Entre Mateo, Alicia y Jevons
Recuerdo la primera vez que oí hablar del «efecto Mateo». Asistía a una conversación de científicos con vicerrector de Investigación de la Universidad de Oviedo, Santiago Gascón, que unos años después sería Rector. Basado en una parábola del Evangelio de San Mateo (Mateo 13:12) dice: «Porque a cualquiera que tiene, se le dará, y tendrá más; pero al que no tiene, aun lo que tiene se le quitará». En el mundo de la ciencia es un concepto muy popular -que funciona en otros muchos ámbitos- porque explica el implacable bucle de retroalimentación positiva en la captación de fondos para proyectos. La letra central que separa al novel del Nobel y que da para tantas bromas entre los jóvenes investigadores. En fin, es una paradoja cruel, porque la excelencia tiene ese punto cruel cuando las decisiones se basan en resultados, tanto en el deporte, la política o los negocios.
[–>[–>[–>Ahora llega la Inteligencia Artificial y exacerba el efecto. El científico con fondos puede procesar en una tarde lo que a otro sin recursos le llevaría meses. Hace unos días el Ingeniero Pablo Rodríguez ofreció un ejemplo en tiempo real durante la XI Semana de la Ciencia en Oviedo en un atestado Club La Nueva España, creando una nueva proteína en minutos, con ayuda de Gemini, la herramienta inteligente de Google.
[–> [–>[–>Estos instrumentos no son caros, en principio, lo cual les aporta un cierto papel redistribuidor de la excelencia -si esto no es una obligada contradicción- e incluso democratizador, aunque no falte quien opine que en estos momentos esas tecnologías ayudan a quienes ya están dentro mientras silenciosamente estrecha el acceso a los que intentan entrar. Cualquier tecnología tiene una fase inicial, de adopción, donde una élite la utiliza, pero cuando se generaliza por el abaratamiento de costes, tiene un mayor impacto. A largo plazo la tecnología nos acaba igualando: la imprenta y el arma de fuego fueron revolucionarios para los débiles que igualó a los fuertes. Ahora llega a la Inteligencia Artificial. Esta nueva tecnología nos iguala en términos de productividad intelectual.
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La realidad exige grandes inversiones en «digitalización» de las organizaciones, su actualización constante (un modelo de suscripción, no de propiedad) con desembolsos recurrentes, prevención de la ciberseguridad y protección de datos, de pagos por almacenamiento en la nube y un consumo elevado de energía eléctrica, como es tan conocido como imparable. Hoy, unos ciudadanos cada día más exigentes nos imponen una carrera sin fin que requiere una infraestructura de almacenamiento, suministros y personal especializado que crece exponencialmente cada año. La Administración se ve arrastrada a entrar en ese juego ante un ciudadano mide sus servicios en términos Amazon.
[–>[–>[–>Las instituciones gastan más porque el nuevo contrato social ahora exige servicios que antes eran inalcanzables. Se llama el «círculo de la expectativa creciente»: primero quieres información en la página web, luego hacer el trámite online, después hacerlo desde el móvil y por fin que sea automático e instantáneo. Cuantas ganancias de productividad. Pensemos en la comodidad de nuestra cita médica o en las matrículas universitarias de hace un par de décadas. La tecnología ha destruido la paciencia burocrática que existió durante siglos, instaurando el derecho a la eficiencia. Miremos las críticas al modo de gestionar las colas para regularizar la inmigración durante estos días.
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Existen varios principios económicos que explican por qué el presupuesto tecnológico siempre tiende al infinito. Sería algo así como el reverso mateino: la Paradoja de Jevons, formulada hace 150 años para el carbón, pues el progreso técnico aumenta la eficiencia con la que se utiliza un recurso, pero el consumo total tiende a aumentar en lugar de disminuir. El razonamiento se aplica ahora a la tecnología de la información.
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[–>En la Administración moderna, la oficina sin papeles es uno de los fenómenos más irónicos y costosos, una «eficiencia que genera gasto». Una nueva paradoja económica que podríamos asociar a la reina roja de Alicia al otro lado del espejo: Es necesario correr todo lo que se pueda para permanecer en el mismo sitio relativo (¿es el mismo sitio?). Antes, aprender a plegar proteínas otorgaba una ventaja competitiva de 20 años. Hoy, esa habilidad ha sido automatizada. El sistema normalizará ese logro y lo que hoy es «magia» ante los fieles seguidores del Club, mañana será el requisito mínimo para que te lean el currículum. Vivimos tiempos interesantes. Le pregunto a Gemini cómo los calificaría en pocas palabras y me contesta con cierta sorna: un «estrés evolutivo de alta fidelidad».
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