Los riesgos de la parafarmacia
Entonces yo quería explorar todas las formas de curar. Mientras aprendía radiodiagnóstico en el Charing Cross de Londres, pasaba las tardes con médicos alternativos en sus consultas. Un osteópata craneal que era capaz de mover los huesos del cráneo para reasentarlos de manera que el cerebro cobrara nuevas funcionalidades. Su consulta era un muestrario de fracasos de la neurología y la psiquiatría. Cerca, el Royal Homeopathic Hospital. No hacía mucho que Foucoult había publicado «Las palabras y la cosas», un tratado de la cultura y su evolución, con la mirada nueva e incisiva de esa generación francesa que nos llenó más de palabras que de cosas. Él habla de la primera episteme, aquella que nace en el mundo clásico cuando el mito deja paso al logos. Un logos legañoso porque entonces el ser humano era el microcosmos, una copia del universo, y cada parte del cuerpo se correspondía con una del cosmos. Así que en ese juego de semejanzas, las plantas que tenía forma, o sugerían, un órgano, deberían tener capacidad de curar, por simpatía: «similia similibus curantur» recogieron las traducciones latinas como palabras originales de Hipócrates. Mientras en occidente esa forma de intentar entender el mundo se enterraba porque la mirada se concentraba en encontrar lo que a través de la diferencia perduraba con el finde identificar, clasificar y ordenar especies e incluso enfermedades (la segunda episteme de Foucoult) un estudiante que había fracasado en su intento de ser médico resucitó el saber hipocrático: la homeopatía. Contrastaba con la alopatía ( o medicina alopática como algunos llaman a la corriente principal erróneamente) que se basaba en el también principio hipocrático, «contraria contrariis curantur». Samuel Hahnemann tuvo un cierto éxito con una idea casi espiritual: los principios activos tienen más fuerza cuanto más diluidos. No es la sustancia sino su energía atrapada en las terrenas moléculas. Agitándola y diluyéndola, se libera para hacer el bien.
[–>[–>[–>A ese hospital legaban personas que parecía que temían desgarrar el mundo al caminar. Silenciosas, meditaban cada palabra que pronunciaban como disculpándose mientras sonreían con una mirada tierna. Padecían los más raros trastornos. Así los describían los prontuarios que yo compraba en una librería enfrente del British Museum. Me acompañaron, forro azul de tela, letras doradas en el lomo, durante muchas mudanzas hasta que en la última se quedaron. Los remedios eran específicos para síntomas singulares, una medicina adaptada a la peculiaridad del paciente. Algunos eran pintorescos: tener la obsesión de que hay un ladrón debajo de la cama. De vuelta a España ensayé la homeopatía cuando no encontraba un tratamiento adecuado para el padecimiento del paciente. Había descubierto una farmacia en la calle San Mateo que importaba los remedios. Varios pacientes con semiología vaga y confusa se beneficiaron de esas píldoras que yo recomendaba confiando en que ningún mal les haría. Hoy leo que el Ministerio de Sanidad confirma que así es, que esos remedios no producen efectos adversos, tampoco beneficiosos. Los que curan, o mejoran, es bien porque el organismo pudo, en su lucha silenciosa y permanente, restablecerse; o porque la mente, convencida de la capacidad curativa del fármaco, modifica la percepción de uno mismo y aquello que se vivía como un trastorno deja de serlo.
[–> [–>[–>Que la homeopatía no tiene poder curativo como no sea el mencionado, el que potencia la capacidad de restañarse del propio organismo, ya se sabía, por lógica y por los ya muy repetidos ensayos clínicos. Lo que me preocupaba era la posibilidad de que no estando regulados como fármacos, contuvieran sustancias que pudieran dañar. Aunque teniendo en cuenta que la idea es que no es la sustancias sino su energía la que cura, el riesgo parecía menor. Pero hay que estar alerta a la parafarmacia. No hace mucho revisé la melatonina, una hormona que como saben regula el ritmo de vigilia sueño. No está calificada como medicamento. Se vende en farmacias para tratar los trastornos del sueño, y lo hace con éxito a juzgar por la sabiduría popular. El problema es que al no estar regulada no sabemos cuánta melatonina contiene cada píldora o chicle y si está contaminada, o fortalecida con otras sustancias. En un estudio que miraron 31 marcas de melatonina, se observó que el contenido variaba desde menos del 83% de lo que decía hasta más del 478%, y dentro de cada marca variaba entre lotes hasta el 465%. En fin, además algunas contenían serotonina o indolamina. Algo parecido pasa con casi todos los suplementos, sean vitamínicos, minerales o de otro tipo: la rica e inútil parafarmacia.
[–>[–>[–>
Pero ¿cómo dormir si uno es víctima del insomnio? No se sabe. Las mejores reglas son simples, además de cumplir con los preceptos de vida saludable: acostarse y levantarse siempre a la misma hora, no permanecer en la cama si no se concilia el sueño, para evitar asociación insomnio y cama, usarla solo para dormir (y sexo) y prepararse para la noche evitando comidas y ejercicio reciente o exposición a pantallas.
[–>[–>[–>
Suscríbete para seguir leyendo
Puedes consultar la fuente de este artículo aquí