La política migratoria
Aunque el porcentaje de migrantes respecto a la población mundial es muy inferior al que cabe suponer por el impacto que está produciendo en todos los ámbitos, su número no deja de crecer y seguirá aumentando debido al reparto desigual de la riqueza, la tendencia universal a la movilidad social y la facilidad en el transporte y las comunicaciones, que son constantes de la sociedad global. Por todo ello, los migrantes eligen destino de su aventura los países donde esperan encontrar mejores oportunidades. España, por un conjunto de diversas razones, es de los que ha tenido una mayor afluencia de inmigrantes en las últimas décadas. De no haber tenido lugar esta llegada de millones de extranjeros, nuestro país estaría hoy sufriendo una notable pérdida de habitantes.
[–>[–>[–>Sucede que el recibimiento en Europa de personas procedentes de otros lugares, cercanos o lejanos, no siempre ha sido pacífico. El temor al extraño, las diferencias de cultura y estilos de vida, y la sensación de riesgo para el bienestar propio, por no hablar de la posible amenaza a la seguridad, han sido con frecuencia origen de tensiones y conflictos. Muchos europeos han sentido su estabilidad y su confort perturbados por la presencia inquietante de los recién llegados del mundo subdesarrollado. De ese estado de ánimo han surgido movimientos políticos que han hecho bandera del rechazo a la inmigración. La sociedad europea está dividida al respecto, pero lo cierto es que las actitudes contrarias y el apoyo electoral a los partidos populistas de la derecha radical han ido progresando, hasta el punto de que son mayoritarios en algunos países y los gobiernos, del signo que sean, se ven obligados a definir una política migratoria en medio del desacuerdo de los ciudadanos.
[–> [–>[–>Es lo que está ocurriendo en España con algún retraso. Y como es habitual entre nosotros, estamos abordando el problema con un planteamiento inicial desenfocado y un enredo adicional de segundas intenciones. España ha sido un país de emigración y ahora lo es, sobre todo, de inmigración. Los barómetros del CIS constatan que los inmigrantes, procedentes la mayoría de Hispanoamérica, norte de África y Europa del este, están cada vez más presentes en nuestra sociedad y que el porcentaje de españoles que consideran esto como uno de los principales problemas del país va en aumento. Así las cosas, teniendo en cuenta la experiencia europea y el potencial polarizador que manifiesta este asunto, se hace necesaria una regulación de la entrada, la estancia y en su caso la integración de los inmigrantes.
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Pero hemos empezado mal la tarea. Dado el carácter tan polémico de la cuestión, antes de redactar leyes y tomar decisiones, era conveniente un debate público bien informado, que no hemos tenido. Ni siquiera ha habido el propósito de abrirlo. Por el contrario, lo que hicimos fue introducir el problema de lleno en la pelea política. El Gobierno, vencido en esta ocasión hacia el costado izquierdo, proclama una retórica de puertas abiertas sin calibrar la suficiencia de los recursos disponibles y las consecuencias previsibles. En el extremo opuesto, la ultraderecha, alineada en perfecta sintonía con el populismo europeo, eleva el tono en la cuestión migratoria y pone como condición para firmar pactos la adopción de medidas muy restrictivas, en particular contra la inmigración ilegal, sin disimular de paso su rechazo selectivo a la entrada masiva de inmigrantes musulmanes.
[–>[–>[–>El PP ha acercado su postura a la de Vox, y en Extremadura y Aragón se ha comprometido a aplicar una política sobre todo disciplinaria y de control con los ilegales. ¿Es esta la política migratoria que propone el PP o el peaje que debe pagar para gobernar? Lo que es seguro es que los pactos autonómicos en esta materia servirán de munición en la campaña de las próximas elecciones generales, lo mismo, en sentido contrario, que la política del gobierno. Mientras, el problema que suscita la inmigración no será tratado en sus justos términos. Es un fenómeno, de mayor o menor magnitud, según la coyuntura, relevante e irreversible. La inmigración no cesará y la integración no siempre será espontánea. Requerirá contención de las emociones, una política bien pensada, cuidadosa, si es posible acordada, que no debiera diseñarse por imposición de un gobierno o partido, sin conocer las actitudes y la opinión de los ciudadanos. España carece de tal política. Pero la necesita, si queremos reducir el problema y favorecer la convivencia.
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