Mirarse el ombligo de otra manera
Elena, mi amiga, tan bella como la Helena de Troya, es una mujer de mucho «olé», pues todo lo que hace, además de firmarlo, lo rubrica, y no lo signa pues no es notaria. Notarias nuevas y buenas opositoras, ya muy activas en las redes sociales, recomendando eso tan triste que es hacer testamento, y que obliga a pensar en eso que ningún humano cree: la muerte. Es mujer muy de ahora, Elena, mi amiga, aunque no sabe que su profesión, tan nueva –analizar talentos– antes ya lo hacían las maestras o las telefonistas de la Sección Femenina, viudas de alféreces provisionales. Me cuenta mi amiga que ella analiza talentos de los tres géneros típicos: el masculino, femenino y neutro; también de los atípicos restantes.
[–>[–>[–>Elena, muy valiente –está segura de conocer mis humores–me envió hace días un correo en el que lamentaba, en relación con mi artículo del domingo 12 de abril, haber tratado con seriedad lo del fraile mendicante, con hábito de franciscano y cordón blanco para sujetar. Y le expliqué que, tratándose de frailes, siempre recuerdo el triste final, «por bocazas», del mendicante dominico, no franciscano (los franciscanos fueron siempre más de florecillas y animalitos), un tal Savonarola, otro con lengua de fuego contra todo, lo humano y divino, hasta contra el Papado, si bien con residencia oficial donde debía, en un frío convento y no en Palacio caliente con vistas a la aguja de la Catedral.
[–> [–>[–>También Elena me reprochó haber tratado, en broma, lo de la hemofilia de los reyes o zares rusos; enfermedad aquella muy normal, consecuencia de tener una sangre rara, de color azul. Color azul que es además muy ovetense, siendo Oviedo la «patria chica» de chicas reinas. ¡Aleluya, laetitia! Por eso el Oviedo, club de buyllas, unos forofos y otros plácidos, es real como el Campo de San Francisco y, como todo lo real, siempre tambaleante, tal como ahora, en la llamada División de Honor, que parece ser y que no es la Azul («Explosiones de azul en las alegorías», según cantó el poeta). Y escribiendo de reinas con historia, me acuerdo de Cleopatra VII, la séptima, que, además de Reina, fue faraón (Reina-faraón, nunca faraona) y que, por tener un sexto dedo en el pie izquierdo, pequeño y arrugado, la llamaron milagrosa, y terminando picada por un venenoso áspid, de tanto arrastrarse.
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Y llegamos por fin a lo del ombligo («omphalós» de origen griego como los verbos polirrizos), que es el centro de los centros, fuente de toda vida y confluencia de fuerzas opuestas, las de arriba y las de abajo, las del llamado suelo pélvico, de mucho miedo por enfermedades mortales entre placeres. El cuerpo humano inventó el centro, mucho antes de que lo hiciera el chino Confucio: siempre se dijo que la gloria del sexo es tan alta como una pagoda china.
[–>[–>[–>Ombligos de todos los géneros –otra vez– los típicos: los masculinos, femeninos y neutros, y los atípicos. Ombligos como escondites entre chichos y grasas, y ombligos como agujeros en pared lisa como tapia de cementerio. Hasta el Niño Jesús que parece una muñeca tiene su pequeño ombligo. Y todos bastante feos, pues los ombligos son muñones o nudos apretujados, por el poco cuidado de los antes llamados comadrones y comadronas.
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Me llamó la atención que la literatura barroca, la de antes y la de ahora, tenga tanta fijación en el ombligo, que, como obra de arte, es escasa. Es natural que haya sido un médico famoso, especialista en neuras y demás locuras, judío y mesiánico, el que haya residenciado en la zona umbilical, más o menos arriba, más o menos abajo, el principio del placer y hasta el malestar en la cultura. De ninguna manera aconsejo hurgar en tales cavidades, pues puede ser pecado contra el Sexto o darse de sí. Fue la pasada semana cuando encontré en el «Segundo libro de crónicas» (edición de 2025), del recientemente fallecido literato portugués, Antonio Lobo Antunes, una crónica titulada «El ombligo del ombligo del ombligo», que, en realidad, es una tomadura de pelo.
