Sentirse querido
Mi padre, segundo de los tres hijos que tuvieron Antonio «El Camina» y Juana «La Viruta», solía decir que era adoptado. Fue una de las primeras cosas que, cuando se conocieron, le contó a una buena amiga mía, quien, sorprendida, al marcharse él me preguntó si era verdad. Claro que no, le aclaré yo, para después explicarle que en su pueblo le llamaban «El Trolas» por las mentiras que contaba, siempre sin consecuencias fatales ni mala intención.
[–>[–>[–>Eran, todas, fruto de su imaginación, pura fantasía y un poco, también, necesidad de evadirse de aquel entorno –un pueblo de la comarca extremeña de La Vera entre finales de los 50 y la década de los 60– de escasez y limitaciones –durante un tiempo, su máxima aspiración, a la que le condenaba la cuna, fue conducir el camión en el que su padre sufrió el derrame cerebral que acabó con su vida–.
[–> [–>[–>Aunque la historia de su adopción tenía, lo sigue teniendo, pues los relatos no mueren con sus protagonistas, un trasfondo emocional más complejo que el del resto de embustes con los que se ganó aquel apodó infantil que con los años siguió saliendo en conversaciones familiares y nunca mermó su credibilidad, si bien existía el temor de que llegara a creerse sus propias patrañas –¿no son eso, acaso, los recuerdos?–.
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El estrato de su psique en el que estaba sedimentada esa mentira, sin duda piadosa, aunque lo que él buscaba era evitarse a sí mismo, y no a otro, un disgusto o una pena, era el del amor maternal, un vínculo que damos por seguro e incondicional, lo idealizamos sin atrevernos a cuestionarlo, lastrados por el normativismo de una sociedad patriarcal en la que, hasta hace no tanto, el único modelo de familia posible era el tradicional: pareja heterosexual, preferiblemente casada, y con hijos.
[–>[–>[–>No es que mi abuela paterna, una mujer adusta y estricta, distante y despegada, que no educó emocionalmente a sus hijos, seguramente porque ella nunca recibió esa enseñanza en su casa, afanados, como estaban, en sobrevivir, no quisiera a mi padre. Es que él no se sintió querido por ella, no del modo que necesitaba, como esperaba. Y esa percepción subjetiva, la de cómo nos quieren, especialmente durante la infancia, es clave en nuestra vida, ya que condiciona la forma en la que somos capaces de querer, a la pareja, a la familia, a los amigos, y de dejar que nos quieran, todos ellos.
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La adopción que mi padre se inventó, repleta de la socarronería que lo caracterizaba y que yo no he sabido heredar, si aparece la esquivo, temerosa de que detrás vengan la frialdad o la insensibilidad, cualidades que también, a veces, lo distinguían, era su manera de camuflar un dolor que, como el resto de sentimientos, era incapaz de manifestar.
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[–>El suyo no es un caso aislado, ni único. Es posible que yo misma no me sintiera querida por él como él necesitó que lo quisiera su madre, y que nuestras percepciones, de nuevo subjetivas, de ese amor, de madre a hijo, de padre a hija, marcaran nuestra relación, salvada «in extremis» por su enfermedad terminal. Estos días, mientras paseo con «Turrón» por el parque, le veo en muchos bancos, las piernas cruzadas, el gesto de limpiarse despreocupadamente el polen de la camiseta. Mañana me acercaré y me sentaré a su lado, no hará falta nada más, ni siquiera palabras.
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