El hábito del monje
Aunque parezca contradictorio, los avances sociales de los últimos decenios no han venido acompañados de un avance intelectual colectivo e intrínseco a una mayoría social que permita sustentarlos. No se ha dado, al menos en la magnitud suficiente para que se puedan mantener de forma continuada esas mejoras generales en su totalidad. Quizá sea porque ese avance mayoritariamente se ha basado en una tecnificación que probablemente se haya acelerado mucho más de lo que la amplia mayoría social ha sido capaz de asimilar. Esta circunstancia nos aleja de situaciones de equilibrio y nos provoca ciertos desajustes de indeseadas consecuencias, muchas de las cuales ya padecemos a nivel global y local. El aumento de la desigualdad en términos de riqueza y la fuerza con la que nuevamente retumban los tambores de los señores de la guerra, son dos claros ejemplos que nos deben preocupar de forma especial.
[–>[–>[–>Los líderes intelectuales, que conviene no solo que sean escuchados, sino que sirvan de ejemplo a seguir, han sido, si no anulados, sí arrinconados. Nuestros mayores, aquellos que trabajaron y lucharon por las libertades, ahora son desestimados, cuando no acusados de delitos de nuevo cuño o de comulgar con ideologías contra las que precisamente lucharon y a las que vencieron. Esto les ocurre cuando no le siguen el baile a una panda de indigentes intelectuales que han alcanzado el poder a base de sumisión a otros indigentes intelectuales previos. No solo en la política, sino en la administración o la empresa privada se tejen redes jerárquicas que administran los ascensos premiando lealtad y abnegación al superior, sin valorar inteligencia y talento intelectual. Más bien al contrario, despreciando ambas virtudes. La letra con sangre entra, dice un dicho popular.
[–> [–>[–>Pero también otro dice que el hábito no hace al monje. Es fácil encontrar a “triunfadores sociales” hoy en día. El Quijote sigue campando por las tierras para el águila, amparadas bajo la sombra de Caín, y en ellas muchos son los Quijotes que desfacen entuertos y consiguen los favores de inexistentes Dulcineas. Hoy el mundo está lleno de escritores que supuestamente «triunfan», aunque sea con novelas propias del mundo prequijotesco, con menos calidad, seguro, que las de caballerías que criticaba Cervantes. Por doquier vemos carreras grandiosas en el mundo de las finanzas, la economía, el arte, la cultura, la empresa, ingenierías, abogacía, medicina… La mayoría ubicadas en el mismo lugar, el mundo de los sueños, pero si otro u otros soñadores se siguen el juego mutuamente y se compran el relato en ayuda cómplice, es más fácil de creer. Algunos incluso tienen pruebas documentales, soy médico, abogado, ingeniero, arquitecto, economista. En un bonito marco está mi título, ahí lo tengo.
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Pero yo me pregunto, nadie se ha dado cuenta de que ese título era mucho más valioso cuando escaseaba y requería un grandioso esfuerzo para su consecución. Y aun así, no se han dado cuenta, de que, además, lo importante es que ese título se acompañe del contenido intelectual que se le presupone, así como de los logros objetivos que lo acrediten. Y que estos determinarán lo más importante, que es el adjetivo que le siga. Como decía el famoso anuncio de jamón cocido, no todos los chinos son iguales, y yo añado, ni todos los que enseñan, dirigen, deciden, evalúan o gobiernan, ya que unos son buenos en su desempeño, pero otros malos. Quiero decir con esto que ciertos cargos, ya sean académicos, profesionales, políticos o propios de cualquier ocupación, pública o privada, no hacen al individuo, como el hábito no hace al monje y que la excelencia se alcanza en cualquier trabajo u ocupación, siempre que se haga bien, con voluntad y empeño, diligencia y pericia, continuadas en el tiempo.
[–>[–>[–>Respeto le tengo a cualquier persona, solo por serlo, pero respeto intelectual, que conlleva una búsqueda y valoración de sus enseñanzas, consejos u opiniones, incluso aunque no las comparta en muchas ocasiones, solo se lo tengo a aquellos que me han demostrado aptitudes y actitudes suficientes para ello, desde distintos ámbitos y ocupaciones y no tienen por qué coincidir con aquellos que tienen titulaciones y cargos supuestamente elevados, más bien se reparten de forma minoritaria y transversal entre personas y ocupaciones varias.
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Esto me hace pensar que quizás los grandes principios de educación universal e igualdad de oportunidades para todos se han malinterpretado y sustituido por los de titulaciones para todos y reconocimiento para todos, haciendo caer en el olvido el principio que realmente los sustenta, que no es otro que la meritocracia, eso sí, objetiva y también universal, basada en el ser y no en el parecer. Hay gente que no se siente realizada en su desempeño laboral, supuestamente relevante y no saben bien por qué. Yo les diría que si realmente mereciesen su ejercicio les luciría mejor. A algunos los podrán (más bien se dejarán) engañar, pero vuelvo al refrán que inspira el título de este artículo, el hábito no hace al monje.
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