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[–>El mayor impacto me ocurrió en la mañana del miércoles, 9 de agosto de 2017, cuando leí en LA NUEVA ESPAÑA (edición de Gijón) un artículo del historiador Héctor Blanco, que tituló: «El ombligo de la ‘belle époque’», con el siguiente subtítulo: «Bajo el subsuelo de la plaza (la de Evaristo San Miguel, de Gijón) se encuentran los restos del acueducto de La Matriz». Al magnífico artículo se unen fotografías de época y otra actual, precisando que la tal plazuela elíptica «fue el ombligo de Gijón, entre la playa y Begoña, entre Cimadevilla y los Campos Elíseos». Y es que hasta ese artículo no sabía que estaba residiendo desde los años noventa del pasado siglo, mirando un ombligo y, seguramente, encima de una matriz.
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A veces los hablantes damos a las palabras y frases un sentido que, por reiterado, se convierte en el preponderante, siendo asumido como tal por la comunidad de hablantes, y es tan preponderante que excluye a los demás. Así, el «mirarse el ombligo» o más poéticamente, «contemplarse el ombligo», se entiende como algo negativo, propio de narcisistas, de presumidos, de atolondrados ensimismados o de estetas, masculinos, femeninos y neutros. Es normal que nadie se apunte a lo feo. Nadie alardeará de mirarse el ombligo, a pesar de que las cuatro categorías anteriores son omnipresentes en nuestra vida social: unos más y otros menos, como los muchos calvos y los escasos peludos (esto lo oí a mi amigo Ramiro, el genio del «coiffure»).
[–>[–>[–>No hace un mes, el sábado, 28 de marzo de este mismo año, en la página 49 (Servicios) hay una carta de J. R. S. que se titula Mercosur y el miedo a dejar de mirarse el ombligo, muy interesante y ejemplo de lo que es el miedo o pánico a dejar de mirarse el ombligo, que es otra manera de mirarse el ombligo, y ejemplo también de lo importante que son las «cartas» en detrimento de botafumeiras «Tribuna» y «Opinión». Hace unos años, en 2019, Juan Manuel de Prada escribió «Las palabras de la tribu» sobre la pretensión de oscurecer el sentido más puro de ciertas palabras, palabras como mirar y ombligo, que formando una frase u oración resulta que, al fin, ni hay mirada y se pierde la perspectiva del ombligo.
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Mi teoría es la contraria, la más opuesta, pues aconsejo mirarse el ombligo lo más que se pueda, aunque se acabe con tortícolis, para no olvidar jamás que hasta el momento de nacer estuvimos unidos a una mujer por medio del cordón umbilical, que nos facilitaba nutrientes y oxígeno, o sea, la vida. Esto es particularmente interesante para los hombres más que para las mujeres, que necesitan contemplar menos su ombligo, pues no tienen el problema de identidad de los hombres, siendo sus problemas de otro tipo, en lo que hoy no me detendré.
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Las mujeres nacen ya mujeres, a diferencia de los hombres que van siendo hombres poco a poco, y eso desde los tiempos gozosos del claustro materno, quedando el ombligo para recordarlo, que es prueba, señal o marca. ¡Pobres aquellos que siendo adultos están tan unidos a su madre como antes de nacer! Eso es fuente de desgracias y de patologías del sexo. Y ahora –ya lo escribí– resulta que al terrible cáncer de próstata se merma o aplaca provocando la menopausia, la «menopausia masculina». ¡Qué interesante es esto! Parece como si el sexo, apasionado y vibrante, enloqueciera a las células malignas, y que estas, para no multiplicarse –son matonas y suicidas– exigieran más calma y sosiego, mucha más.
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En uno de los primeros números del dominical de «El País», sobre el placer masculino, a finales de los años setenta del pasado siglo, en un lenguaje que ahora suena añejo, los expertos firmantes A. Pietropinto y J. Simenauer escribieron bajo el título de «El hombre busca comprensión», lo siguiente: «Los hombres no pueden hacer frente a la nueva independencia de las mujeres, a la liberalización sexual y a la igualdad de categoría social de la que hace gala la mujer, según los sociólogos esta nueva raza de mujeres no es que no guste a los hombres, es que los aterroriza». Y del terror cualquier barbaridad contra la mujer es esperable. Unos dirán que hemos avanzado mucho y otras que bastante poco.
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Y termino proclamando el arte de vivir, gustándome la palabra «vividor» y «vividora», mucho más que sus contrarios, por lo que supone de ansia de vida y no lo que dicen los diccionarios; como mirarse el obligo no es lo que dicen los diccionarios. Es preferible la vida a la muerte, aunque esta sea recordada por damas de piernas largas, luciendo palmitos en las redes.
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Y canto la coplilla: «Vi tu palmito, chiquilla, y ojalá que no lo viera».
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