente del grupo parlamentario, el también alemán Manfred Weber.
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La cuestión de fondo es si la salida de Orban no terminará por facilitar un acercamiento aún mayor entre populares y patriotas, ahora sí, a la luz pública. Porque el tiento y la discreción con la que se relacionaban hasta ahora sólo se explicaba por la pésima imagen pública que rodeaba a Orban, de manera que cabe preguntarse si, una vez despejado ese ‘inconveniente’, no se abrirá una nueva etapa de mayor colaboración entre ambas fuerzas. Una etapa para la que contarían con la participación y el apoyo de los Conservadores y Reformistas de Giorgia Meloni, e incluso de los Soberanos, liderados por Alternativa por Alemania, basculando la legislatura europea de manera irremediable no sólo hacia la derecha extrema sino, también, hacia una de escaso contenido y orientación preeuropea precisamente cuando el contexto más lo exige. Atención.
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